El Códice Rossanensis debe su nombre a la localidad de Rossano, en la región de Calabria, donde se custodia desde al menos la Edad Media. Aunque su origen exacto permanece envuelto en misterio, los estudios paleográficos y artísticos lo sitúan en el siglo VI, un período de transición en el Imperio Bizantino marcado por la consolidación de la fe cristiana ortodoxa. Se cree que fue producido en un scriptorium del sur de Italia o posiblemente en Oriente, influenciado por el arte helenístico-oriental que perduraba en los monasterios griegos.1
No hay registros precisos sobre su descubrimiento, pero su presencia en Rossano se documenta desde el siglo XVI, cuando fue mencionado en inventarios eclesiásticos locales. En el siglo XIX, atrajo la atención de eruditos europeos gracias a la creciente fascinación por los manuscritos antiguos. Un hito en su estudio ocurrió en 1879, cuando el filólogo italiano Giuseppe Cozza-Luzi lo describió detalladamente en publicaciones académicas, destacando su valor como testimonio de la paleocristianidad. Durante el siglo XX, el códice fue objeto de análisis por parte de la Iglesia Católica, que lo reconoció como un bien cultural de primer orden, alineado con la preservación de la herencia patrística y litúrgica.2
En el contexto católico, el manuscrito ilustra la devoción temprana a los Evangelios, esenciales para la celebración eucarística y la catequesis. Su llegada a Italia meridional podría vincularse a las migraciones de monjes y refugiados tras las invasiones bárbaras, un tema recurrente en la historia de la Iglesia en el sur de Europa.
