La escritura uncial, también conocida como scriptura uncialis, es un tipo de caligrafía mayúscula que se desarrolló principalmente en el mundo grecorromano y se utilizó en la producción de manuscritos durante la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media. A diferencia de las inscripciones lapidarias, que empleaban letras angulosas y rígidas, los unciales presentan formas redondeadas y fluidas, derivadas de las mayúsculas capitales pero adaptadas para la escritura sobre pergamino o papiro. El término «uncial» proviene del latín uncia, que significa «duodécima parte», aunque su origen etimológico es debatido; posiblemente aludía al tamaño de las letras, equivalentes a la anchura de una pulgada romana.
Los códices unciales se distinguen por varias rasgos distintivos que los hacen ideales para textos litúrgicos y sagrados. En primer lugar, las letras son grandes, uniformes en altura y separadas entre sí, sin ligaduras ni uniones, lo que confiere un aspecto armónico y legible. No se emplean espacios entre palabras ni signos de puntuación en sus formas más antiguas, y las abreviaturas son escasas, reservadas para palabras comunes como Dominus (Señor) o Iesus Christus. Las iniciales, inicialmente simples y del mismo tamaño que el resto del texto, evolucionaron para sobresalir en los márgenes y adquirir ornamentación en colores, marcando así el inicio de párrafos o secciones importantes.1
En el contexto católico, estos códices fueron fundamentales para la copia de la Biblia en griego y latín, preservando la integridad doctrinal de las Escrituras. Su diseño permitía una lectura pausada y meditativa, acorde con la tradición de la lectio divina practicada en los monasterios. La ausencia de divisiones modernas como acentos o espíritus (en el griego) reflejaba la evolución gradual de la filología eclesiástica, donde la pronunciación se transmitía oralmente en las comunidades cristianas.

