El Sagrado Corazón, signo del amor de Cristo
La expresión Sagrado Corazón de Jesús designa el corazón humano y divino del Verbo encarnado. En la tradición católica, el corazón representa el centro de la persona: su amor, voluntad, inteligencia, libertad y capacidad de entregarse. Por eso, la veneración del Corazón de Jesús no constituye una devoción aislada a una parte separada del Salvador, sino un culto dirigido al mismo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
El papa León XIII explicó que el Corazón de Cristo es «símbolo e imagen sensible del amor infinito de Jesucristo». Por esta razón, el honor, la veneración y el amor ofrecidos a su Corazón se dirigen verdadera y realmente a Cristo mismo.1
La devoción contempla de manera particular el amor con el que Jesucristo ha amado al Padre y a toda la humanidad. Ese amor alcanza su máxima manifestación en la Encarnación, en la Pasión, en la muerte redentora y en la Resurrección. El Corazón traspasado de Cristo recuerda que el Señor entrega toda su vida por la salvación del mundo y abre a los creyentes el camino hacia la misericordia divina.
Qué significa consagrarse
La consagración no consiste en convertir un objeto, una casa o una persona en algo sagrado mediante un rito sacramental. Tampoco equivale a recibir un nuevo sacramento ni produce automáticamente la perseverancia cristiana. Consiste en una ofrenda consciente y libre de uno mismo a Jesucristo.
León XIII describió la consagración como «ofrecerse y obligarse a sí mismo a Jesucristo».1 Pío XI añadió que la persona consagra también «todo lo que le pertenece» al Corazón divino, reconociendo que todo lo ha recibido del amor eterno de Dios.2
La consagración, por tanto, incluye:
- Reconocer a Cristo como Señor y Salvador.
- Agradecer su amor y sus dones.
- Entregarse personalmente a Él.
- Renunciar al pecado y a cuanto contradice el Evangelio.
- Reparar, con la gracia de Dios, las ofensas cometidas contra el amor de Cristo.
- Vivir la caridad hacia Dios y hacia el prójimo.
- Participar en la misión de la Iglesia.
Juan Pablo II definió la consagración como un acto por el que cada miembro de la Iglesia se entrega y se vincula a Jesucristo, Rey que llama a los pecadores a regresar a la casa del Padre y a entrar en la luz de Dios.3


