La caridad pertenece a la misión propia de la Iglesia. No constituye una actividad meramente asistencial ni una tarea secundaria junto a la evangelización, sino una expresión concreta del amor de Dios manifestado en Cristo. La Iglesia atiende tanto las necesidades materiales como la dignidad integral de cada persona.1,2
Un comité para la caridad organiza esta misión mediante una estructura estable. Su finalidad habitual comprende:
- Detectar situaciones de pobreza y vulnerabilidad.
- Coordinar ayudas económicas, alimentarias, sanitarias y habitacionales.
- Acompañar a personas solas, migrantes, desempleadas, enfermas o excluidas.
- Formar voluntarios y agentes de pastoral.
- Colaborar con parroquias, instituciones religiosas y organismos civiles.
- Administrar donativos con responsabilidad y transparencia.
- Promover la justicia y la transformación de las causas de la pobreza.
La ayuda cristiana no debe reducirse a una prestación técnica. La acción caritativa nace de la fe y expresa un amor gratuito, desinteresado y respetuoso de la libertad de cada persona.3,1

