Los escritos apostólicos en el canon
El contenido del Mosquensis I coincide con el elenco de libros que la Iglesia ha recibido como canónicos. El Concilio de Trento enumeró entre los libros del Nuevo Testamento las catorce epístolas de Pablo, entre ellas la dirigida a los Hebreos, las dos de Pedro, las tres de Juan, la de Santiago y la de Judas. El Catecismo recoge el mismo elenco. El Concilio Vaticano II recuerda que, además de los Evangelios, el canon incluye las cartas de Pablo y otros escritos apostólicos, compuestos bajo la inspiración del Espíritu Santo, en los que se confirma lo referente a Cristo, se expone su doctrina, se proclama la virtud salvadora de su obra y se narran los comienzos de la Iglesia y su admirable difusión.
La distinta posición de Hebreos en la tradición bizantina y en la latina no afecta al canon: el códice la incluye entre las cartas de Pablo, como hace el elenco tridentino.
El texto original y la crítica textual
Pío XII enseñó que el texto original, escrito por el propio autor inspirado, posee mayor autoridad y peso que cualquier traducción, por excelente que sea. Añadió que la crítica textual se emplea legítimamente con los libros sagrados, por la reverencia debida a los oráculos divinos, para restaurar el texto y purificarlo de las corrupciones debidas al descuido de los copistas. Los códices griegos como el Mosquensis I son materia prima de ese trabajo.
El Concilio Vaticano II pide que las traducciones se hagan, sobre todo, a partir de los textos originales de los libros sagrados. Pío XII precisó, además, que la autenticidad que Trento reconoció a la Vulgata es de orden jurídico y no principalmente crítico, y que no disminuye la autoridad de los textos originales. Que algunas lecturas del Mosquensis I coincidan con las de la Vulgata, como en Rm 8,1 y 1 P 4,14, ilustra que las tradiciones griega y latina se entrelazan en la transmisión de un mismo texto sagrado.
Tradición, Padres y monacato oriental
Ningún manuscrito sustituye a la autoridad viva de la Iglesia en la interpretación de la Escritura. El Concilio Vaticano II enseña que, por la Tradición, la Iglesia conoce el canon íntegro de los libros sagrados y comprende con mayor profundidad los propios escritos. Por eso el Concilio alienta también el estudio de los Santos Padres de Oriente y de Occidente y de las liturgias. Los escolios atribuidos a san Juan Crisóstomo al pie de las páginas del códice muestran cómo la lectura de las cartas apostólicas iba acompañada, en el monasterio, de la voz de los Padres.