La enciclopedia católica en español

Codex Guelferbytanus A (Guelferbytano A)

El Codex Guelferbytanus A, designado con la sigla P^e o con el número 024 en la numeración Gregory-Aland, es un manuscrito uncial griego de los cuatro Evangelios, datado paleográficamente en el siglo VI y conservado en la Herzog August Bibliothek de Wolfenbüttel (Alemania). Llegó hasta nosotros en un estado muy fragmentario, en cuarenta y cuatro folios de pergamino, y constituye la escritura inferior de un palimpsesto: hacia el siglo VIII sus hojas fueron raspadas y reutilizadas para copiar las Etimologías de san Isidoro de Sevilla.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCodex Guelferbytanus A (Guelferbytano A)
CategoríaLibro
Nombre CompletoGuelferbytano A
DescripciónTestigo antiguo del texto bizantino de los cuatro Evangelios
ReferenciasMateo, Marcos, Lucas, Juan
AutorCopistas anónimos del siglo VI
Contexto HistóricoDatado paleográficamente en el siglo VI; reutilizado como palimpsesto en el siglo VIII.
DocumentosDivino Afflante Spiritu, Dei Verbum, Catecismo de la Iglesia Católica
HistoriaReconocido en el siglo XVIII por Franz Anton Knittel bajo la escritura de un palimpsesto en Wolfenbüttel.
ImportanciaDocumenta el estado del texto evangélico griego en el siglo VI y aporta lecturas de la tradición bizantina.
Lugar
  • Herzog August Bibliothek de Wolfenbüttel (Alemania)
  • Wolfenbüttel, Bobbio, Weißenburg, Maguncia, Praga
TipoManuscrito uncial griego, Siglo VI

Tabla de contenido

El texto griego de los Evangelios permaneció oculto durante siglos bajo la escritura latina, fue reconocido en el siglo XVIII y editado en el XIX. Aunque su testimonio es fragmentario y su texto pertenece a la tradición bizantina, el códice interesa a la Iglesia porque la Sagrada Escritura se transmite, se estudia y se venera dentro de la Tradición viva, y porque cada testigo antiguo del texto evangélico ayuda a conocer mejor la Palabra que Dios quiso consignar por escrito.

Nombre y designación

El adjetivo Guelferbytanus procede de Guelferbytum, forma latina del nombre de Wolfenbüttel, ciudad de la Baja Sajonia que alberga la antigua biblioteca ducal de la casa de los Welfen (güelfos), hoy Herzog August Bibliothek. Como varios manuscritos de esa biblioteca reciben el mismo adjetivo, el nombre exige la letra que lo distingue.

La letra A procede de Franz Anton Knittel. Este erudito reconoció que bajo la escritura latina de un mismo volumen se ocultaban dos manuscritos griegos distintos del Nuevo Testamento y los designó con las letras A y B.3 El segundo es el Codex Guelferbytanus B (Q, 026), más antiguo, cuyas hojas forman parte del mismo palimpsesto.

El códice recibe las siguientes designaciones:

  • Gregory-Aland: P^e o 024.
  • Von Soden: ε 33.
  • Signatura actual: Wolfenbüttel, Herzog August Bibliothek, Cod. Guelf. 64 Weiss..
  • Volumen que lo contiene: Codex Guelferbytanus 64 Weissenburgensis, que reúne varios textos inferiores además del Guelferbytano A.1,4

El nombre no debe confundirse con el de otros manuscritos de Wolfenbüttel, como el actual Codex Vaticanus 354 (S, 028), llamado antiguamente Codex Guelpherbytanus.

Descripción codicológica

El soporte y la disposición

El códice conserva el texto evangélico en cuarenta y cuatro folios de pergamino de 26,5 por 21,5 cm, escritos a dos columnas de veinticuatro líneas por página.5

Sus hojas no forman hoy un cuerpo independiente. Según el catálogo de la biblioteca, se encuentran repartidas dentro del volumen de Isidoro, en los folios 90-97, 154-161, 178-185, 226-233, 242-244, 257-259, 271-272, 278, 298 y 300-301. La secuencia de esas hojas no sigue el orden del texto evangélico, porque los pliegos fueron reordenados al reutilizar el pergamino.1

La escritura

El texto está escrito en letra uncial griega. En general carece de acentos y espíritus; cuando estos aparecen, con frecuencia se emplean de modo incorrecto. El copista comete errores de itacismo, es decir, confusiones entre vocales de sonido semejante.3

Los nombres sagrados aparecen abreviados con una barra superior, según la práctica ordinaria de los manuscritos cristianos (nomina sacra). Se atestiguan las contracciones de:

  • Jesús (ΙΣ), Cristo (ΧΣ), Señor (ΚΣ), Dios (ΘΣ) e Hijo (ΥΣ).
  • Padre (ΠΗΡ) y Espíritu (ΠΝΑ).
  • Jerusalén (ΙΛΗΜ), hombre (ΑΝΟΣ) y David (ΔΑΔ).5

En el margen figura la numeración de las secciones amonianas, aunque sin remisión a los cánones eusebianos.5

Contenido

El códice contiene fragmentos de los cuatro Evangelios. Ninguno de ellos se conserva de manera continua. Los pasajes conservados son los siguientes:6

San Lucas es el evangelista mejor representado. Entre los fragmentos conservados figuran pasajes centrales de la revelación cristiana: el bautismo y las tentaciones del Señor y la llamada de los primeros discípulos (Mt 3,13-4,19), el testimonio del Bautista sobre el Cordero de Dios (Jn 1,29-40), la preparación de la Pascua y las palabras de la institución eucarística (Mc 14,13-24), la crucifixión y muerte de Cristo (Mc 15,12-37), las apariciones del Resucitado en el camino de Emaús y en el cenáculo (Lc 24,14-37) y la pesca milagrosa junto al lago de Tiberíades (Jn 21,1-11).

Un palimpsesto

El texto superior

Un palimpsesto es un pergamino raspado y escrito de nuevo. El texto superior del volumen que contiene el Guelferbytano A es una copia latina de las Etimologías de san Isidoro de Sevilla, doctor de la Iglesia. La biblioteca de Wolfenbüttel la data en la primera mitad del siglo VIII y la atribuye, con reservas, al monasterio de Bobbio.1

El escriba que copió a Isidoro utilizó hojas de varios manuscritos anteriores, de lo cual se deduce que trabajaba en un escritorio con un fondo antiguo considerable. El volumen está formado por unas trescientas treinta hojas y contiene, además del texto superior, ocho estratos de escritura inferior.1

Los textos inferiores

El catálogo de la biblioteca distingue en el volumen los siguientes textos inferiores:

  • El comentario de Ambrosiaster a la Carta a los Romanos (fines del siglo V, fragmento).
  • El tratado de Galeno sobre las propiedades de los alimentos (comienzos del siglo VI).
  • Los Evangelios griegos del Codex Guelferbytanus A (siglo VI).
  • Los Evangelios griegos del Codex Guelferbytanus B (siglo V).
  • Fragmentos del libro de Job, según san Jerónimo (siglo VI).
  • Fragmentos del libro de los Jueces, según san Jerónimo (segunda mitad del siglo VI).
  • Fragmentos de los títulos (kephalaia) del Evangelio según san Mateo.
  • Fragmentos de la Carta a los Romanos en gótico y latín, el llamado Codex Carolinus (fines del siglo V), donde se conserva parte de la traducción gótica atribuida a Ulfilas.1

Los palimpsestos y la Iglesia

El hallazgo de palimpsestos produjo en el siglo XIX una acusación injusta: la de que los monjes antiguos habían destruido sistemáticamente los manuscritos bíblicos. La Enciclopedia Católica recuerda que un sínodo griego del año 691 (el Concilio Quinisexto o in Trullo) prohibió el uso de manuscritos palimpsestos de la Biblia o de los Padres, salvo que resultaran del todo inservibles. Según la enciclopedia, ese decreto muestra que hubo cierta destrucción, pero esta no fue generalizada y afectó solo a códices gastados o deteriorados; así lo indica que, hasta entonces, no se había hallado ninguna obra completa sobre un palimpsesto.2

La misma enciclopedia advierte de que los reactivos químicos empleados para recuperar la escritura inferior dañan el manuscrito, y cita la opinión de Wattenbach, según la cual los estudiosos modernos habían destruido más manuscritos valiosos que los monjes antiguos, tan injustamente acusados.2

Historia del manuscrito

Procedencia

Antes de llegar a Wolfenbüttel, el volumen perteneció sucesivamente a Bobbio, a Weißenburg, a Maguncia y a Praga. En Weißenburg, monasterio benedictino de Alsacia, se anotaron correcciones en el texto de Isidoro. El duque de Brunswick lo adquirió en 1689.1,3

Descubrimiento y edición

El volumen fue descrito en 1752 por Heusinger, pero fue Franz Anton Knittel, sacerdote y archidiácono de Wolfenbüttel, quien advirtió que el texto griego inferior pertenecía a dos manuscritos distintos del Nuevo Testamento. Reconoció además el texto gótico-latino de la Carta a los Romanos, que publicó en Brunswick en 1762 con el apoyo del duque Carlos I. De este príncipe recibió el nombre de Codex Carolinus.7

El texto griego de los Evangelios fue colacionado y editado en el siglo XIX por Constantin von Tischendorf.8 En 1894 Scrivener lo describió en su Introducción a la crítica del Nuevo Testamento y en 1900 Gregory lo incluyó en su Textkritik.5,3

Posteriormente, el texto del Evangelio de Juan fue transcrito en una edición moderna de los manuscritos unciales.9 Además, desde 2008 la biblioteca de Wolfenbüttel ofrece una edición digital del volumen completo, con facsímil.1

Texto y valor crítico

Tipo de texto

El texto griego del códice representa la tradición textual bizantina. Kurt Aland lo clasificó en la categoría V, la reservada a los manuscritos de texto bizantino.4 Según el método de perfiles de Claremont, en Lucas 20 su texto es mixto.10

Scrivener comprobó que el códice coincide con las lecturas conjuntas del Alejandrino (A) y el Vaticano (B) en cincuenta ocasiones, con B contra A en veintinueve y con A contra B en ciento dos.5

Un testimonio fragmentario

Por su estado, el Guelferbytano A no permite reconstruir el texto de los Evangelios completos. Su valor consiste en:

  • Documentar el estado del texto evangélico griego en el siglo VI.
  • Ofrecer un testigo antiguo del texto bizantino, que fue la forma más difundida del texto griego del Nuevo Testamento.
  • Aportar lecturas que pueden compararse con las de otros unciales, como el Alejandrino y el Vaticano.
  • Mostrar la práctica de escribas, abreviaturas y divisiones del texto en los siglos que separan a los apóstoles de la Edad Media.

El códice no altera el contenido de la fe. Su interés es filológico, histórico y devocional: ayuda a conocer cómo se copió y se transmitió el texto de los Evangelios en los primeros siglos.

Relación con el Guelferbytano B

Ambos códices se descubrieron a la vez, comparten volumen palimpsesto y tienen las mismas dimensiones, pero son manuscritos distintos. El Codex Guelferbytanus B (Q, 026), del siglo V, contiene fragmentos de Lucas y de Juan en un texto griego con escritura de mayor tamaño.1,2

La crítica textual en la doctrina de la Iglesia

El texto original y los códices

Pío XII presentó el descubrimiento y la edición de códices antiguos entre los beneficios que la Providencia ha concedido a nuestra época para penetrar más profundamente en los divinos oráculos.11

La encíclica Divino Afflante Spiritu enseña que el texto original, escrito por el propio autor inspirado, posee más autoridad y peso que cualquier traducción, antigua o moderna, por excelente que sea. Para explicarlo, el exegeta necesita el dominio de las lenguas y una verdadera destreza en la crítica literaria del texto.12

Pío XII recuerda que san Agustín puso en primer lugar, entre los preceptos para quien estudia la Escritura, el cuidado de poseer un texto corregido. La crítica textual, aplicada con éxito a los escritos profanos, se aplica con razón a los Libros Sagrados por la reverencia debida a los divinos oráculos. Su finalidad es restaurar el texto sagrado con la mayor perfección posible, purificarlo de las corrupciones debidas a la negligencia de los copistas y liberarlo de glosas, omisiones y otros errores que se introducen en los escritos transmitidos durante siglos.12

Añade que esta disciplina cuenta hoy con reglas firmes y seguras, y que la Iglesia ha honrado estos estudios desde los primeros siglos. Por eso confía a los biblistas católicos el trabajo, no siempre fácil, de procurar ediciones de los Libros Sagrados que unan la mayor reverencia hacia el texto sagrado con la observancia exacta de las reglas de la crítica.13

La Vulgata y los textos originales

El Guelferbytano A es un manuscrito griego. Su estudio no contradice la autoridad que el Concilio de Trento reconoció a la versión latina llamada Vulgata. Pío XII explica que esa autenticidad no se afirmó por razones primordialmente críticas, sino jurídicas: la Vulgata puede citarse con seguridad en disputas, lecciones y predicación, y su uso se limita a la Iglesia latina y al empleo público de la Escritura.14

Por eso esa autoridad de la Vulgata en materia doctrinal no impide, sino que casi exige, recurrir a los textos originales para corroborar la doctrina o para clarificar el sentido de las Sagradas Letras. El Concilio Vaticano II recoge esta orientación cuando declara que la Iglesia procura con solicitud materna que se redacten «traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos originales de los sagrados libros».14,15

Copistas y verdad de la Escritura

Los manuscritos antiguos presentan variantes, omisiones y correcciones. La doctrina católica distingue con claridad entre el texto inspirado y los errores de la transmisión manuscrita. Al defender la inerrancia bíblica, León XIII, citado por Pío XII, afirmó que no debe imputarse error al autor sagrado si los copistas cometieron equivocaciones en el texto de la Biblia.16

El Concilio Vaticano II enseña que «todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo», y que los libros de la Escritura enseñan con firmeza, fidelidad y sin error la verdad que Dios quiso consignar en ellos para nuestra salvación.17,18

El lugar de la crítica textual en la exégesis

La Pontificia Comisión Bíblica declara que el método histórico-crítico es indispensable para el estudio científico del sentido de los textos antiguos. Según su descripción, la crítica textual inicia la serie de operaciones de ese método: basándose en el testimonio de los manuscritos más antiguos y mejores, de los papiros, de ciertas versiones antiguas y de los textos patrísticos, busca establecer, según reglas fijas, un texto bíblico lo más cercano posible al original.19

Esta labor pertenece al primer nivel de la exégesis y no sustituye a la lectura de la Escritura en la Iglesia, a la luz de la Tradición viva y de la analogía de la fe.

Los Evangelios en la fe de la Iglesia

Preeminencia de los Evangelios

El Concilio Vaticano II enseña que los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente entre todas las Escrituras, porque son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo encarnado, nuestro Salvador.20 El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume: «Los Evangelios son el corazón de todas las Escrituras por ser el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador».21

La Iglesia mantiene con firmeza que los cuatro Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, transmiten fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, hizo y enseñó realmente para la salvación de los hombres hasta el día de su ascensión.22

Escritura, Tradición y transmisión

La Escritura no se transmite al margen de la Iglesia. El Concilio Vaticano II enseña que «por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados» y que la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo.23

Los manuscritos son el medio material por el que la Iglesia ha custodiado y difundido su libro. Copiar los Evangelios fue una tarea de servicio eclesial: cada códice, incluso el más fragmentario, pertenece a la larga cadena de testigos que une el texto actual con la predicación apostólica.

Presencia de Cristo en su Palabra

El Concilio Vaticano II recuerda que Cristo está presente en su palabra, porque cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es él quien habla.24 Esta enseñanza explica el cuidado que la Iglesia ha puesto en conservar, copiar y editar los textos evangélicos con fidelidad.

Importancia eclesial

El Guelferbytano A aporta a la vida de la Iglesia los siguientes valores:

  • Valor textual, como testigo antiguo, aunque fragmentario, del texto griego de los cuatro Evangelios.
  • Valor histórico, como documento de la vida de los escritorios monásticos de Occidente, que conservaron, copiaron y reutilizaron los códices.
  • Valor patrimonial, como parte del patrimonio de manuscritos antiguos que la Iglesia y las bibliotecas custodian y estudian.
  • Valor científico, porque su lectura ha exigido técnicas de recuperación de escrituras borradas y ha impulsado el estudio de los palimpsestos.
  • Valor catequético, porque muestra que la transmisión de la Palabra escrita se ha realizado con esfuerzo, cuidado y continuidad a lo largo de los siglos.

Valor espiritual

El Guelferbytano A recuerda que la Palabra de Dios llega a los hombres mediante una cadena humana de copistas, custodios y estudiosos. Sobre las mismas hojas que un día recogieron los relatos de la pasión, de la resurrección y de la institución de la Eucaristía, un escriba del siglo VIII copió después el saber enciclopédico de san Isidoro, doctor de la Iglesia. El pergamino cambió de uso, pero no se perdió el texto que contenía: la Providencia lo conservó bajo la nueva escritura hasta que la ciencia lo hizo legible.

La Iglesia no venera el pergamino por sí mismo, sino la Palabra que contiene. Como enseña Pío XII, el trabajo prolongado de quienes estudian y editan los textos sagrados no solo es necesario para entender rectamente los escritos divinos, sino que responde también a la piedad con que se debe agradecer a Dios el don de estos libros, enviados como cartas paternas a sus hijos.13

Citas y referencias

  1. Cod. Guelf. 64 Weiss. Herzog August Bibliothek Wolfenbüttel, Palimpsest III (2022). 2 3 4 5 6 7 8 9
  2. Manuscritos de la Biblia. Enciclopedia Católica, Palimpsestos y Manuscritos del Nuevo Testamento (1910). 2 3 4
  3. Caspar René Gregory. Textkritik des Neuen Testaments, vol. I, págs. 62-63 (1900). 2 3 4
  4. Kurt Aland y Barbara Aland. The Text of the New Testament, pág. 113 (1995). 2
  5. Frederick H. A. Scrivener. A Plain Introduction to the Criticism of the New Testament, vol. I, págs. 143-144 (1894). 2 3 4 5
  6. Caspar René Gregory. Textkritik des Neuen Testaments, vol. I, pág. 62 (1900).
  7. Franz Anton Knittel. Ulphilae versionem Gothicam nonnullorum capitum epistolae Pauli ad Romanos, Brunswick (1762).
  8. Constantin von Tischendorf. Monumenta sacra inedita, Nova collectio (Leipzig, siglo XIX); Caspar René Gregory. Textkritik des Neuen Testaments, vol. I, pág. 63 (1900).
  9. Ulrich B. Schmid, David C. Parker y W. J. Elliott. The Gospel according to St. John: The Majuscules, págs. 39-44 (2007).
  10. Frederik Wisse. The Profile Method for the Classification and Evaluation of Manuscript Evidence, pág. 52 (1982).
  11. Pío XII. Divino Afflante Spiritu, 12 (1943).
  12. Pío XII. Divino Afflante Spiritu, 16-17 (1943). 2
  13. Pío XII. Divino Afflante Spiritu, 18-19 (1943). 2
  14. Pío XII. Divino Afflante Spiritu, 21-22 (1943). 2
  15. Concilio Vaticano II. Dei Verbum, 22 (1965).
  16. Pío XII. Divino Afflante Spiritu, 3 (1943), que cita a León XIII, Providentissimus Deus (1893).
  17. Concilio Vaticano II. Dei Verbum, 11 (1965).
  18. Catecismo de la Iglesia Católica, 107 (1992).
  19. Pontificia Comisión Bíblica. La interpretación de la Biblia en la Iglesia, I.A (1993).
  20. Concilio Vaticano II. Dei Verbum, 18 (1965).
  21. Catecismo de la Iglesia Católica, 125 (1992).
  22. Concilio Vaticano II. Dei Verbum, 19 (1965).
  23. Concilio Vaticano II. Dei Verbum, 8 (1965).
  24. Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium, 7 (1963).
Modificado el 30 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.93 • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/rkdhvwv85

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →