El Códice Sinopense debe su nombre a la localidad de Sinope, una antigua colonia griega en el mar Negro, donde fue hallado a finales del siglo XIX. Este manuscrito, datado en el siglo VI, formaba parte de una tradición de códices ilustrados producidos en el Imperio Bizantino, posiblemente en Constantinopla, que reflejaban el alto nivel artístico y devocional de la época. Su descubrimiento ocurrió en 1899, cuando un oficial de la marina francesa lo adquirió por una suma modesta, apenas unos francos, en un contexto que sugiere que el códice había sido olvidado o mal valorado en la región.1
La adquisición por parte del oficial francés marcó el inicio de su trayectoria hacia Europa occidental. Tras su llegada a Francia, el manuscrito fue estudiado y reconocido por su antigüedad y calidad, lo que llevó a su integración en las colecciones de la Biblioteca Nacional de París. Este hallazgo no fue aislado; se relaciona con una serie de descubrimientos de manuscritos bíblicos en Oriente Próximo durante el siglo XIX, impulsados por exploradores y eruditos europeos interesados en las raíces del cristianismo. En el ámbito católico, tales descubrimientos subrayan la providencia divina en la preservación de las Escrituras, tal como enseña la Iglesia en su doctrina sobre la inspiración y la inerrancia bíblica.
El traslado del códice a París facilitó su análisis por parte de filólogos y teólogos, quienes lo catalogaron bajo el símbolo Sigma-b en la nomenclatura de manuscritos neotestamentarios. Su estudio ha contribuido a debates sobre la paleografía y la iconografía cristiana primitiva, destacando cómo los monjes y escribas bizantinos utilizaban materiales lujosos para honrar la Palabra de Dios.

