El Codex Hierosolymitanus se refiere a una colección de manuscritos conservados en la Biblioteca del Patriarcado Griego Ortodoxo de Jerusalén, aunque su estudio ha trascendido las divisiones confesionales para enriquecer la comprensión católica de los orígenes cristianos. Estos documentos, mayoritariamente en griego y con influencias armenias y siríacas, emergieron en el contexto de la Iglesia primitiva en Oriente, donde Jerusalén fungía como epicentro de la fe apostólica. Su denominación genérica evoca la conexión con la Ciudad Santa, mencionada en decretos papales antiguos como poseedora de un primado espiritual, tal como se refleja en las disposiciones de Inocencio I sobre el obispo de Jerusalén.1
La tradición católica valora estos códices por su fidelidad a las enseñanzas patrísticas, alineadas con el depósito de la fe definido en concilios ecuménicos. A diferencia de grandes pandectas como el Codex Sinaiticus o el Codex Vaticanus, el Hierosolymitanus destaca por su enfoque en comentarios teológicos locales, que iluminan la exégesis bíblica en el ámbito palestino. Su redescubrimiento en el siglo XIX, impulsado por eruditos católicos, ha permitido reconstruir aspectos de la liturgia y la doctrina en los primeros siglos del cristianismo.
