La vida consagrada constituye un estado de vida reconocido por la Iglesia. Nace de una llamada particular de Cristo, a la que la persona responde libremente entregándose enteramente a Dios y buscando la perfección de la caridad bajo la acción del Espíritu Santo. Su forma característica consiste en la práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, vividos conforme al carisma propio de cada instituto o forma de consagración.1
La consagración religiosa no representa una simple profesión, una ocupación apostólica o una manera de escapar de las dificultades de la vida ordinaria. Implica una orientación total de la existencia hacia Dios, la comunión eclesial y el servicio del prójimo. La persona consagrada busca amar a Cristo con un corazón indiviso y participar en la misión de la Iglesia mediante la oración, la vida fraterna, la evangelización, la educación, la atención a los pobres, la contemplación u otras obras apostólicas, según el carisma recibido.2
Toda vocación cristiana nace del Bautismo. La consagración especial no sustituye la vocación bautismal, sino que la expresa de una forma más íntima y radical. La persona bautizada que se entrega a Dios por amor consagra más profundamente su vida al servicio divino y al bien de toda la Iglesia.3



