El Sínodo de los Obispos fue instituido por el Papa Pablo VI y constituye una experiencia particular de comunión episcopal en la universalidad de la Iglesia, fortaleciendo el sentido de la Iglesia universal y la responsabilidad de los obispos hacia ella1. Permite que las voces de las diversas Iglesias particulares sean escuchadas periódicamente, y que los obispos compartan sus experiencias1. Aunque el Sínodo ejerce inherentemente una función consultiva, en casos específicos, el Soberano Pontífice puede conferirle poder deliberativo, con la condición de que él mismo ratifique las decisiones1.
Los Papas han enfatizado que el Sínodo es un instrumento valioso para la colegialidad episcopal, encargado de evaluar los resultados alcanzados y de formular las indicaciones oportunas2.
