Una llamada de Dios
Toda vocación cristiana nace de la iniciativa gratuita de Dios. La vocación sacerdotal no constituye una simple elección profesional, un proyecto de autorrealización ni una preferencia personal por determinadas actividades religiosas. Dios llama a participar de manera particular en la misión de Jesucristo, especialmente en el anuncio del Evangelio, la celebración de los sacramentos y el cuidado pastoral de la comunidad cristiana.
La llamada divina no suele llegar mediante una voz extraordinaria o una experiencia milagrosa. El Concilio Vaticano II enseña que la voluntad de Dios se reconoce ordinariamente mediante los signos que aparecen en la vida cotidiana y que requieren un discernimiento prudente.1
La vocación puede manifestarse como un deseo persistente de entregar la vida a Cristo, como una preocupación profunda por la salvación de las personas, como una inclinación hacia el ministerio pastoral o como una atracción creciente hacia la Eucaristía, la predicación y la vida de oración. Ninguno de estos elementos, tomado aisladamente, demuestra una vocación. Todos necesitan purificación, contraste y acompañamiento.
Una llamada recibida en la Iglesia
La vocación sacerdotal posee una dimensión inseparablemente eclesial. Dios llama a través de la Iglesia, en la Iglesia y para el servicio de la Iglesia. La comunidad cristiana ayuda a reconocer la llamada, acompaña al candidato durante la formación y, mediante el obispo, determina finalmente si existen las condiciones necesarias para la ordenación.2
La Iglesia no actúa como una autoridad externa que sustituye la conciencia del candidato. Su misión consiste en ayudarle a conocer la verdad de su llamada y en proteger tanto el bien del futuro sacerdote como el bien del pueblo de Dios. La autoridad eclesial debe considerar ambos bienes conjuntamente, porque la verdadera vocación nunca perjudica al candidato ni a la misión de la Iglesia.2
Don de Dios y libertad humana
Toda vocación sacerdotal reúne dos elementos inseparables: la gracia gratuita de Dios y la libertad responsable de la persona. La persona llamada responde mediante una decisión libre, consciente y amorosa; nadie puede recibir el sacerdocio por coacción, manipulación familiar, presión social o ambición personal.3
El candidato tampoco posee un derecho a recibir la ordenación por el mero hecho de desearla. Corresponde a la Iglesia discernir su idoneidad, acompañar su formación y admitirlo a las órdenes únicamente cuando juzga que reúne las cualidades requeridas.4



