La Iglesia Católica considera el servicio de la caridad (diakonia) como un elemento constitutivo de su misión y una expresión indispensable de su propio ser1. Desde sus inicios, la Iglesia, como familia de Dios, ha sido un lugar donde se da y se recibe ayuda, y donde las personas están preparadas para servir a los necesitados, tanto dentro como fuera de sus confines2. Los deberes de proclamar la palabra de Dios (kerygma-martyria), celebrar los sacramentos (leitourgia) y ejercer el ministerio de la caridad (diakonia) son interdependientes e inseparables1.
Responsabilidad de los Obispos y la Jerarquía
En la estructura episcopal de la Iglesia, los obispos, como sucesores de los Apóstoles, tienen la responsabilidad principal de llevar a cabo el servicio de la caridad en sus Iglesias particulares2,1. Aunque el Código de Derecho Canónico no mencionaba explícitamente la caridad como un sector específico de la actividad episcopal, directrices más recientes han enfatizado este deber como una responsabilidad de toda la Iglesia y de cada obispo en su diócesis2,1. El ejercicio de la caridad es una acción de la Iglesia como tal y ha sido una parte esencial de su misión desde el principio2.
El Concilio Vaticano II y la Caridad Organizada
El Concilio Vaticano II subrayó la importancia de la caridad en la vida de la Iglesia. Para asegurar que este servicio sea ordenado y eficaz, se requiere una organización1. En este espíritu, el Papa Pablo VI estableció el Pontificio Consejo Cor Unum como el organismo de la Santa Sede responsable de orientar y coordinar las organizaciones y actividades caritativas promovidas por la Iglesia Católica2,3. Este comité fue concebido como un símbolo de la vigilancia de la Iglesia, de su corazón sensible y de su mano pronta para la obra de caridad, especialmente para promover el progreso de los pueblos más pobres y la justicia social entre las naciones4.
