La adicción consiste en una dependencia que limita gravemente la libertad y ordena la vida alrededor de una sustancia, una conducta o una gratificación inmediata. Puede afectar al alcohol, las drogas, el juego, la pornografía, las apuestas, determinadas prácticas digitales u otras conductas compulsivas.
La dependencia no elimina la dignidad de la persona. Aunque la adicción pueda deteriorar la salud, las relaciones, el trabajo, la responsabilidad y la capacidad de decidir, la persona conserva un valor que no depende de su rendimiento ni de su conducta. Juan Pablo II recordó que la dignidad humana permanece incluso cuando el sufrimiento y el mal han oscurecido la belleza de una vida.1
La Iglesia contempla la adicción desde varias dimensiones:
- Personal, porque afecta a la libertad, la conciencia, los afectos y el cuerpo.
- Familiar, porque altera la confianza, la economía, la convivencia y la educación de los hijos.
- Social, porque puede relacionarse con la marginación, la explotación, el delito y la pobreza.
- Espiritual, porque puede alimentar la desesperanza, la culpa, el aislamiento y la pérdida del sentido.
- Sanitaria, porque requiere atención médica, psicológica y terapéutica adecuada.
La dependencia de drogas, en particular, puede convertir la libertad en una forma de esclavitud química y causar daños graves a la salud, a la vida y a la sociedad.2


