Ningún criterio aislado demuestra por sí solo el origen sobrenatural de una aparición. La Iglesia valora la convergencia de varios indicios positivos y negativos. Las normas de discernimiento de 1978 ya advertían que estos elementos tienen carácter indicativo y deben aplicarse conjuntamente; las normas actuales conservan esta lógica prudencial.,
Credibilidad de los testigos
La investigación considera la reputación y credibilidad de quienes afirman haber presenciado el fenómeno. También examina la coherencia de sus declaraciones, la estabilidad de sus relatos y su disposición a responder honestamente a las preguntas.
La persona que afirma recibir una aparición debería mostrar:
- Equilibrio psicológico.
- Honestidad.
- Rectitud moral.
- Humildad.
- Sinceridad.
- Capacidad para aceptar correcciones.
- Docilidad habitual hacia la autoridad eclesiástica.
- Disposición a colaborar con la investigación.
- Voluntad de vivir una vida cristiana normal.
La búsqueda deliberada de protagonismo, el deseo de controlar a los demás o la incapacidad para aceptar cualquier examen suscitan una fundada cautela. La humildad no constituye una prueba matemática, pero armoniza con la actitud propia de quien no pretende situarse por encima de la Iglesia.
Concordancia con la doctrina católica
El contenido de una aparición auténtica no puede contradecir la Sagrada Escritura, la Tradición, el dogma, la moral cristiana ni la enseñanza constante de la Iglesia. Un mensaje que atribuya a Dios, a la Virgen o a un santo una doctrina errónea ofrece un indicio negativo grave.
La Iglesia también considera la posibilidad de que una experiencia auténtica haya recibido una interpretación humana imperfecta. El vidente puede añadir, incluso sin mala intención, recuerdos, expresiones, imágenes o conclusiones personales. Por este motivo, la autoridad analiza cuidadosamente la diferencia entre el acontecimiento, la percepción subjetiva y la redacción posterior del mensaje.,
La aparición tampoco puede convertir una opinión discutible en un dogma. Resultan especialmente sospechosos los mensajes que pretenden resolver, mediante revelaciones privadas, controversias históricas, científicas o teológicas que requieren investigación racional. La finalidad principal de una revelación privada no consiste en satisfacer la curiosidad, sino en llamar a la conversión y orientar la vida cristiana.
Orientación hacia Jesucristo
Cristo constituye el centro de toda auténtica manifestación cristiana. Una aparición mariana, por ejemplo, no puede sustituir a Cristo ni presentarse como un camino de salvación autónomo. La devoción auténtica conduce a la oración, a los sacramentos, a la caridad, a la conversión y a una comprensión más profunda del Evangelio.
La revelación privada pierde credibilidad cuando desplaza a Jesucristo, minimiza la importancia de la Iglesia o presenta su mensaje como una alternativa superior al Evangelio. El Espíritu Santo conduce a una comprensión más profunda de la revelación definitiva, no a una separación respecto de ella.,
Frutos espirituales
La Iglesia observa los efectos duraderos del fenómeno. Entre los frutos positivos figuran:
- Crecimiento de la oración.
- Conversión de la vida.
- Retorno a la celebración de los sacramentos.
- Aumento de la caridad.
- Reconciliación.
- Vocaciones sacerdotales y religiosas.
- Devoción sana.
- Servicio a los pobres y necesitados.
- Crecimiento de la comunión eclesial.
- Mayor fidelidad al Evangelio.
La abundancia de visitantes o la difusión en medios de comunicación no bastan para demostrar autenticidad. Una gran afluencia puede proceder de la curiosidad, del turismo religioso o de una campaña de promoción. El criterio decisivo no consiste en la popularidad, sino en la calidad y permanencia de los frutos cristianos.
Carácter no manipulable del fenómeno
Las normas actuales valoran que el acontecimiento posea un carácter imprevisible y no parezca resultado de la iniciativa, planificación o presión de las personas implicadas. Una experiencia fabricada para atraer seguidores, obtener dinero o consolidar una organización carece de este signo positivo.
La Iglesia examina también la existencia de documentos originales, la cronología de los hechos, las declaraciones iniciales y las posibles modificaciones posteriores. Una narración que cambia repetidamente para adaptarse a las expectativas del público requiere especial cautela.