Los escritos apostólicos en el canon
El contenido del Codex Porphyrianus coincide con los libros que la Iglesia ha recibido como canónicos. El Concilio de Trento enumeró entre los libros del Nuevo Testamento las catorce epístolas de Pablo, entre ellas la dirigida a los Hebreos, las dos de Pedro, las tres de Juan, la de Santiago, la de Judas y el Apocalipsis de Juan. El Catecismo de la Iglesia Católica recoge el mismo elenco.
El Concilio Vaticano II recuerda que el canon del Nuevo Testamento incluye, además de los Evangelios, las cartas de Pablo y otros escritos apostólicos compuestos bajo la inspiración del Espíritu Santo. En ellos se confirma lo referente a Cristo, se expone su doctrina, se proclama la virtud salvadora de su obra, se narran los comienzos de la Iglesia y su admirable difusión y se anuncia su gloria final. Esa descripción abarca los tres bloques que reúne el códice: los Hechos, las epístolas y el Apocalipsis.
El texto original y la crítica textual
Pío XII enseñó que el texto original, escrito por el propio autor inspirado, posee mayor autoridad y peso que cualquier traducción, por excelente que sea. Añadió que la crítica textual se emplea legítimamente con los libros sagrados, por la reverencia debida a los oráculos divinos, para restaurar el texto y purificarlo de las corrupciones debidas al descuido de los copistas.
La Pontificia Comisión Bíblica reconoce que el método histórico-crítico, con la crítica textual entre sus procedimientos, es indispensable para el estudio científico de los textos antiguos. Los códices griegos como el Porphyrianus son la materia prima de ese trabajo. El Concilio Vaticano II pide, además, que las traducciones se hagan, sobre todo, a partir de los textos originales de los libros sagrados.
Tradición y autoridad viva de la Iglesia
Ningún manuscrito sustituye a la autoridad viva de la Iglesia en la interpretación de la Escritura. El Concilio Vaticano II enseña que, por la Tradición, la Iglesia conoce el canon íntegro de los libros sagrados y comprende con mayor profundidad los propios escritos. El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, escrita o transmitida, se ha confiado solo al Magisterio vivo de la Iglesia.
La lectura de un códice como el Porphyrianus se desarrolla, por tanto, dentro de la fe de la Iglesia: la crítica textual establece con la mayor exactitud posible el texto que los apóstoles y los autores inspirados escribieron, y el Magisterio custodia su interpretación auténtica.