La práctica en la Iglesia antigua
La lectura frecuente de la Escritura pertenece a la tradición cristiana desde los primeros siglos. La lectura comunitaria y la explicación continuada de textos bíblicos aparecen documentadas en el siglo III, particularmente en torno a la actividad de Orígenes, que predicaba sobre pasajes leídos a lo largo de la semana.
Los Padres del desierto no entendían la lectura bíblica como una actividad aislada, limitada a un momento concreto del día. La Palabra de Dios debía permanecer en los labios, en la inteligencia y en el corazón de los monjes. La familiaridad con la Escritura resultaba esencial porque la consideraban guía de vida y norma práctica de la existencia cristiana.
La tradición monástica desarrolló posteriormente una lectura lenta, repetida y orante de la Biblia. Los monjes y las monjas no buscaban únicamente conocer el contenido de los libros sagrados, sino dejar que la Palabra configurase sus pensamientos, sus afectos, sus decisiones y su relación con Dios.
La tradición monástica y los cuatro momentos
Durante la Edad Media, la práctica adquirió una formulación más precisa. La presentación clásica distingue cuatro momentos:
- Lectio: lectura atenta del texto.
- Meditatio: reflexión creyente sobre su significado.
- Oratio: respuesta orante a Dios.
- Contemplatio: permanencia silenciosa ante Dios y acogida de su mirada.
Estos momentos no forman compartimentos rígidos. La lectura puede despertar la oración, la oración puede conducir al silencio contemplativo y una nueva comprensión del texto puede surgir durante la meditación. Sin embargo, cada etapa conserva su función propia y evita que la Lectio divina se reduzca a impresiones subjetivas.,
La difusión entre todos los fieles
Aunque la práctica nació y maduró especialmente en ambientes monásticos, la Iglesia la propone a todos los bautizados. El Concilio Vaticano II exhortó a los fieles a acercarse con frecuencia a la Sagrada Escritura, tanto en la liturgia como mediante la lectura devota y otras formas adecuadas de oración.
La renovación bíblica posterior al Concilio favoreció la extensión de la Lectio divina en parroquias, comunidades, familias, grupos de oración, seminarios, casas religiosas y diversas realidades eclesiales. La lectura puede realizarse de manera individual o comunitaria.,