Naturaleza del documento
Entre la epístola a Filemón y la carta a los Hebreos, el copista intercaló un catálogo de libros bíblicos con la indicación del número de líneas (stichoi) de cada uno. Esa información servía probablemente para calcular el coste de una copia, pues los copistas cobraban por línea. La lista, compuesta en latín a partir de un original griego, es más antigua que el códice: los especialistas la sitúan entre el siglo III y comienzos del siglo IV, y sostienen que el copista del siglo VI la trasladó desde un modelo anterior.
Antiguo Testamento
La parte veterotestamentaria enumera el Pentateuco, los libros históricos, el Salterio, los libros sapienciales y los profetas. Junto a ellos incluye libros deuterocanónicos como la Sabiduría, el Eclesiástico (Sabiduría de Jesús) y los Macabeos, dato que prueba que ciertos ambientes cristianos de los primeros siglos los consideraban parte de las Escrituras.
Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento, el catálogo recoge los cuatro evangelios, las cartas paulinas, las epístolas católicas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Añade, sin embargo, cuatro escritos que la Iglesia no admitió finalmente en el canon:
Por otra parte, la lista omite Filipenses, 1 y 2 Tesalonicenses y Hebreos. Los investigadores atribuyen esas ausencias a un descuido del copista, y no a un rechazo deliberado, pues los cuatro libros figuran en el propio códice.
Valor para la historia del canon
El catálogo recuerda que el reconocimiento de los libros inspirados fue un proceso gradual, guiado por la Tradición apostólica y por el uso litúrgico de las comunidades. Algunas listas locales incluían escritos que el discernimiento eclesial acabó excluyendo, y otras dudaban de libros que luego se aceptaron como canónicos. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que fue la Tradición apostólica la que permitió a la Iglesia discernir qué escritos componen la lista de los libros santos.
Ese discernimiento se fue consolidando en documentos posteriores, como la Carta festal de san Atanasio del año 367 y los concilios africanos de finales del siglo IV, en especial el de Cartago del año 397, que reconoció trece cartas de Pablo y una más a los Hebreos. El Concilio de Trento fijó definitivamente el canon de los libros sagrados en su cuarta sesión, en 1546.