El compromiso de la Iglesia Católica con el ecumenismo tiene sus raíces en el Concilio Vaticano II, que delineó la base de este esfuerzo y afirmó la responsabilidad ecuménica de la Iglesia5. El Decreto Unitatis Redintegratio, del 21 de noviembre de 1964, es la carta fundacional del ecumenismo católico6. Este documento conciliar subraya que la división entre cristianos contradice abiertamente la voluntad de Cristo, escandaliza al mundo y perjudica la predicación del Evangelio7. La oración de Jesús en la Última Cena, «que todos sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17,21), resalta el vínculo intrínseco entre la unidad de los discípulos y la credibilidad de la evangelización1,7.
Para llevar a cabo este mandato, el Papa Juan XXIII creó el Secretariado para la Promoción de la Unidad de los Cristianos el 5 de junio de 1960, que luego fue confirmado como un dicasterio permanente de la Santa Sede por el Papa Pablo VI en 1966 y renombrado por el Papa Juan Pablo II como Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (PCPUC) en 19886. Este organismo es el principal encargado de las iniciativas ecuménicas a nivel universal8,9.

