La acedia como falta de interés por Dios
La palabra acedia procede del griego y significa literalmente falta de cuidado o despreocupación. La tradición cristiana la describe como una especie de cansancio del alma que debilita el deseo de avanzar hacia Dios. El papa Francisco explica que la pereza visible suele constituir un efecto, mientras que la raíz puede encontrarse en una pérdida interior de interés por la vida espiritual.1
La pereza espiritual aparece cuando la persona percibe la oración, la liturgia, la lectura espiritual, la conversión o el servicio cristiano como cargas inútiles. El corazón deja de considerar a Dios como el bien supremo y empieza a buscar únicamente distracciones, comodidad o gratificaciones inmediatas. Santo Tomás de Aquino la entiende como una tristeza o repugnancia ante el bien divino, actitud contraria a la caridad, porque la caridad ama a Dios y se alegra de Él.2
La acedia no siempre adopta la forma de una inactividad completa. También puede manifestarse mediante una actividad desordenada: la persona evita la oración y, al mismo tiempo, llena su jornada de ocupaciones, conversaciones, entretenimiento o proyectos que le permiten no enfrentarse a su relación con Dios.
La tradición del «demonio del mediodía»
Los Padres del desierto llamaron a la acedia el demonio del mediodía, porque suele intensificarse durante el momento más monótono y fatigoso de la jornada. La persona siente que el tiempo transcurre con lentitud, que nada tiene sentido y que las obligaciones espirituales resultan insoportables.3
Juan Casiano ofrece una descripción concreta de esta experiencia. El monje afectado siente disgusto por su lugar, desprecio hacia sus hermanos, incapacidad para permanecer en su celda y rechazo de la lectura. Fantasea con otros monasterios o comunidades, imaginándolos más fervorosos, más agradables y más adecuados para su salvación. También busca excusas piadosas para abandonar sus deberes, visitar a otras personas o dedicarse a ocupaciones aparentemente buenas.4
Esta descripción conserva actualidad. Una persona puede cambiar continuamente de parroquia, grupo, método de oración, director espiritual o devoción, sin afrontar la raíz de su problema. La novedad parece prometer una vida cristiana más intensa, pero muchas veces sólo ofrece una fuga de la perseverancia cotidiana.
