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Codex Macedoniensis

El Codex Macedoniensis es un manuscrito uncial griego de los cuatro Evangelios, copiado sobre pergamino hacia el siglo IX y conservado actualmente en la Universidad de Cambridge. Recibe el número 034, o la letra Y, en la numeración de Gregory-Aland, y ε 073 en la clasificación de Hermann von Soden. Sin figurar entre los grandes unciales de la Antigüedad tardía, el códice constituye uno de los muchos testigos manuscritos que, a lo largo de los siglos, han permitido a la Iglesia custodiar con fidelidad el texto evangélico confiado por Cristo a los apóstoles y transmitido después, generación tras generación, dentro de la comunidad creyente.

Codex Macedoniensis 034 (GA) folio 1 recto
Ver información de la imagenCodex Macedoniensis, 034 (Gregory-Aland), manuscrito del Nuevo Testamento, folio 1 recto. Codex Macedoniensis, autor desconocido, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCodex Macedoniensis
CategoríaLibro
Nombre CompletoMacedonianus
DescripciónManuscrito uncial griego de los cuatro Evangelios, copiado sobre pergamino hacia el siglo IX, conservado en la Universidad de Cambridge
Fecha de Creación1901
Lugar
  • Universidad de Cambridge
  • Universidad de Cambridge (Add. 6594)
TipoManuscrito uncial griego, Manuscrito de los cuatro Evangelios, Siglo IX

Tabla de contenido

Denominación e identificación

El nombre de Macedoniensis, o Macedonianus, no designa el lugar de origen del manuscrito, sino la región en la que fue adquirido a comienzos del siglo XX. El testimonio de un erudito griego de finales del siglo XIX sitúa su procedencia probable en el monasterio de Eikosifoinissa, en los montes Pangeo, al norte de Grecia, territorio considerado entonces parte de Macedonia.

El códice se conserva hoy en la Universidad de Cambridge, bajo la signatura Additional 6594. Junto a las siglas Y y 034, recibe también la designación ε 073 en el sistema propuesto por von Soden.

Origen y descubrimiento

La historia más antigua del manuscrito permanece desconocida. Fue adquirido en Macedonia en 1901 por el corredor de bolsa cuáquero Joseph Bevan Braithwaite, quien lo entregó a su hermano, el historiador William C. Braithwaite. Este ofreció la primera descripción del códice en la revista The Expository Times, bajo el título «A New Uncial of the Gospels», donde calificó su escritura como sumamente cuidada.1

Años más tarde estudió con mayor detenimiento el sistema de lecciones litúrgicas del manuscrito en el Journal of Theological Studies.2

Aunque permaneció casi inadvertido para la crítica textual durante décadas, Caspar René Gregory incluyó una colación del texto en su Textkritik des Neuen Testaments, y estudiosos posteriores, como Kirsopp Lake y Bruce M. Metzger, reclamaron para él una atención más detenida, señalando que su estudio completo seguía siendo, en su tiempo, una tarea pendiente.3

Descripción codicológica

El Macedoniensis conserva 309 hojas de pergamino, de 18 por 13 centímetros, escritas a una sola columna de entre dieciséis y veintiún renglones. Originalmente habría constado de 42 cuadernillos de ocho folios, es decir, 674 páginas; las seis lagunas que hoy presenta suman 66 páginas perdidas:1

  • Mateo 1,1-9,11 y 10,35-11,4.
  • Lucas 1,26-36; 15,25-16,5 y 23,22-34.
  • Juan 20,27-21,17.

Un único copista escribió el conjunto de los cuatro Evangelios, con tinta negra y parda, acentos y espíritus griegos, y los signos de puntuación propios de la época: los puntos alto, medio y bajo, junto con la coma.1 Estos detalles revelan un libro pensado para la lectura pública en la asamblea litúrgica y no solo para el estudio privado.

Aparato litúrgico y de lectura

El manuscrito conserva un rico aparato destinado a su uso en la liturgia bizantina. Los títulos de capítulo, o kephalaia, aparecen en los márgenes superior e inferior de cada página, y las tablas que los enumeran preceden a los Evangelios de Marcos, Lucas y Juan (la pérdida del comienzo de Mateo impide saber si también lo precedía una tabla propia). Al final de cada Evangelio se añaden breves hypotheses, textos que resumían el origen apostólico del relato y las circunstancias de su composición.2

En los márgenes laterales figuran, además, las secciones amonianas y los cánones eusebianos, escritos en tinta roja -salvo en Lucas 1,1-11,26, copiado enteramente en negro-, junto con notas de lección que indicaban el momento del año litúrgico en que debía proclamarse cada pasaje, señalado mediante los signos de inicio (arche) y fin (telos) de la lectura.2 Las páginas iniciales de Marcos, Lucas y Juan presentan cabeceras ornamentadas, entre ellas una pyle o «puerta» en forma de pi que enmarca el título de Marcos, con adornos que incluyen oro y sugieren un códice de cierta dignidad.2

Este cuidado por disponer el texto evangélico para su proclamación pública no es un rasgo accidental. El Concilio Vaticano II enseñó que conviene abrir con mayor amplitud el tesoro de la Sagrada Escritura al pueblo de Dios en la liturgia de la Palabra,4 y reconoció además que las tradiciones litúrgicas del Oriente cristiano, entre ellas la bizantina a la que sirvió el Macedoniensis, gozan de igual dignidad que las de Occidente dentro de la única Iglesia católica.5

Tipología textual

El texto griego del Macedoniensis pertenece al tipo textual bizantino. Kurt Aland lo situó en la Categoría V de su clasificación, la de los manuscritos de texto puramente o predominantemente bizantino.6 Von Soden lo incluyó en su agrupación Ik,7 mientras que Kirsopp Lake advirtió su parentesco con la llamada Familia Π y, en particular, con el Codex Alexandrinus.8

El tipo textual bizantino, aunque posterior en su fijación a las grandes unciales alejandrinas de los siglos IV y V, fue el texto que durante siglos alimentó la vida litúrgica pública del cristianismo oriental. La Iglesia no ha vinculado nunca la inerrancia de la Escritura a una única familia de manuscritos: la verdad sin error alcanza al texto sagrado tal como Dios quiso consignarlo para nuestra salvación, y es la Iglesia, mediante su tradición viva, quien custodia y transmite ese texto en la pluralidad providencial de sus testigos.9

Particularidades textuales y canonicidad

El Macedoniensis transmite el final largo de Marcos (16,9-20), Lucas 22,43 y Juan 5,4 sin ningún signo que indique sospecha de inautenticidad, mientras que omite el pasaje de los signos de los tiempos en Mateo 16,2b-3 y la perícopa de la mujer adúltera (Juan 7,53-8,11).10

La ausencia de un pasaje en un manuscrito determinado, por antiguo o cuidado que este sea, no decide por sí misma su canonicidad. El Concilio de Trento declaró solemnemente que la Iglesia recibe y venera con igual piedad todos los libros enteros y con todas sus partes, tal como se leen en la Iglesia católica y se contienen en la antigua Vulgata latina.11 Pasajes como el final de Marcos o la perícopa de la adúltera pertenecen, por tanto, al texto canónico recibido por la Iglesia a través de su uso litúrgico y doctrinal constante, un uso que códices como el Macedoniensis, al transmitirlos sin vacilación, reflejan fielmente.

Valor para el estudio católico de las Escrituras

La Iglesia ha alentado siempre el estudio científico y riguroso de la tradición manuscrita del Nuevo Testamento. León XIII, en Providentissimus Deus, exhortó a los exegetas a servirse con prudencia de la crítica textual,12 y Pío XII enseñó en Divino Afflante Spiritu que corresponde al intérprete explicar preferentemente el texto original, cuya autoridad supera a la de cualquier traducción por buena que esta sea, tarea que se cumple mejor cuando el conocimiento de las lenguas bíblicas se une a una verdadera pericia en la crítica del propio texto.13

Manuscritos como el Macedoniensis, sin ocupar el primer lugar entre los testigos más antiguos, forman parte de ese vasto depósito providencial de copias con el que dicha crítica trabaja, y su estudio paciente -todavía incompleto, según reconocían Lake y Metzger- presta a la Iglesia el mismo servicio que ya presuponía la solicitud tridentina por la integridad de los libros sagrados.11

Estado actual y conservación

El códice se conserva en la Universidad de Cambridge (Add. 6594) y ha sido digitalizado en su totalidad por la Cambridge Digital Library y por el Centro para el Estudio de los Manuscritos del Nuevo Testamento, lo que permite hoy su consulta a distancia por parte de investigadores de todo el mundo.

Valor espiritual del testimonio manuscrito

El Codex Macedoniensis no ocupa un lugar destacado entre los grandes unciales de la Antigüedad, pero su existencia recuerda que la transmisión del Evangelio nunca ha sido una empresa privada. Nació de manos de un copista anónimo, al servicio de una comunidad monástica bizantina, con el único fin de que la Palabra pudiera proclamarse fielmente domingo tras domingo. La Iglesia enseña que la Revelación se transmite de manera viva, bajo la asistencia del Espíritu Santo, y que esa transmisión crece en comprensión a través de la contemplación, el estudio y la vida de los creyentes.14 Cada códice, por modesto que resulte, es fruto y signo de esa custodia paciente, sostenida durante siglos por manos y comunidades que permanecen, en su mayoría, en el anonimato.

Citas y referencias

  1. Braithwaite, William C. «A New Uncial of the Gospels». The Expository Times, 13, págs. 114-117 (1901). 2 3
  2. Western Medieval Manuscripts. Cambridge Digital Library, Codex Macedoniensis. 2 3 4
  3. Metzger, Bruce M. Chapters in the History of New Testament Textual Criticism. Leiden: Brill, págs. 39-40 (1963).
  4. Santa Sede. Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium, 51 (1963).
  5. Santa Sede. Concilio Vaticano II. Decreto Orientalium Ecclesiarum, 3 (1964).
  6. Aland, Kurt; Aland, Barbara. The Text of the New Testament, pág. 118 (1995).
  7. Von Soden, Hermann. Die Schriften des Neuen Testaments, vol. 1, pág. 132 (1902).
  8. Lake, Kirsopp. Family Π and the Codex Alexandrinus: The Text According to Mark. Londres: Christophers, pág. 57 (1936).
  9. Santa Sede. Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum, 11 (1965).
  10. Hatch, William H. P. The Principal Uncial Manuscripts of the New Testament. Chicago: University of Chicago Press, lámina 49 (1939).
  11. Concilio de Trento. Sesión IV, Decreto sobre los libros sagrados y las tradiciones que deben recibirse (1546). 2
  12. León XIII. Carta encíclica Providentissimus Deus (1893).
  13. Pío XII. Carta encíclica Divino Afflante Spiritu, 16 (1943).
  14. Santa Sede. Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum, 8 (1965).
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