El texto original y los códices
Pío XII presentó el descubrimiento y la edición de códices antiguos entre los beneficios que la Providencia ha concedido a nuestra época para penetrar más profundamente en los divinos oráculos.
La encíclica Divino Afflante Spiritu enseña que el texto original, escrito por el propio autor inspirado, posee más autoridad y peso que cualquier traducción, antigua o moderna, por excelente que sea. Para explicarlo, el exegeta necesita el dominio de las lenguas y una verdadera destreza en la crítica literaria del texto.
Pío XII recuerda que san Agustín puso en primer lugar, entre los preceptos para quien estudia la Escritura, el cuidado de poseer un texto corregido. La crítica textual, aplicada con éxito a los escritos profanos, se aplica con razón a los Libros Sagrados por la reverencia debida a los divinos oráculos. Su finalidad es restaurar el texto sagrado con la mayor perfección posible, purificarlo de las corrupciones debidas a la negligencia de los copistas y liberarlo de glosas, omisiones y otros errores que se introducen en los escritos transmitidos durante siglos.
Añade que esta disciplina cuenta hoy con reglas firmes y seguras, y que la Iglesia ha honrado estos estudios desde los primeros siglos. Por eso confía a los biblistas católicos el trabajo, no siempre fácil, de procurar ediciones de los Libros Sagrados que unan la mayor reverencia hacia el texto sagrado con la observancia exacta de las reglas de la crítica.
La Vulgata y los textos originales
El Guelferbytano A es un manuscrito griego. Su estudio no contradice la autoridad que el Concilio de Trento reconoció a la versión latina llamada Vulgata. Pío XII explica que esa autenticidad no se afirmó por razones primordialmente críticas, sino jurídicas: la Vulgata puede citarse con seguridad en disputas, lecciones y predicación, y su uso se limita a la Iglesia latina y al empleo público de la Escritura.
Por eso esa autoridad de la Vulgata en materia doctrinal no impide, sino que casi exige, recurrir a los textos originales para corroborar la doctrina o para clarificar el sentido de las Sagradas Letras. El Concilio Vaticano II recoge esta orientación cuando declara que la Iglesia procura con solicitud materna que se redacten «traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos originales de los sagrados libros».,
Copistas y verdad de la Escritura
Los manuscritos antiguos presentan variantes, omisiones y correcciones. La doctrina católica distingue con claridad entre el texto inspirado y los errores de la transmisión manuscrita. Al defender la inerrancia bíblica, León XIII, citado por Pío XII, afirmó que no debe imputarse error al autor sagrado si los copistas cometieron equivocaciones en el texto de la Biblia.
El Concilio Vaticano II enseña que «todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo», y que los libros de la Escritura enseñan con firmeza, fidelidad y sin error la verdad que Dios quiso consignar en ellos para nuestra salvación.,
El lugar de la crítica textual en la exégesis
La Pontificia Comisión Bíblica declara que el método histórico-crítico es indispensable para el estudio científico del sentido de los textos antiguos. Según su descripción, la crítica textual inicia la serie de operaciones de ese método: basándose en el testimonio de los manuscritos más antiguos y mejores, de los papiros, de ciertas versiones antiguas y de los textos patrísticos, busca establecer, según reglas fijas, un texto bíblico lo más cercano posible al original.
Esta labor pertenece al primer nivel de la exégesis y no sustituye a la lectura de la Escritura en la Iglesia, a la luz de la Tradición viva y de la analogía de la fe.