El manuscrito conserva un rico aparato destinado a su uso en la liturgia bizantina. Los títulos de capítulo, o kephalaia, aparecen en los márgenes superior e inferior de cada página, y las tablas que los enumeran preceden a los Evangelios de Marcos, Lucas y Juan (la pérdida del comienzo de Mateo impide saber si también lo precedía una tabla propia). Al final de cada Evangelio se añaden breves hypotheses, textos que resumían el origen apostólico del relato y las circunstancias de su composición.
En los márgenes laterales figuran, además, las secciones amonianas y los cánones eusebianos, escritos en tinta roja -salvo en Lucas 1,1-11,26, copiado enteramente en negro-, junto con notas de lección que indicaban el momento del año litúrgico en que debía proclamarse cada pasaje, señalado mediante los signos de inicio (arche) y fin (telos) de la lectura. Las páginas iniciales de Marcos, Lucas y Juan presentan cabeceras ornamentadas, entre ellas una pyle o «puerta» en forma de pi que enmarca el título de Marcos, con adornos que incluyen oro y sugieren un códice de cierta dignidad.
Este cuidado por disponer el texto evangélico para su proclamación pública no es un rasgo accidental. El Concilio Vaticano II enseñó que conviene abrir con mayor amplitud el tesoro de la Sagrada Escritura al pueblo de Dios en la liturgia de la Palabra, y reconoció además que las tradiciones litúrgicas del Oriente cristiano, entre ellas la bizantina a la que sirvió el Macedoniensis, gozan de igual dignidad que las de Occidente dentro de la única Iglesia católica.