Primera infancia
En los primeros años, los padres pueden enseñar que el cuerpo es bueno, que pertenece a la persona y que merece respeto. Resulta adecuado:
- Emplear los nombres correctos de las partes del cuerpo.
- Explicar que existen zonas íntimas.
- Enseñar que nadie puede tocar, fotografiar o pedir que se oculten determinadas partes del cuerpo.
- Distinguir entre secretos buenos y secretos que producen miedo o malestar.
- Animar al niño a contar siempre a un adulto de confianza aquello que le preocupa.
Estas enseñanzas deben impartirse sin crear angustia. El niño necesita saber que puede pedir ayuda y que nunca será culpable de una conducta abusiva de otra persona.
Niñez
Durante la niñez, los padres pueden explicar que la vida humana comienza mediante la unión del hombre y la mujer en el matrimonio, y que el embarazo permite el desarrollo de una nueva vida en el seno materno. La explicación debe ser verdadera, sencilla y progresiva.
También conviene hablar de la intimidad, la privacidad, el respeto y la responsabilidad. Los padres pueden enseñar que el cuerpo no es un objeto para conseguir atención, afecto o poder, y que nadie debe utilizar a otra persona para satisfacer sus deseos.
Pubertad
La pubertad exige una preparación anticipada. El hijo necesita conocer los cambios físicos antes de experimentarlos, para no vivirlos con desconcierto o vergüenza. Los padres deben explicar que el crecimiento corporal forma parte del desarrollo querido por Dios y que los cambios no disminuyen la dignidad de la persona.
La conversación puede incluir:
- La menstruación y las emisiones nocturnas.
- El crecimiento del vello y el cambio de la voz.
- La atracción hacia otras personas.
- La aparición de deseos sexuales.
- La relación entre emociones, decisiones y responsabilidad.
- El cuidado de la intimidad y de la propia imagen.
Los padres deben evitar presentar los impulsos como algo pecaminoso en sí mismo. La responsabilidad moral afecta a la manera de acogerlos y dirigirlos mediante la razón, la voluntad y la virtud.
Adolescencia
En la adolescencia adquieren especial importancia el ejemplo y el testimonio de los padres. Los jóvenes buscan modelos de conducta vividos y atractivos; por eso, la fidelidad matrimonial, el respeto mutuo y la coherencia familiar tienen una fuerza educativa decisiva.
El diálogo debe abordar el noviazgo, la amistad, la presión del grupo, la intimidad emocional, el consentimiento, la pornografía, las redes sociales y la responsabilidad ante las decisiones. La conversación católica debe mostrar que amar no significa poseer, controlar ni utilizar.
Los padres pueden ayudar al adolescente a preguntarse:
- ¿Esta relación me acerca al bien?
- ¿Respeta mi dignidad y la de la otra persona?
- ¿Puedo actuar con libertad o sufro presión?
- ¿Estoy confundiendo deseo con amor?
- ¿Mi conducta expresa respeto, fidelidad y responsabilidad?
- ¿Me ayuda esta decisión a vivir mi vocación?
La oración y los sacramentos también forman parte del acompañamiento cristiano. La orientación prudente, la oración y la confesión frecuente pueden fortalecer la vida casta del adolescente.