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Codex Cyprius

El Codex Cyprius, o Códice Cipriota, es un manuscrito griego en pergamino del siglo IX que transmite íntegros los cuatro Evangelios en letra uncial. Procede de la isla de Chipre, llegó a París en 1673 y se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia con la signatura Grec 63. Los estudiosos lo catalogan como 017 o Ke en el sistema Gregory-Aland y como ε 71 en la clasificación de von Soden. Su texto pertenece a la tradición bizantina, la misma que alimentó durante siglos la lectura litúrgica de la Iglesia oriental, y su colofón conserva el nombre de los monjes que lo copiaron y encuadernaron.

Codex Cyprius F43
Ver información de la imagenCodex Cyprius, manuscrito del siglo IX del Nuevo Testamento en griego, 017 (Gregory-Aland). Codex Cyprius, manuscrito del Nuevo Testamento, 017 (Gregory-Aland), autor desconocido, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCodex Cyprius
CategoríaLibro
Nombre CompletoCódice Cipriota
DescripciónMediados o segunda mitad del siglo IX
Referencias
  • Hch 13, 412
  • Hch 15, 39
AutorMonje Basilio (copista) y monje Teodulo (encuadernador)
Características267 folios de pergamino, tinta parda, escritura uncial vertical y comprimida, uso de nomina sacra, secciones amonianas, kephalaia, suscripciones y colofón.
ContenidoLos cuatro Evangelios completos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan)
Designaciones017, Kɛ, ε 71, Codex Colbertinus 5149
DocumentosConstitución Dei Verbum
HistoriaProcede de Chipre, llegó a París en 1673 a la biblioteca de Jean-Baptiste Colbert, pasó a la Biblioteca Real y actualmente se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia.
Lugar
  • Biblioteca Nacional de Francia
  • París
  • Francia
OrigenIsla de Chipre
SignaturaGrec 63
TemaRevelación neotestamentaria y doctrina del Verbo encarnado
TipoManuscrito griego en pergamino, Manuscrito uncial, Siglo IX

Tabla de contenido

Nombre y designaciones

El nombre Cyprius alude a la isla donde apareció el códice. Cuando ingresó en la biblioteca del ministro Jean-Baptiste Colbert, recibió el número 5149, de modo que los eruditos de los siglos XVII y XVIII lo citaban como Codex Colbertinus 5149. Más tarde, al pasar a la colección regia y después a la biblioteca nacional, adoptó la signatura actual.

Los catálogos modernos emplean varias denominaciones equivalentes:

  • 017: Número que le asigna el registro Gregory-Aland para los manuscritos unciales.
  • Ke: sigla tradicional, donde la letra e indica que contiene los Evangelios.
  • Ε 71: designación de Hermann von Soden.
  • Paris, BnF, Grec 63: signatura de conservación.

Descripción material

El códice consta de 267 folios de pergamino que miden unos 26 por 19 centímetros. El copista dispuso el texto en una sola columna por página, con una caja de escritura que oscila entre 16 y 31 líneas, según el tamaño y la irregularidad del trazo. La tinta es de color pardo.

La escritura es una uncial de letras verticales y comprimidas, característica del siglo IX. Los especialistas debatieron durante mucho tiempo su fecha exacta, y algunos la situaron entre los siglos VIII y XI, pero el análisis paleográfico actual se inclina por mediados o la segunda mitad del siglo IX.

Entre los rasgos del manuscrito destacan:

  • Los nomina sacra, abreviaturas de los nombres divinos como ΙΣ (Jesús) y ΧΣ (Cristo), empleadas de forma sistemática.
  • Los espíritus (signos de aspiración) y los acentos, que el copista colocó con frecuencia de manera imprecisa o llegó a omitir.
  • Los puntos de separación frecuentes, que apuntan a un modelo organizado por líneas de sentido.
  • Numerosos errores de itacismo, es decir, confusiones entre vocales de sonido semejante.
  • Las secciones amonianas, los índices de capítulos (kephalaia), los títulos y las suscripciones de cada Evangelio.

Contenido

El Codex Cyprius contiene los cuatro Evangelios completos en el orden habitual: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Reúne así el núcleo de la Revelación neotestamentaria, el testimonio que la Iglesia venera como principal de la vida y la doctrina del Verbo encarnado, según enseña la constitución Dei Verbum.1

El manuscrito perteneció a un entorno en el que el Evangelio se leía cada día en la liturgia, de modo que su disposición, con capítulos, títulos y divisiones de lectura, facilitaba la proclamación pública y el estudio personal de la Palabra.

Colofón: el monje Basilio y el monje Teodulo

Una de las piezas más valiosas del códice es su colofón. En él, el copista declara que el manuscrito se escribió de mano del monje Basilio y que lo encuadernó el monje Teodulo. Los dos hombres piden después a la Madre de Dios siempre santa y a san Eutiquio que acojan la obra y la presenten ante el Señor.

Este testimonio ilustra la espiritualidad de los scriptoria monásticos. Los copistas entendían su trabajo como una ofrenda y una forma de oración: transcribir el Evangelio era ya un acto de culto, y por eso lo encomendaban a la intercesión de la Virgen y de los santos. La invocación mariana conecta además con la devoción de la Iglesia bizantina a la Theotokos, proclamada en el concilio de Éfeso del año 431.

Chipre, cuna del manuscrito

La isla de Chipre ocupa un lugar singular en la historia cristiana. Pablo y Bernabé la evangelizaron en su primer viaje misionero, y allí convirtieron al procónsul Sergio Paulo (Hch 13, 4-12). Bernabé, nacido en la isla, regresó después con Marcos para continuar la predicación (Hch 15, 39).2

En ese suelo, marcado por una antigua tradición eclesial, los monasterios y las iglesias conservaron durante siglos códices litúrgicos y bíblicos. El Codex Cyprius nació en ese ambiente, y su procedencia insular le da nombre. Los manuscritos chipriotas de los Evangelios han interesado a los investigadores precisamente porque revelan cómo circulaba el texto sagrado en el Mediterráneo oriental durante la Edad Media.

Traslado a Francia y conservación

El códice salió de Chipre y llegó a la biblioteca de Colbert, en París, en 1673. Desde entonces ha permanecido en Francia. Con el tiempo, la colección de Colbert pasó a la Biblioteca Real, y esta dio origen a la actual Biblioteca Nacional de Francia, que custodia el manuscrito con la signatura Grec 63.

La biblioteca ha puesto el códice a disposición de los estudiosos mediante reproducciones digitales. Gracias a ellas, investigadores de cualquier país pueden hoy consultar las imágenes de cada folio y comparar el texto con otros testimonios.

El texto del códice

Tipo textual bizantino

Desde el punto de vista de la crítica textual, el Codex Cyprius representa el tipo textual bizantino, que domina en la inmensa mayoría de los manuscritos griegos medievales. Kurt Aland lo incluyó en la categoría V de su clasificación, reservada a los testimonios de carácter bizantino con escasa relevancia para reconstruir el texto más antiguo.3

Dentro de esa tradición, el códice se relaciona con el grupo denominado Π, una familia de manuscritos de los Evangelios con rasgos propios. En Marcos, su texto aparece en una forma más diluida, con alteraciones que reflejan un copista de formación limitada.

Lecturas peculiares

El manuscrito presenta lecturas singulares en distintos pasajes de Marcos y de Juan. Los editores de los siglos XVIII y XIX las registraron en sus aparatos críticos porque permitían reconstruir la historia del texto y medir la deriva de la copia manual. Aunque la mayor parte de esas variantes no afecta a la doctrina, su estudio demuestra que la Iglesia transmitió los Evangelios con un cuidado que los siglos no han desmentido.

Valor para la crítica textual

El valor del códice no depende de su antigüedad, ya que existen manuscritos muy anteriores, sino de su condición de testigo regional y litúrgico. Cada manuscrito bizantino aporta información sobre las costumbres de los scriptoria, sobre la geografía de las familias textuales y sobre la recepción del Evangelio en una comunidad concreta. El Codex Cyprius ofrece todo eso junto con un colofón que identifica a sus artífices.

Historia de su estudio

Desde su llegada a París, los eruditos se interesaron por el manuscrito. Entre los estudiosos que lo examinaron figuran:

  • Richard Simon, el oratoriano y exegeta francés, que lo consultó en el siglo XVII.
  • John Mill, que aprovechó sus lecturas en su edición del Nuevo Testamento griego.
  • Bernard de Montfaucon, el monje benedictino que publicó en 1708 un facsímil del códice.
  • Johann Jakob Wettstein, que lo citó en su edición crítica del Nuevo Testamento.
  • Johann Martin Augustin Scholz, que lo cotejó en 1820.
  • Constantin von Tischendorf, que lo cotejó en 1842 e incorporó sus lecturas a su gran edición crítica.
  • Samuel Prideaux Tregelles, que lo cotejó de forma independiente en 1849 con mayor minuciosidad que sus predecesores.
  • Frederick Scrivener, que publicó una reproducción en 1861.
  • Caspar René Gregory, que lo examinó en 1883.

Los cotejos de Scholz, Tischendorf y Tregelles sentaron las bases del conocimiento moderno del manuscrito. Ya en el siglo XX, Kurt y Barbara Aland lo situaron dentro de su sistema de categorías, y otros investigadores, entre ellos Silva Lake, estudiaron su texto en las familias de manuscritos bizantinos.3

Importancia para la Iglesia

Para el creyente, el valor del Codex Cyprius trasciende el interés erudito. El manuscrito es un eslabón de la cadena viva por la que la Iglesia ha recibido y entregado el Evangelio. La constitución Dei Verbum recuerda que la Iglesia ha procurado siempre que los fieles dispongan de un acceso amplio y fácil a la Sagrada Escritura.1

Esa fidelidad se hace visible en los monjes que, como Basilio y Teodulo, dedicaron meses de trabajo silencioso a copiar y encuadernar la Palabra de Dios. Su obra permitió que la proclamación del Evangelio llegara a las generaciones posteriores sin interrupción. El códice une así la paleografía con la oración, y la filología con la tradición monástica.

Valor espiritual del códice

El Codex Cyprius enseña que la Sagrada Escritura nunca llega a la Iglesia como un objeto aislado. Llega en manos de personas concretas, en comunidades orantes, en monasterios donde el texto se copia, se canta y se medita. El colofón de Basilio y Teodulo lo expresa con sencillez: el trabajo del copista se ofrece a la Madre de Dios y a los santos, y se entrega al Señor.

Por eso el manuscrito merece un lugar entre los testimonios de la fe cristiana. Atestigua la unidad de la Palabra transmitida, la continuidad entre Oriente y Occidente en la lectura de los Evangelios y la dedicación de los monjes que sostuvieron esa transmisión.

Citas y referencias

  1. Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum, 18 y 22 (1965). 2
  2. Libro de los Hechos de los Apóstoles. Biblia, Hch 13, 4-12 y 15, 39.
  3. Kurt Aland y Barbara Aland. El texto del Nuevo Testamento, capítulo sobre las categorías de los manuscritos (1981). 2
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