Las asociaciones piadosas de laicos tienen una tradición muy antigua en la Iglesia, con indicios de su existencia en lugares como Constantinopla y Alejandría desde tiempos remotos1. En los siglos VIII y IX, las leyes carolingias en Francia ya mencionaban cofradías y gremios1. Sin embargo, la primera cofradía en el sentido moderno y propio de la palabra se atribuye a París, fundada por el Obispo Otón, quien falleció en 1208, y estaba dedicada a la Santísima Virgen María1.
El surgimiento y la expansión de las cofradías se aceleraron notablemente a partir de finales del siglo XII, coincidiendo con el florecimiento de las grandes órdenes eclesiásticas2. Durante los siglos XIII y XIV, estas asociaciones experimentaron una máxima expansión, particularmente con los «hermanos y hermanas de la Penitencia» que se formaron en el seno de las nuevas órdenes de San Francisco y Santo Domingo, así como de otras instituciones religiosas3. En el siglo XVI, surgieron los Oratorios, vinculados a las cofradías o compañías, como el Oratorio del Divino Amor en Roma (1517) y los Oratorios de San Felipe Neri, que fueron de gran importancia para la vida espiritual y la asistencia a pobres y peregrinos3. De hecho, hasta el siglo XVII, gran parte de la caridad de la Iglesia se ejercía a través de estos Oratorios y Cofradías3. Las «Misericordias» toscanas son un ejemplo notable de estas asociaciones que aún perduran y son activas3.
El Papa León XIII señaló que, aunque muchas asociaciones católicas de su tiempo pudieran parecer invenciones modernas, en realidad eran de gran antigüedad. Menciona clubes, cajas de ahorro populares, clases recreativas y asociaciones para el cuidado de la juventud como ejemplos de organizaciones con propósitos excelentes que existían desde los primeros tiempos del cristianismo4. Estas sociedades fueron aprobadas legalmente, se les concedieron emblemas especiales y privilegios, se asociaron con el culto divino en las iglesias y se dedicaron a obras de misericordia espiritual y corporal4. Su número creció considerablemente, especialmente en Italia, donde pocas ciudades, pueblos o incluso parroquias carecían de una o más de ellas4.

