Agradecer a Dios
El primer paso consiste en reconocer el bien recibido. La persona puede dar gracias por:
- el don de la vida;
- la fe y los sacramentos;
- la salud o la fortaleza para afrontar una enfermedad;
- las personas que le han ayudado;
- el trabajo, el estudio o las responsabilidades cumplidas;
- una conversación provechosa;
- una ocasión de servir;
- una tentación vencida;
- una alegría sencilla;
- el perdón recibido o concedido.
La acción de gracias protege el examen contra una mirada pesimista. La jornada no aparece únicamente como una sucesión de fallos, sino como un espacio donde Dios ha concedido bienes y oportunidades de santificación. La tradición espiritual recomienda terminar el día agradeciendo tanto los dones recibidos como el bien realizado.
Pedir luz y humildad
A continuación, conviene pedir al Señor una mirada limpia. La persona no siempre conoce sus verdaderas motivaciones: puede llamar prudencia al miedo, celo a la irritación, generosidad al deseo de reconocimiento o sinceridad a la falta de caridad.
Una oración breve puede expresar esta disposición:
«Señor, hazme conocer mis pecados, mis omisiones y mis resistencias a la gracia. Líbrame de la autojustificación y de la desesperanza».
La humildad no consiste en despreciarse. Consiste en aceptar la verdad sobre uno mismo ante Dios: reconocer el bien como don y el mal como responsabilidad, sin atribuirse méritos absolutos ni negar las propias faltas.
Examinar pensamientos, palabras, obras y omisiones
El tercer paso revisa la jornada desde cuatro perspectivas.
Pensamientos y deseos
Conviene preguntar:
- ¿He alimentado voluntariamente pensamientos contrarios a la caridad, la pureza, la justicia o la verdad?
- ¿He cultivado resentimiento, envidia, orgullo o desprecio?
- ¿He juzgado temerariamente a otras personas?
- ¿He consentido fantasías o deseos desordenados?
- ¿He rechazado una inspiración buena por comodidad o egoísmo?
- ¿He permitido que una preocupación ocupe el lugar de la confianza en Dios?
La mera aparición involuntaria de una tentación no constituye pecado. La responsabilidad moral depende del consentimiento deliberado y de la materia concreta. Por este motivo, el examen debe distinguir entre una tentación sufrida y una decisión interior aceptada.
Palabras
Las palabras pueden edificar o destruir. Conviene revisar:
- ¿He mentido o exagerado?
- ¿He difundido rumores?
- ¿He dañado la reputación de alguien?
- ¿He hablado con dureza innecesaria?
- ¿He utilizado la ironía para humillar?
- ¿He incumplido una promesa?
- ¿He guardado silencio ante una injusticia que podía y debía evitar?
- ¿He hablado sin necesidad, por vanidad o deseo de llamar la atención?
San Ignacio considera ociosa la palabra que no busca un beneficio legítimo para quien habla o para otra persona. También advierte contra las palabras que perjudican injustamente la fama ajena.
Obras
Las acciones concretas muestran la orientación real de la vida. Puede resultar útil preguntar:
- ¿He cumplido mis obligaciones con responsabilidad?
- ¿He tratado a cada persona con respeto?
- ¿He actuado con justicia en el trabajo, en los estudios o en los negocios?
- ¿He ayudado a quien necesitaba apoyo?
- ¿He actuado movido por el orgullo, la pereza, la avaricia, la ira o la vanidad?
- ¿He utilizado bien el tiempo?
- ¿He cuidado la salud y los bienes que Dios me ha confiado?
- ¿He buscado deliberadamente una ocasión de hacer el bien?
El examen no debe aislar los actos de sus circunstancias. La importancia moral de una acción depende de su objeto, de la intención y de las circunstancias. Cuando una situación plantea dudas graves, el discernimiento prudente requiere consejo espiritual y, cuando corresponde, orientación del confesor.
Omisiones
Una persona puede pecar no sólo por hacer el mal, sino también por dejar de realizar un bien que tenía obligación o capacidad razonable de realizar. Conviene preguntarse:
- ¿He omitido una obligación importante por pereza?
- ¿He dejado de prestar una ayuda que podía ofrecer?
- ¿He evitado una reconciliación por orgullo?
- ¿He descuidado la oración o la participación en la vida cristiana?
- ¿He ignorado a una persona vulnerable?
- ¿He dejado pasar una oportunidad clara de actuar con justicia o caridad?
La tradición ascética incluye expresamente las omisiones voluntarias o involuntarias dentro de la materia de la revisión diaria.
Pedir perdón
Después de reconocer las faltas, el cristiano pide perdón a Dios con contrición. La contrición implica pesar por el pecado y rechazo de la ofensa cometida contra Dios, junto con el deseo de no volver a pecar.
Puede ayudar una oración espontánea o una fórmula como esta:
«Padre misericordioso, reconozco el mal que he cometido y el bien que he omitido. Perdóname, sana mi corazón y ayúdame a reparar el daño causado».
El examen diario no sustituye al sacramento de la Penitencia. La confesión sacramental ofrece el perdón de los pecados mediante el ministerio de la Iglesia y proporciona una ocasión específica para recibir consejo, reparar el daño y avanzar en la conversión. El descuido habitual del examen puede favorecer también el descuido de la confesión, que la tradición cristiana presenta como ayuda para la debilidad humana.
Cuando una persona tiene conciencia de pecado mortal, necesita acudir al sacramento de la Reconciliación antes de recibir la comunión, salvo la excepción prevista por la disciplina de la Iglesia. El examen prepara la confesión, pero no la reemplaza.
Formular un propósito concreto
El último paso consiste en elegir una respuesta práctica. Un propósito eficaz debe ser:
- concreto, no una promesa vaga de «ser mejor»;
- realista, de acuerdo con las circunstancias personales;
- proporcionado, sin pretensiones imposibles;
- relacionado con el defecto descubierto;
- abierto a la gracia, porque la conversión cristiana no depende sólo del esfuerzo humano.
Ejemplos:
- «Mañana escucharé sin interrumpir durante una conversación concreta».
- «Antes de responder con irritación, guardaré unos segundos de silencio».
- «Llamaré a la persona a la que he tratado con frialdad».
- «Dedicaré diez minutos a la oración antes de comenzar el trabajo».
- «Evitaré consultar el teléfono durante el tiempo reservado para mi familia».
- «Realizaré con diligencia la tarea que hoy he aplazado por pereza».
San Ignacio resume este propósito como una decisión de enmienda tomada con la gracia de Dios.