La Cuaresma prepara la celebración de la muerte y resurrección de Jesucristo. Constituye un tiempo litúrgico de escucha de la Palabra de Dios, conversión, reconciliación, renovación de la gracia bautismal y práctica más intensa de la oración, el ayuno y las buenas obras.1
El ayuno no consiste simplemente en comer menos. Su finalidad consiste en ordenar los deseos, reconocer la dependencia de Dios y abrir el corazón a la conversión. La privación voluntaria de alimentos puede ayudar al cristiano a dominar el egoísmo, pero pierde su sentido cuando queda separada de la oración, la caridad y el rechazo del pecado. Benedicto XVI explicó que el ayuno incluye también otras formas de privación orientadas a una vida más sobria y que, en último término, exige apartarse del mal y vivir conforme al Evangelio.2
El ayuno cristiano posee, por tanto, tres dimensiones inseparables:
- Dimensión corporal: moderar o limitar la comida.
- Dimensión espiritual: combatir el pecado, la dispersión y el apego desordenado.
- Dimensión caritativa: compartir con los pobres aquello que la persona deja de consumir o gastar.
Juan Pablo II relacionó el ayuno con la purificación interior, la obediencia a la voluntad de Dios, la solidaridad con los pobres y una mayor apertura del corazón a la oración.3



