El Colegio Apostólico tiene sus raíces en los relatos evangélicos, donde Jesús selecciona a doce hombres para formar un núcleo cercano que le acompañe en su ministerio público y reciba su enseñanza directa. Según los Sinópticos, este llamado se produce en las primeras etapas de la predicación de Cristo: «Y subiendo al monte, llamó a los que él quiso; y vinieron a él. E hizo que permaneciesen con él, y les envió a predicar, con potestad de sanar enfermedades y de echar fuera demonios» (Mc 3,13-15). Este pasaje resalta la doble dimensión del apostolado: la convivencia íntima con el Maestro y la misión evangelizadora con autoridad divina.
Los Doce representan simbólicamente las doce tribus de Israel, restaurando así la alianza de Dios con su pueblo y extendiéndola a la humanidad entera. Simón Pedro es designado como cabeza visible del grupo, recibiendo las llaves del Reino (Mt 16,18-19), lo que prefigura la primacía petrina. Tras la traición de Judas Iscariote, los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo en el Cenáculo, eligen a Matías para completar el número (Hch 1,15-26), subrayando la importancia de la plenitud colegial para la continuidad de la misión.
En el contexto del Nuevo Testamento, el Colegio Apostólico no es un mero grupo de discípulos, sino un organismo eclesial con funciones específicas: enseñar la doctrina de Cristo, santificar mediante los sacramentos y gobernar la naciente comunidad cristiana. Esta tríada —munus docendi, sanctificandi et regendi— se perpetúa en la Iglesia como herencia apostólica.
