Valor textual
Por su fecha, el Códice Delta no figura entre los testimonios más antiguos del Nuevo Testamento. Su aportación consiste en otra cosa: documenta la pervivencia del griego bíblico en el Occidente latino durante la época carolingia y conserva, en Marcos, una forma textual de gran calidad. Para quien estudia la transmisión del texto evangélico, es un eslabón entre la Iglesia oriental, que escribía en griego, y la occidental, que leía en latín.
La Iglesia y los códices de la Escritura
La Iglesia ha cuidado desde siempre la transmisión fiel de la Palabra de Dios. El concilio Vaticano II recuerda que la Iglesia procura con solicitud que se hagan traducciones aptas y fieles en diversas lenguas, sobre todo a partir de los textos primitivos de los libros sagrados, y que conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Un manuscrito como el Códice Delta, que alinea el texto primitivo griego y la traducción latina en una misma página, encarna esa doble fidelidad.
Pío XII, en la encíclica Divino afflante Spiritu, valoró la crítica textual como un arte que restituye el texto sagrado a su pureza original, de modo que «se purifique de las depravaciones introducidas en él por la deficiencia de los amanuenses», y recordó que la autenticidad de la Vulgata declarada por el concilio de Trento no disminuye la autoridad de los textos griegos y hebreos. Los códices como el de San Galo proporcionan el material sobre el que trabaja esa disciplina.
El monacato como custodio de la Escritura
El Códice Delta recuerda también el papel de los monasterios en la historia de la Biblia. Los monjes copiaban, corregían y estudiaban los libros sagrados como parte de su vida de oración y de trabajo, bajo la guía de su abad, responsable de que la comunidad se alimentara de la Palabra de Dios. Gracias a esa labor paciente llegaron hasta nosotros no solo los textos bíblicos, sino también los instrumentos para leerlos: tablas, prólogos, glosas y traducciones.