Un colegio católico forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. No constituye únicamente una institución académica con actividades religiosas añadidas, sino una comunidad educativa cuya identidad nace de la integración entre la fe cristiana y la enseñanza. Su finalidad consiste en ayudar al alumno a desarrollar todas sus dimensiones: intelectual, afectiva, moral, social, corporal y espiritual.
La educación católica pretende alcanzar una síntesis entre cultura y fe. La ciencia, la literatura, la historia, el arte y las demás disciplinas conservan su rigor propio, pero reciben una comprensión más amplia cuando se contemplan desde la verdad sobre la persona humana, su dignidad y su vocación al bien. La escuela católica busca así formar personas capaces de pensar con rigor, actuar justamente y vivir responsablemente.1
La Iglesia considera a los padres los primeros y principales educadores de sus hijos. El colegio colabora con ellos, pero no sustituye su responsabilidad. Los padres tienen libertad para confiar la educación de sus hijos al centro que juzguen adecuado, y la elección debe responder a las convicciones familiares, a las necesidades del alumno y a las posibilidades reales de cada institución.2,3
