El Inmaculado Corazón de María
El Inmaculado Corazón representa la vida interior de la Virgen: su amor a Dios, su obediencia de fe, su pureza, su compasión y su unión con la misión salvadora de Cristo. La Iglesia celebra esta memoria litúrgica el día siguiente a la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una proximidad que expresa la estrecha unión entre el corazón del Hijo y el corazón de su Madre.1
La devoción al Corazón de María no presenta a la Virgen como una divinidad ni la coloca al mismo nivel que Jesucristo. María es una criatura redimida por Cristo y su misión consiste en conducir a los fieles hacia Él. La consagración mariana, por tanto, termina orientándose hacia el Corazón de Jesús, al que María permanece totalmente unida.2
Una entrega confiada a Dios por medio de María
En el lenguaje de la piedad popular, la palabra consagración suele designar un acto de entrega, encomienda o dedicación. La teología litúrgica reserva el sentido más estricto de la consagración para las acciones que tienen a Dios como objeto y que poseen un carácter total y permanente, fundado en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación. Por esta razón, la consagración del hogar a María puede entenderse también como encomienda de la familia al cuidado maternal de la Virgen.3
Este acto no sustituye al Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Penitencia ni ningún otro sacramento. Tampoco produce automáticamente una protección contra las dificultades, las enfermedades o los conflictos. Su fruto depende de una vida cristiana concreta: oración, conversión, pureza de vida, cumplimiento de los deberes familiares, penitencia, caridad y reparación por el pecado.2
