El Códice Borgianus debe su nombre a la familia Borgia, una influyente dinastía italiana del Renacimiento con fuertes lazos con la Iglesia católica. Este manuscrito fue adquirido por los Borgia en el siglo XVIII, probablemente durante sus exploraciones y adquisiciones en Oriente Medio y el norte de África, regiones ricas en reliquias cristianas antiguas. Se cree que el códice fue descubierto en Egipto, dada su conexión con el copto sahídico, una lengua litúrgica de la Iglesia copta que floreció en el Bajo Egipto durante los primeros siglos del cristianismo.
En el contexto histórico, el siglo V fue un período de gran efervescencia para la copia de manuscritos bíblicos en los monasterios egipcios y alexandrinos. La Iglesia primitiva, bajo la influencia de figuras como San Atanasio y San Cirilo de Alejandría, promovía la preservación de los textos sagrados para combatir herejías como el arrianismo. El Códice Borgianus, como otros unciales de la época, refleja esta labor de transmisión fiel de la Palabra de Dios, alineándose con la doctrina católica sobre la inspiración divina de las Escrituras, tal como se afirma en el Concilio de Trento.
Tras pasar por manos privadas, el manuscrito fue donado a la Biblioteca Vaticana en el siglo XIX, donde ha permanecido desde entonces. Su estudio sistemático comenzó en el siglo XX, impulsado por eruditos católicos como los benedictinos de la Abadía de San Jerónimo en Roma, quienes lo catalogaron como un ejemplo paradigmático de los códices bilíngües greco-coptos.1

