Las condiciones concretas cambian según el jubileo y aparecen en los documentos pontificios que convocan o regulan cada Año Santo. Sin embargo, la tradición jubilar reúne normalmente varios elementos esenciales.
Conversión interior
El fiel debe acercarse al jubileo con un corazón arrepentido y con el deseo sincero de cambiar de vida. La indulgencia exige una disposición espiritual auténtica, no una práctica puramente exterior.
La peregrinación, la oración y las obras jubilares expresan el deseo de abandonar el pecado y regresar a Dios. El peregrino cruza la Puerta Santa como signo de su decisión de acoger la misericordia divina y vivir con mayor fidelidad el Evangelio.
La conversión incluye también:
- Rechazar el pecado grave y deliberado.
- Evitar, en la medida posible, las ocasiones próximas de pecado.
- Reparar el daño causado.
- Perdonar las ofensas recibidas.
- Restablecer la justicia cuando exista una obligación pendiente.
- Rechazar el odio, la venganza y la difamación.
La absolución no puede separarse del arrepentimiento verdadero. La tradición penitencial de la Iglesia exige dolor por el pecado y voluntad de corregirse, especialmente cuando existen enemistades, escándalos o daños que el penitente puede reparar.
Confesión sacramental
La persona que desea ganar la indulgencia jubilar debe recibir el sacramento de la Reconciliación. La confesión reconcilia al pecador con Dios y con la Iglesia, y dispone al cristiano para recibir la gracia jubilar.
La confesión puede realizarse antes o después de la obra jubilar, dentro del periodo que permita la disciplina establecida para el Año Santo. Cuando exista alguna duda sobre el plazo o sobre una situación personal concreta, conviene consultar al sacerdote que administra el sacramento.
La confesión requiere:
- Examen de conciencia.
- Contrición por los pecados.
- Confesión íntegra de los pecados graves.
- Propósito de enmienda.
- Cumplimiento de la penitencia recibida.
La indulgencia no perdona por sí misma los pecados mortales. El sacramento de la Reconciliación resulta necesario para recuperar la gracia santificante cuando el pecado grave ha roto la comunión con Dios. La indulgencia actúa sobre las consecuencias temporales del pecado ya perdonado.
Recepción de la Eucaristía
El fiel debe participar dignamente en la santa Misa y recibir la sagrada Comunión. La Eucaristía expresa y fortalece la comunión con Cristo y con toda la Iglesia.
La Comunión debe recibirse con fe, reverencia y la debida preparación espiritual. La participación eucarística no constituye un gesto aislado: completa la peregrinación jubilar y orienta la vida cristiana hacia la unión con Cristo.
Oración por las intenciones del Papa
Otra condición habitual consiste en rezar por las intenciones del Romano Pontífice. Esta oración manifiesta la comunión con el Papa y con toda la Iglesia.
El fiel puede emplear una oración espontánea o fórmulas tradicionales, como el padrenuestro, el avemaría y el gloria. La oración debe brotar de una disposición creyente y no de una repetición mecánica.
Los documentos jubilares vinculan la indulgencia con la confesión de la fe y con la oración por el Papa y por sus intenciones para el bien de la Iglesia y del mundo.
Cumplimiento de la obra jubilar
Cada jubileo determina una obra concreta. Habitualmente incluye una peregrinación a una Puerta Santa, a una basílica, a una catedral, a un santuario o a otro templo designado por la autoridad eclesiástica.
La obra puede consistir también en:
- Participar devotamente en una celebración litúrgica.
- Adorar al Santísimo Sacramento.
- Rezar el vía crucis o el rosario.
- Meditar ante una imagen sagrada.
- Realizar una obra de misericordia.
- Visitar a una persona enferma, anciana, encarcelada o necesitada.
- Practicar una obra penitencial o caritativa establecida para ese jubileo.
Las condiciones exactas dependen del decreto correspondiente a cada Año Santo. Por ello, el peregrino debe atender a las disposiciones del Papa, de la diócesis y del templo jubilar.