El ayuno no constituye una dieta religiosa ni una mera privación alimentaria. Forma parte de la conversión cuaresmal, junto con la oración, la penitencia, la escucha de la Palabra de Dios y las obras de misericordia. La Iglesia pide que los fieles renuncien a ciertos bienes legítimos para reconocer que Dios ocupa el primer lugar y para adquirir dominio sobre los propios apetitos.
El Código de Derecho Canónico presenta la penitencia cristiana como una obligación que cada fiel cumple de modo propio. Para unir a todos los cristianos mediante una práctica común, la Iglesia establece determinados días penitenciales dedicados especialmente a la oración, las obras de piedad y caridad, el cumplimiento más fiel de los deberes y la observancia del ayuno y la abstinencia.1
El ayuno auténticamente cristiano debe conducir a una vida más sobria y caritativa. Una privación que alimentara la vanidad, el desprecio hacia los demás o la obsesión con la comida perdería su finalidad penitencial. El papa León XIV relaciona el ayuno con la escucha de la Palabra de Dios, la liberación de la complacencia y el hambre de justicia.2

