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Códice Claromontano

El Códice Claromontano (en latín, Codex Claromontanus; siglas 06 o D^p) es un manuscrito bilingüe, griego y latino, de las cartas de san Pablo y de la Epístola a los Hebreos, copiado en pergamino hacia el siglo VI y conservado en la Biblioteca Nacional de Francia con la signatura Grec 107. Su texto pertenece a la familia occidental y ofrece, junto al griego, una versión latina anterior a la Vulgata de san Jerónimo. Entre las epístolas de Pablo y la carta a los Hebreos conserva además el Catalogus Claromontanus, una lista antigua de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento que constituye un testimonio valioso para la historia del canon bíblico.

Codex claromontanus latin (The S.S. Teachers Edition-The Holy Bible - Plate XXVIII)
Ver información de la imagenCódex claromontanus latín (Edición para docentes de S.S. - La Santa Biblia - Placa XXVIII). Autor desconocido, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCodex Claromontanus (Claromontano)
CategoríaLibro
Otros nombres
  • Codex Claromontanus
  • Claromontano
DescripciónManuscrito bilingüe del siglo VI de las cartas paulinas y la Epístola a los Hebreos. Manuscrito bilingüe, griego y latino, de las cartas de san Pablo y de la Epístola a los Hebreos
Referencias
  • n.º 120 (1992)
  • 1 Corintios 14,34-35
  • Romanos 15,31
  • 1 Timoteo 3,1
  • Romanos 12,11
Autoridad EclesialTeodoro de Beza
CaracterísticasEscrito en letra uncial, disposición bilingüe en paralelo, colometría
ContenidoCartas de san Pablo, Epístola a los Hebreos, Catalogus Claromontanus y hojas palimpsestas con fragmentos del Faetón de Eurípides
IdiomasGriego y latín
Importancia HistóricaTestimonio valioso para la historia del canon bíblico y la transmisión del texto paulino
Lugar
  • Biblioteca Nacional de Francia
  • París
  • Francia
Siglas06 o D^p
SignaturaGrec 107
TipoManuscrito bilingüe, griego y latino, Siglo VI

Tabla de contenido

Nombre y siglas

El códice recibe su nombre del lugar donde lo encontró el humanista calvinista Teodoro de Beza: el monasterio de Clermont-en-Beauvaisis, en la actual región francesa de Oise. La forma latina Claromontanus alude a esa localidad (Claromontium) y no debe confundirse con Clermont-Ferrand, en Auvernia.

La crítica textual lo identifica con varias denominaciones:

  • 06, En el sistema de Gregory-Aland, que numera los manuscritos unciales del Nuevo Testamento.
  • D^p o D2, donde la letra D remite a los códices bilingües greco-latinos y el superíndice distingue este volumen paulino del Códice de Beza de los evangelios.
  • Δ 1026, en el sistema de von Soden.
  • D (o 75 en el catálogo de Beuron), para la parte latina, dentro de la tradición de la Vetus Latina.

Descripción material

Soporte y escritura

El manuscrito consta de 533 folios de pergamino de unos 24,5 × 19,5 cm, escritos en letra uncial con una sola columna por página y veintiuna líneas por página. La paleografía lo sitúa entre los siglos V y VI, y la mayoría de los especialistas se inclina por el siglo VI. El lugar de copia sigue sin precisarse: las hipótesis oscilan entre Egipto y el occidente latino.

Disposición bilingüe

El códice dispone el texto griego en la página izquierda y la traducción latina en la página derecha, de modo que el lector pueda leer ambas versiones en paralelo. Este formato, característico de los códices diglotas, nació para servir a comunidades en las que convivían las dos lenguas y facilitaba el estudio de la Escritura a quienes dominaban solo una de ellas.

Colometría

El copista no transcribió el texto en párrafos continuos, sino en líneas de sentido (cola y commata): cada renglón contiene una unidad breve de pensamiento. Esta disposición, llamada colometría o esticometría, ayudaba a la lectura pública y a la proclamación litúrgica de las epístolas, y permitía además calcular el tamaño de cada libro contando sus líneas, dato que reaparece en el catálogo de libros insertado en el volumen.

Historia del manuscrito

La noticia más antigua firme del códice procede del siglo XVI. Teodoro de Beza, sucesor de Calvino en Ginebra, lo adquirió en Clermont hacia 1582 y lo utilizó para las ediciones del Nuevo Testamento griego que preparó en esos años. Beza regaló a la Universidad de Cambridge el Códice de Beza de los evangelios, pero conservó el volumen paulino hasta su muerte.

Tras el fallecimiento de Beza, el manuscrito pasó al erudito parisino Claude Dupuy. Su colección ingresó en la Biblioteca Real de París en 1656, y de ella descienden los fondos actuales de la Biblioteca Nacional de Francia, donde el códice se custodia hoy.

Durante los siglos XVII y XVIII, los editores del Nuevo Testamento fueron incorporando sus variantes a los aparatos críticos. Constantin von Tischendorf realizó la edición de referencia, publicada en Leipzig en 1852 con el título Codex Claromontanus sive epistulae Pauli omnes Graece et Latine.1 En el siglo XVIII, el benedictino Pierre Sabatier recogió el texto latino en su gran colección de versiones bíblicas antiguas; en 1821, Johann Gottfried Jakob Hermann publicó el texto de dos folios palimpsestos del volumen, que conservan bajo la escritura bíblica fragmentos del Faetón de Eurípides.

Contenido

El manuscrito transmite el corpus paulino completo en el orden siguiente: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, Filemón y Hebreos. La carta a los Hebreos figura al final, tras el catálogo de libros, como una epístola más de Pablo, conforme a la tradición occidental que la atribuía al Apóstol.

El volumen añade el catálogo esticométrico que se estudia más abajo y las dos hojas palimpsestas ya mencionadas, que dan testimonio de la costumbre medieval de reutilizar pergaminos antiguos.

Los correctores

El texto original pasó por numerosas manos. Los especialistas distinguen al menos nueve correctores, que intervinieron entre la Antigüedad tardía y la Edad Media. Un corrector del siglo IX añadió acentos y espíritus al griego, señal de que el códice seguía en uso para el estudio en esa época. Gracias a estas capas de corrección, los críticos pueden reconstruir con bastante seguridad tanto el texto que escribió el primer copista como las lecturas que fueron imponiéndose después.

El texto griego

Tipo textual

El texto griego de las cartas paulinas pertenece al tipo textual occidental, que se caracteriza por paráfrasis, armonizaciones y lecturas propias que lo separan del texto alejandrino. Los editores modernos lo clasifican en la categoría II de Aland: un testimonio de valor notable, pero que exige cautela en cada lectura concreta.

Variantes notables

Algunas lecturas del códice han ocupado un lugar destacado en el debate crítico:

  • 1 Corintios 14,34-35. El pasaje sobre el silencio de las mujeres en la asamblea aparece después del versículo 40, y no tras el 33. Comparten esa colocación otros testimonios occidentales y la versión latina d.
  • Romanos 15,31. Frente a la lectura habitual diakonía («servicio»), el texto escrito por el primer copista trae dōrophoría («ofrenda»).
  • 1 Timoteo 3,1. En lugar de la fórmula «palabra digna de crédito» (pistós ho lógos), el manuscrito lee «palabra humana» (anthrōpinos ho lógos), variante que el texto latino confirma.
  • Romanos 12,11. Una lectura antigua dice kairō («sirviendo al tiempo») donde la tradición mayoritaria trae kyriō («sirviendo al Señor»); un corrector posterior restituyó la forma habitual.

Estas variantes no alteran ningún punto de la doctrina de fe. Muestran, más bien, cómo se transmitía el texto sagrado en los primeros siglos y con qué fidelidad conservó la Iglesia lo esencial del mensaje.2

El texto latino

La columna latina conserva una versión de las epístolas anterior a la revisión de san Jerónimo. Pertenece al conjunto de traducciones latinas que circularon antes de la Vulgata, conocidas como Vetus Latina o Itala, y su sigla es d. Los estudiosos la valoran por dos razones: ilustra el latín bíblico que usaban las comunidades occidentales de los siglos IV y V, y ofrece lecturas que ayudan a reconstruir el griego sobre el que se tradujo.

El Concilio Vaticano II recordó que la Iglesia ha venerado y utilizado siempre las versiones antiguas, con especial aprecio por la Vulgata, y que debe promover traducciones fieles a los textos originales.3 El Claromontano ilustra de manera concreta esa tradición ininterrumpida de traducción y estudio de las Escrituras.

El Catalogus Claromontanus

Naturaleza del documento

Entre la epístola a Filemón y la carta a los Hebreos, el copista intercaló un catálogo de libros bíblicos con la indicación del número de líneas (stichoi) de cada uno. Esa información servía probablemente para calcular el coste de una copia, pues los copistas cobraban por línea. La lista, compuesta en latín a partir de un original griego, es más antigua que el códice: los especialistas la sitúan entre el siglo III y comienzos del siglo IV, y sostienen que el copista del siglo VI la trasladó desde un modelo anterior.

Antiguo Testamento

La parte veterotestamentaria enumera el Pentateuco, los libros históricos, el Salterio, los libros sapienciales y los profetas. Junto a ellos incluye libros deuterocanónicos como la Sabiduría, el Eclesiástico (Sabiduría de Jesús) y los Macabeos, dato que prueba que ciertos ambientes cristianos de los primeros siglos los consideraban parte de las Escrituras.

Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento, el catálogo recoge los cuatro evangelios, las cartas paulinas, las epístolas católicas, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. Añade, sin embargo, cuatro escritos que la Iglesia no admitió finalmente en el canon:

Por otra parte, la lista omite Filipenses, 1 y 2 Tesalonicenses y Hebreos. Los investigadores atribuyen esas ausencias a un descuido del copista, y no a un rechazo deliberado, pues los cuatro libros figuran en el propio códice.

Valor para la historia del canon

El catálogo recuerda que el reconocimiento de los libros inspirados fue un proceso gradual, guiado por la Tradición apostólica y por el uso litúrgico de las comunidades. Algunas listas locales incluían escritos que el discernimiento eclesial acabó excluyendo, y otras dudaban de libros que luego se aceptaron como canónicos. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que fue la Tradición apostólica la que permitió a la Iglesia discernir qué escritos componen la lista de los libros santos.4

Ese discernimiento se fue consolidando en documentos posteriores, como la Carta festal de san Atanasio del año 3675 y los concilios africanos de finales del siglo IV, en especial el de Cartago del año 397, que reconoció trece cartas de Pablo y una más a los Hebreos.6 El Concilio de Trento fijó definitivamente el canon de los libros sagrados en su cuarta sesión, en 1546.7

Importancia para la Iglesia

El Códice Claromontano reviste interés para la Iglesia por varios motivos:

  • Transmisión del texto paulino. Aporta un testimonio independiente y antiguo de las cartas del Apóstol, escritas para edificar a las primeras comunidades.
  • Versión latina anterior a la Vulgata. Permite conocer el modo en que las comunidades latinas oyeron la Palabra de Dios antes de la labor de san Jerónimo.
  • Atribución de Hebreos. Muestra la práctica occidental de colocar Hebreos entre los escritos de Pablo, hecho decisivo para entender el reconocimiento de la carta como canónica.
  • Formación del canon. Su catálogo refleja las vacilaciones y los criterios de las comunidades en una época en que la lista de los libros santos aún no estaba cerrada.
  • Cultura del libro. Su colometría, sus correcciones y sus palimpsestos ilustran el trabajo paciente de monjes y copistas gracias a los cuales la Escritura llegó íntegra hasta nuestros días.

Conservación y estudio actual

El manuscrito se custodia en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, y su digitalización permite hoy consultarlo en línea. Los críticos textuales siguen citándolo en las ediciones científicas del Nuevo Testamento griego, donde su sigla figura en el aparato crítico de las cartas paulinas, y los estudiosos de la Vetus Latina lo emplean como uno de los testimonios principales del texto latino de Pablo. La edición de Tischendorf continúa siendo la base de buena parte de la investigación posterior.18

Valoración

El Códice Claromontano reúne en un solo volumen la lengua de los apóstoles, la lengua de la Iglesia occidental y una lista de libros sagrados que ilumina la formación del canon. Gracias a él, el estudioso puede seguir el recorrido de las cartas de san Pablo desde su redacción hasta su proclamación en la liturgia latina, y comprobar la solidez de una tradición textual que la Iglesia ha custodiado con fidelidad durante siglos.

Citas y referencias

  1. Constantin von Tischendorf. Codex Claromontanus sive epistulae Pauli omnes Graece et Latine, Leipzig (1852). 2
  2. Bruce M. Metzger. El texto del Nuevo Testamento: su transmisión, corrupción y restauración, Fondo de Cultura Económica (2006).
  3. Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum, n.º 22 (1965).
  4. Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 120 (1992).
  5. Atanasio de Alejandría. Carta festal XXXIX (367).
  6. Concilio de Cartago. Canon sobre las Escrituras canónicas, cap. 47 (397).
  7. Concilio de Trento. Decreto sobre las Escrituras canónicas, Sesión IV (1546).
  8. Biblioteca Nacional de Francia. Manuscrito Grec 107, Departamento de manuscritos (siglo VI).
Modificado el 8 de octubre de 2026 • FideScore™ 9.29 • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/xck9dx75d

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