El fundamento de la participación laical en la Iglesia se encuentra en los documentos del Concilio Vaticano II, especialmente en la Constitución Dogmática Lumen Gentium y el Decreto Apostolicam Actuositatem sobre el apostolado de los laicos1. Estos documentos reconocieron plenamente la dignidad y responsabilidad de los laicos como «cristifieles», quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, participan del sacerdocio común de todos los cristianos2. Se les llama a la santidad de vida y al apostolado en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con el fin de «animar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico»2.
El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión decisivo, donde la vocación cristiana, por su propia naturaleza, es también una vocación al apostolado3,4. Los laicos, al igual que el clero y los consagrados, comparten una dignidad común y una misma vocación a la perfección, poseyendo en común una salvación, una esperanza y una caridad indivisa4. Los Padres Conciliares encomendaron a los laicos la misión de «buscar el reino de Dios dedicándose a los asuntos temporales y ordenándolos según la voluntad de Dios»3.
