Cada persona puede desarrollar su propio método. Una estructura sencilla y equilibrada comprende los pasos siguientes.
Invocación
Comenzar con una oración breve:
Señor Jesús, dame luz para reconocer tu presencia, humildad para aceptar la verdad y fortaleza para responder a tu gracia.
La invocación recuerda que el diario no constituye un ejercicio de autosuficiencia psicológica, sino un acto de diálogo con Dios.
Revisión de la jornada
Anotar los principales acontecimientos del día, sin intentar describirlo todo. Conviene escoger aquellos hechos que hayan tenido una repercusión interior especial.
Pueden ayudar estas preguntas:
- ¿Qué ocurrió hoy?
- ¿Qué personas influyeron en mi estado de ánimo?
- ¿Qué conversación recuerdo con mayor intensidad?
- ¿Qué decisión tomé?
- ¿En qué momento actué con libertad?
- ¿Cuándo reaccioné de forma automática o desordenada?
La escritura debe ser concreta. «Hoy fui impaciente» aporta más que «el día fue malo». «Interrumpí a mi compañero porque quería tener razón» permite reconocer una conducta y trabajar sobre ella.
Reconocimiento de las consolaciones
En la tradición espiritual, la consolación designa un movimiento interior que orienta hacia Dios, la fe, la esperanza, la caridad, la paz, la generosidad y el deseo de servir. No siempre coincide con una emoción agradable. Una persona puede experimentar cansancio y, al mismo tiempo, una profunda paz por haber cumplido un deber con amor.
Conviene anotar:
- Qué produjo paz.
- Qué despertó gratitud.
- Qué aumentó el deseo de orar.
- Qué impulsó a servir.
- Qué fortaleció la esperanza.
- Qué lectura o conversación iluminó la vida.
El papa Francisco invita a reconocer las experiencias que transmiten paz, alegría de vivir y deseo de emprender iniciativas buenas.
Reconocimiento de las desolaciones
La desolación describe un movimiento interior que aleja de Dios y debilita la fe, la esperanza, la caridad o la capacidad de actuar rectamente. Puede manifestarse como tristeza cerrada, irritación, desesperanza, aislamiento, desconfianza, pereza espiritual o deseo de abandonar todo bien.
La anotación no debe limitarse a escribir «me sentí mal». Conviene preguntar:
- ¿Cuándo comenzó esta tristeza o irritación?
- ¿Qué pensamiento la precedió?
- ¿Me llevó a rezar o a abandonar la oración?
- ¿Me hizo más caritativo o más duro?
- ¿Qué decisión tomó mi corazón bajo esa influencia?
- ¿Qué fruto dejó?
La tradición del discernimiento aconseja observar el inicio, el desarrollo y el desenlace de un pensamiento o deseo. Una inspiración puede comenzar con apariencia buena y terminar alimentando orgullo, agresividad o autosuficiencia.
Examen de la respuesta personal
Después de reconocer los movimientos interiores, conviene valorar la propia respuesta:
- ¿Actué conforme al Evangelio?
- ¿Busqué el bien de la otra persona?
- ¿Cedí ante la pereza, la vanidad o la ira?
- ¿Pedí perdón cuando era necesario?
- ¿Agradecí una gracia concreta?
- ¿Respondí con confianza o quise controlarlo todo?
El examen no pretende emitir una sentencia definitiva sobre la persona. Examina actos, palabras, pensamientos y omisiones para abrir un camino de conversión.
Propósito concreto
El propósito debe ser pequeño, claro y realizable. «Ser mejor» resulta demasiado impreciso. En cambio, pueden formularse propósitos como:
- Escuchar sin interrumpir durante una conversación.
- Rezar cinco minutos antes de comenzar el trabajo.
- Pedir perdón antes de terminar el día.
- Evitar una crítica concreta.
- Leer lentamente el Evangelio del día.
- Apagar el teléfono durante la oración.
Un buen propósito no depende de controlar las reacciones ajenas. Debe referirse a una respuesta personal y permitir una revisión posterior.