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Codex Hierosolymitanus de Jerusalén

El Codex Hierosolymitanus, o Códice de Jerusalén, es un manuscrito griego en pergamino copiado en el año 1056 que reúne varios escritos cristianos antiguos y conserva el único texto griego completo de la Didaché. Fue descubierto en 1873 por el eclesiástico ortodoxo Filoteo Bryennios en la biblioteca del Metoquio del Santo Sepulcro de Constantinopla y se custodia hoy en la biblioteca del Patriarcado griego ortodoxo de Jerusalén. Su importancia no reside en el objeto material, sino en los textos de los Padres apostólicos que la Iglesia pudo recuperar gracias a él.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCodex Hierosolymitanus (de Jerusalén)
CategoríaLibro
Otros nombres
  • Códice de Jerusalén
  • Códice Hierosolimitano, Manuscrito de Bryennios, H, H54, Hierosolymitanus 54, Panaghiou Taphou 54
DescripciónManuscrito del año 1056 que reúne varios escritos cristianos antiguos y conserva el único texto griego completo de la Didaché
Fecha de Fundación11 de junio de 1056
AutorLeón, notario y pecador
ContenidoSinopsis del Antiguo y Nuevo Testamento, Epístola de Bernabé, Didaché, Primera y Segunda epístola de Clemente, y Cartas de san Ignacio de Antioquía.
DescubridorFiloteo Bryennios
Escritos RelacionadosDidaché, Epístola de Bernabé, Epístolas de Clemente, Cartas de san Ignacio de Antioquía
Fecha de Creación1056
Fecha de Hallazgo1873
ImportanciaPermitió recuperar textos fundamentales de los Padres apostólicos, incluyendo el único texto griego completo de la Didaché.
Lugar
  • Biblioteca del Patriarcado griego ortodoxo de Jerusalén
  • Jerusalén
Lugar de HallazgoMetoquio del Santo Sepulcro de Constantinopla
Personas RelacionadasFiloteo Bryennios, León
TipoManuscrito griego en pergamino

Tabla de contenido

Nombre y designaciones

La expresión Hierosolymitanus es un adjetivo latino que significa «de Jerusalén». El códice recibe este nombre por la ciudad donde se conserva desde finales del siglo XIX, y no por el lugar donde fue copiado ni por el lugar donde fue hallado.

Los estudios lo designan de varios modos:

  • Códice de Jerusalén o Códice Hierosolimitano.
  • Manuscrito de Bryennios, en recuerdo de su descubridor.
  • H o H54, siglas habituales en las ediciones críticas de los Padres apostólicos.
  • Hierosolymitanus 54 o Panaghiou Taphou 54, por su signatura en la biblioteca patriarcal.

Descripción material

Soporte y escritura

El códice es un volumen de pergamino en formato de cuarto pequeño, de alrededor de ciento veinte folios, escrito a una sola columna. La escritura es una minúscula bizantina del siglo XI, regular y compacta, con las abreviaturas y los signos habituales de los copistas monásticos de la época. El texto conserva correcciones y glosas interlineales, que muestran que el copista o un revisor contrastaron la copia con su modelo.1

El colofón del copista

El copista dejó su nombre y la fecha de la copia en el colofón del folio 120. Se presenta como «León, notario y pecador» y fecha el trabajo el martes 11 de junio del año 6564 del calendario bizantino, es decir, el año 1056.1

La fórmula «pecador» era frecuente en los colofones bizantinos y expresa la humildad con que los monjes y clérigos copistas entendían su trabajo. Gracias a ese colofón, el manuscrito es uno de los pocos testimonios de los Padres apostólicos que pueden fecharse con exactitud.

Contenido del códice

El códice es una miscelánea: reúne obras de origen y época muy diferentes en un solo volumen. En líneas generales, contiene los siguientes escritos:

  • Sinopsis del Antiguo y del Nuevo Testamento, atribuida tradicionalmente a san Juan Crisóstomo.
  • Epístola de Bernabé.
  • Didaché, en los folios 76 a 80.
  • Primera epístola de Clemente a los Corintios.
  • Segunda epístola de Clemente.
  • Cartas de san Ignacio de Antioquía, en la llamada recensión larga.1

La reunión de estos textos indica lo que un copista bizantino del siglo XI consideraba digno de conservarse como herencia de la antigüedad cristiana. Los textos de los Padres apostólicos aparecen junto a una introducción a los libros bíblicos, de modo que el volumen pudo servir para la formación de clérigos y monjes.

La Sinopsis

La Sinopsis ofrece un resumen de cada libro de la Sagrada Escritura. Se atribuyó tradicionalmente a san Juan Crisóstomo, aunque esa atribución es discutida entre los especialistas. Ocupa la primera parte del volumen y sitúa los escritos posteriores en un marco bíblico.

La lista de libros del Antiguo Testamento

El códice contiene además una lista de libros del Antiguo Testamento, conocida como lista de Bryennios. Durante años se la consideró el testimonio de un canon veterotestamentario muy antiguo, anterior al siglo III. Estudios recientes discuten esa antigüedad y relacionan la lista con una tradición bizantina posterior, dependiente de Eusebio de Cesarea.2

Esta discusión no altera el canon de la Iglesia, que no depende de una lista particular conservada en un manuscrito, sino de la Tradición apostólica y de las definiciones conciliares.3,4

Historia del manuscrito

Copia y custodia en Constantinopla

El códice se copió en 1056, pero no se conoce con seguridad el lugar de la copia. Consta que, antes de su descubrimiento, se guardaba en la biblioteca del Metoquio del Santo Sepulcro, una dependencia del Patriarcado de Jerusalén situada en Constantinopla.1

La supervivencia del códice se debió a la continuidad de la vida monástica y eclesiástica del Oriente cristiano. Los monasterios y las dependencias patriarcales conservaron durante siglos libros que en Occidente habían dejado de copiarse.

El hallazgo de 1873

Filoteo Bryennios, más tarde metropolita de Nicomedia, descubrió el manuscrito en 1873 mientras examinaba los fondos de la biblioteca del Metoquio. Su interés inicial se centró en las epístolas de Clemente.1

Las ediciones de Bryennios

Bryennios publicó en 1875 el texto completo de las dos epístolas de Clemente. En 1883 publicó la Didaché, que había identificado al volver sobre el códice. Esta edición despertó un interés inmediato en los medios científicos y teológicos de Oriente y de Occidente, porque sacaba a la luz un escrito que solo se conocía por alusiones de los antiguos autores cristianos.1,5

Los estudiosos católicos participaron pronto en el estudio del texto, y las ediciones de los Padres apostólicos de finales del siglo XIX lo incorporaron como testimonio principal de la Didaché.6

Traslado a Jerusalén

En 1887 el manuscrito pasó de Constantinopla a la biblioteca del Patriarcado griego de Jerusalén, donde se conserva con la signatura Panaghiou Taphou 54.1

Valor textual del códice

Los textos de Clemente Romano

Antes de 1875 la Primera epístola de Clemente solo se conocía en el Codex Alexandrinus, un manuscrito bíblico del siglo V que perdió las hojas finales. Ese códice carece de una parte del final de la primera epístola (desde 1 Clemente 57,7 hasta 63,4) y del final de la segunda (desde 2 Clemente 12,5). El Codex Hierosolymitanus ofrece ambos textos completos y permitió por primera vez leer en griego sus conclusiones.1

La Didaché

La Didaché solo se conserva completa en este códice. Otros testimonios son fragmentarios, como los dos fragmentos griegos procedentes de Egipto publicados en 1922, cuyo texto coincide en lo esencial con el del códice de Jerusalén.1

El manuscrito presenta una dificultad propia: el final de la obra parece inacabado, lo que ha llevado a discutir si el copista tuvo delante un modelo incompleto. Para el contenido de la obra, su estructura y su valor doctrinal, remitimos al artículo dedicado a la Didaché.

La Epístola de Bernabé

La Epístola de Bernabé también se conserva en el Codex Sinaiticus. La copia del códice de Jerusalén constituye un testimonio independiente, que permite comparar lecturas, corregir errores de copia y valorar la transmisión del texto a lo largo de los siglos.1

Las cartas de san Ignacio de Antioquía

El códice transmite las cartas de san Ignacio en la recensión larga, una reelaboración posterior de las cartas originales que amplía su texto con añadidos y que incluye escritos que no pertenecen a Ignacio. La crítica textual considera auténticas las siete cartas de la llamada recensión media, que Ignacio escribió camino del martirio en Roma.7

El valor de la recensión larga es secundario para conocer el pensamiento de Ignacio, pero sirve para estudiar cómo se ampliaron y adaptaron los textos antiguos a las controversias de épocas posteriores.1

El códice y la Tradición de la Iglesia

Los Padres apostólicos como testigos de la Tradición

El Concilio Vaticano II enseña que las palabras de los santos Padres testimonian la presencia viva de la Tradición, cuya riqueza pasa a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora.3 Por eso recomienda el estudio de los Padres de Oriente y de Occidente como parte de la vida de la Iglesia y de la investigación bíblica.8

El Catecismo llama Tradición a la transmisión viva, realizada en el Espíritu Santo, de lo recibido de los Apóstoles, distinta de la Sagrada Escritura aunque estrechamente unida a ella.9

Benedicto XVI presentó a los Padres apostólicos como la primera y la segunda generación de la Iglesia después de los Apóstoles. Los escritos de este período, entre ellos los que transmite el códice, muestran la continuidad entre la predicación apostólica y la vida de las comunidades cristianas.10

Clemente e Ignacio en la enseñanza de los Papas

Benedicto XVI dedicó dos catequesis a dos de los autores que transmite el códice. Presentó a san Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro según la tradición, y subrayó que su Carta a los Corintios manifiesta la solicitud de la Iglesia de Roma por las demás Iglesias.10

Presentó también a san Ignacio de Antioquía como testigo de la unidad de la Iglesia y recordó que la comunidad de Roma «preside en la caridad», expresión que la tradición posterior relacionó con el primado romano.7

Escritura, Tradición y canon

El códice reúne libros que gozaron de gran estima en la antigüedad, pero que no pertenecen al canon de la Sagrada Escritura. La Iglesia conoce el canon íntegro de los libros sagrados por la Tradición, y lo definió de modo solemne en los concilios de Florencia y de Trento.3,4,11

La antigüedad ya distinguía este tipo de escritos de los libros inspirados. Eusebio de Cesarea incluyó la Didaché entre los libros no admitidos como canónicos, y san Atanasio la recomendó para la instrucción de los catecúmenos, sin contarla entre los libros de la Escritura.12

La Didaché en el Magisterio

El Magisterio recurre a la Didaché, en la edición que hizo posible este códice, como testimonio de la fe y de la práctica de los primeros siglos. El Catecismo de la Iglesia Católica cita la Didaché en tres lugares:

  • Al afirmar que la condena de todo aborto procurado se remonta a los primeros siglos, con la frase de Didaché 2,2 sobre el embrión y el recién nacido.13
  • Al recoger la doxología con que la liturgia concluyó muy pronto la oración del Señor, atestiguada en Didaché 8,2.14
  • Al recordar que las primeras comunidades rezaban el Padrenuestro tres veces al día, según Didaché 8,3.15

La Congregación para la Doctrina de la Fe ya había citado la Didaché en la Declaración sobre el aborto provocado de 1974, en la edición de Funk.16

Esta recepción magisterial no convierte la Didaché en una fuente de revelación. La Iglesia la utiliza como testimonio histórico de una enseñanza que ya se encontraba viva en las comunidades cristianas antiguas.3

La custodia ortodoxa y el diálogo entre Oriente y Occidente

El códice fue copiado por un clérigo oriental, se conservó en una institución del Patriarcado de Jerusalén, fue descubierto por un eclesiástico ortodoxo y se guarda hoy en la biblioteca patriarcal griega. La recuperación de la Didaché y de los textos de Clemente es, por tanto, un fruto de la custodia de la herencia patrística por la Iglesia ortodoxa.

El Concilio Vaticano II reconoce que las Iglesias de Oriente poseyeron desde el principio un tesoro del que la Iglesia de Occidente tomó mucho en la liturgia, en la tradición espiritual y en el orden jurídico.17 El caso del códice ilustra esa comunión en los bienes de la Tradición, y su estudio ha sido una tarea común de eruditos de las distintas confesiones cristianas.

Conservación y estudio

La conservación de los manuscritos antiguos pertenece a la misión de las bibliotecas eclesiásticas, que custodian y ponen al servicio de la Iglesia el patrimonio escrito de la fe.18 El Codex Hierosolymitanus se conserva en la biblioteca del Patriarcado griego de Jerusalén, y existen reproducciones digitales que permiten su estudio sin necesidad de manipular el original.1

El interés por el texto original y por sus variantes responde a una exigencia de la investigación católica. Pío XII recordó, a propósito de la Escritura, la importancia de la crítica textual, que busca restituir el texto con la mayor fidelidad posible a partir de los códices, y afirmó que sus reglas dan hoy resultados seguros.19 Por analogía, el mismo método beneficia a la edición de los Padres, cuyos textos dependen de manuscritos como este.

Valor del códice para la Iglesia

El Codex Hierosolymitanus recuerda que la Tradición llega a la Iglesia de hoy a través de una cadena de copistas, bibliotecas y monasterios que conservaron los textos de la antigüedad cristiana. Gracias a él, la Iglesia conoce la enseñanza moral, la liturgia y la organización de las comunidades de los siglos I y II con mayor precisión.

Su valor se limita a lo que es: un testimonio humano, fechado y verificable, de la fe transmitida por los Apóstoles. No añade nada al depósito de la fe, pero confirma, con textos muy cercanos a la época apostólica, la continuidad de lo que la Iglesia cree, celebra y vive.3

Citas y referencias

  1. Michael W. Holmes. The Apostolic Fathers: Greek Texts and English Translations, 3.ª ed., Introducción, págs. 7-9 (2007). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12
  2. Luke J. Stevens. The Bryennios List and its Origin. Journal of Theological Studies, 71/2, págs. 703-706 (2020).
  3. Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación. Concilio Vaticano II, 8 (1965). 2 3 4 5
  4. Decreto sobre las Escrituras canónicas. Concilio de Trento, Sesión IV (1546). 2
  5. Filoteo Bryennios. Διδαχὴ τῶν δώδεκα ἀποστόλων, Constantinopla (1883).
  6. Didache. Enciclopedia Católica, Didache (1913).
  7. Audiencia general del 14 de marzo de 2007: San Ignacio de Antioquía. Benedicto XVI (2007). 2
  8. Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación. Concilio Vaticano II, 23 (1965).
  9. Catecismo de la Iglesia Católica, 78 (1992).
  10. Audiencia general del 7 de marzo de 2007: San Clemente Romano. Benedicto XVI (2007). 2
  11. Decreto para los coptos (Cantate Domino). Concilio de Florencia, Sobre los libros de la Sagrada Escritura (1442).
  12. Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica, III, 25; Atanasio de Alejandría. Carta festal 39, Sobre los libros (367).
  13. Catecismo de la Iglesia Católica, 2271 (1992).
  14. Catecismo de la Iglesia Católica, 2760 (1992).
  15. Catecismo de la Iglesia Católica, 2767 (1992).
  16. Declaración sobre el aborto provocado. Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 (1974).
  17. Decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo. Concilio Vaticano II, 14 (1964).
  18. La función pastoral de las bibliotecas eclesiásticas. Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia (1994).
  19. Encíclica Divino afflante Spiritu. Pío XII, 16-18 (1943).
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