La palabra apóstol procede del griego y significa «enviado». En el Nuevo Testamento, el término adquiere un sentido específico: designa a quienes Cristo eligió y envió con autoridad propia para dar testimonio de Él y anunciar el Evangelio. El apostolado no consistía únicamente en transmitir una enseñanza religiosa, sino en representar a Jesucristo ante el mundo y ejercer una misión recibida directamente de Él.1
El Colegio Apostólico no fue una asociación voluntaria ni una institución académica. Tampoco constituyó una simple agrupación de predicadores independientes. Cristo reunió a los Doce en una unidad orgánica y les confió conjuntamente la misión de edificar y conducir la Iglesia. Los Evangelios emplean repetidamente la expresión «uno de los Doce», que manifiesta la identidad colectiva del grupo y la vinculación de cada apóstol con el conjunto.2
La expresión colegio indica precisamente una misión ejercida por varias personas unidas entre sí y ordenadas bajo una cabeza. En el caso de los Apóstoles, la cabeza visible del colegio era san Pedro, elegido por Cristo de entre los Doce. La autoridad de Pedro no eliminaba la responsabilidad común de los demás Apóstoles, del mismo modo que la misión colectiva no anulaba la responsabilidad personal de cada uno.2
