La enciclopedia católica en español

Cómo hacer una buena Lectio Divina

La Lectio divina es una forma de leer y orar con la Sagrada Escritura que conduce desde la comprensión del texto hasta el encuentro con Jesucristo, la conversión interior y la práctica de la caridad. Su método tradicional comprende cuatro momentos -lectio, meditatio, oratio y contemplatio-, aunque alcanza su plenitud cuando desemboca en la acción cristiana, es decir, en una vida entregada a Dios y al prójimo.1,2,3

Cómo hacer una buena Lectio Divina
Ver información de la imagenCómo hacer una buena Lectio Divina. Autor desconocido, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCómo hacer una buena Lectio Divina
CategoríaObra
DescripciónMétodo tradicional de cuatro momentos - lectio, meditatio, oratio y contemplatio - que culmina en una acción cristiana concreta. Forma de leer y orar con la Sagrada Escritura que lleva del entendimiento del texto al encuentro con Jesucristo, la conversión interior y la práctica de la caridad
Autoridad EclesiásticaPapa Benedicto XVI, Concilio Vaticano II, Hermana María de los Ángeles, O.P.
ContenidoEtapas: Lectio (lectura atenta), Meditatio (reflexión personal), Oratio (respuesta orante), Contemplatio (presencia silenciosa ante Dios) y Actio (aplicación concreta del mensaje).
Contexto HistóricoNacida en ambientes monásticos, adoptada por la Iglesia universal para la vida espiritual de los fieles después del Concilio Vaticano II.
HistoriaPresente desde los primeros siglos cristianos (documentada en el siglo III con Orígenes y los Padres del desierto), desarrollada en la tradición monástica, formalizada en la Edad Media y difundida a todos los bautizados tras el Concilio Vaticano II.
TipoOración
Uso LitúrgicoIntegrada en la vida litúrgica y sacramental; prepara al creyente para la Misa, el examen de conciencia y el Sacramento de la Reconciliación.

Tabla de contenido

Qué es la Lectio divina

La expresión latina Lectio divina significa literalmente «lectura divina». En la tradición cristiana designa la lectura personal o comunitaria de un pasaje de la Biblia, acogido como Palabra de Dios y realizado bajo la acción del Espíritu Santo para conducir a la meditación, la oración y la contemplación.1

La Lectio divina no equivale a una lectura rápida, a un estudio meramente académico de la Biblia ni a la búsqueda de frases que confirmen las propias opiniones. Constituye un diálogo orante con Dios: Dios habla mediante la Escritura y el creyente responde mediante la oración. La tradición recogida por Benedicto XVI expresa esta dinámica con una formulación atribuida a san Agustín: «Cuando lees la Biblia, Dios te habla; cuando oras, tú hablas con Dios».4

El objetivo principal no consiste en obtener muchas ideas espirituales ni en experimentar emociones intensas. La Lectio divina pretende formar progresivamente la mente y el corazón según el Evangelio, de modo que el cristiano pueda discernir la voluntad de Dios y vivirla en las circunstancias concretas de su existencia.2,5

Origen y desarrollo histórico

La práctica en la Iglesia antigua

La lectura frecuente de la Escritura pertenece a la tradición cristiana desde los primeros siglos. La lectura comunitaria y la explicación continuada de textos bíblicos aparecen documentadas en el siglo III, particularmente en torno a la actividad de Orígenes, que predicaba sobre pasajes leídos a lo largo de la semana.1

Los Padres del desierto no entendían la lectura bíblica como una actividad aislada, limitada a un momento concreto del día. La Palabra de Dios debía permanecer en los labios, en la inteligencia y en el corazón de los monjes. La familiaridad con la Escritura resultaba esencial porque la consideraban guía de vida y norma práctica de la existencia cristiana.6

La tradición monástica desarrolló posteriormente una lectura lenta, repetida y orante de la Biblia. Los monjes y las monjas no buscaban únicamente conocer el contenido de los libros sagrados, sino dejar que la Palabra configurase sus pensamientos, sus afectos, sus decisiones y su relación con Dios.

La tradición monástica y los cuatro momentos

Durante la Edad Media, la práctica adquirió una formulación más precisa. La presentación clásica distingue cuatro momentos:

  • Lectio: lectura atenta del texto.
  • Meditatio: reflexión creyente sobre su significado.
  • Oratio: respuesta orante a Dios.
  • Contemplatio: permanencia silenciosa ante Dios y acogida de su mirada.

Estos momentos no forman compartimentos rígidos. La lectura puede despertar la oración, la oración puede conducir al silencio contemplativo y una nueva comprensión del texto puede surgir durante la meditación. Sin embargo, cada etapa conserva su función propia y evita que la Lectio divina se reduzca a impresiones subjetivas.3,7

La difusión entre todos los fieles

Aunque la práctica nació y maduró especialmente en ambientes monásticos, la Iglesia la propone a todos los bautizados. El Concilio Vaticano II exhortó a los fieles a acercarse con frecuencia a la Sagrada Escritura, tanto en la liturgia como mediante la lectura devota y otras formas adecuadas de oración.4

La renovación bíblica posterior al Concilio favoreció la extensión de la Lectio divina en parroquias, comunidades, familias, grupos de oración, seminarios, casas religiosas y diversas realidades eclesiales. La lectura puede realizarse de manera individual o comunitaria.1,5

Preparación para la Lectio divina

Una buena Lectio divina requiere disponer tanto el lugar como la actitud interior. La preparación no pretende crear un ambiente artificial, sino ayudar a escuchar con atención y reverencia.

Elegir el pasaje bíblico

Conviene escoger un texto de extensión moderada. Para una práctica diaria, puede utilizarse:

  • el Evangelio del día;
  • una de las lecturas de la misa;
  • un salmo;
  • un pasaje continuo de un libro bíblico;
  • un texto elegido para acompañar un tiempo litúrgico concreto.

El Evangelio posee un lugar privilegiado porque conduce directamente al conocimiento de Jesucristo, pero toda la Escritura forma parte de la revelación divina y encuentra su unidad en el plan de salvación. La lectura de un pasaje aislado no debe romper su relación con el conjunto de la Biblia ni con la fe de la Iglesia.

Resulta preferible leer un fragmento breve con profundidad que recorrer muchas páginas sin atención. La Lectio divina no mide su fruto por el número de versículos leídos, sino por la capacidad de la Palabra para iluminar la vida y suscitar una respuesta de fe.

Preparar el tiempo y el lugar

Conviene reservar un momento estable, aunque sea breve. La regularidad ayuda a superar la improvisación y convierte la oración bíblica en un hábito espiritual. Un periodo de quince o veinte minutos puede bastar al principio; con el tiempo, cada persona encontrará el ritmo adecuado.

El lugar debe favorecer el silencio, la postura recogida y la ausencia de interrupciones. Ayuda colocar la Biblia abierta, apagar las notificaciones del teléfono y adoptar una actitud corporal digna y serena. También puede comenzar la oración con una señal de la cruz, una invocación al Espíritu Santo y un breve acto de fe en la presencia de Dios.

Adoptar una actitud de escucha

La Escritura no debe abordarse como un objeto que el lector domina por completo. El creyente acude a ella con humildad, reverencia y disponibilidad para dejarse corregir. La lectura orante exige aceptar que el texto puede cuestionar preferencias, hábitos y criterios personales.

Orígenes enseñaba que la comprensión profunda de la Escritura exige cercanía a Cristo y oración, no únicamente estudio. La inteligencia resulta necesaria, pero la interpretación cristiana alcanza su plenitud cuando nace de la fe y del amor.4

Las etapas de la Lectio divina

Lectio: leer qué dice el texto

La primera etapa consiste en leer despacio y varias veces el pasaje. Conviene prestar atención a los personajes, las acciones, las palabras repetidas, los contrastes, el lugar, el tiempo y la estructura del relato.

La pregunta principal es:

¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo?

Esta pregunta obliga a respetar el sentido del pasaje antes de aplicarlo a la propia vida. Benedicto XVI advierte del riesgo de convertir la Escritura en un pretexto para proyectar sobre ella las propias ideas. La lectura debe buscar primero el contenido verdadero del texto.2

Cómo leer con rigor

La lectura orante no prescinde de la comprensión histórica y literaria. Conviene preguntarse:

  • ¿Quién habla?
  • ¿A quién se dirige?
  • ¿Qué situación provoca este episodio?
  • ¿Qué sucede antes y después?
  • ¿Qué género literario presenta el pasaje?
  • ¿Qué relación guarda con otros textos bíblicos?
  • ¿Qué revela sobre Dios, sobre el ser humano y sobre la salvación?

Una nota bíblica, una introducción al libro o un comentario católico pueden ayudar a comprender el contexto. Este apoyo no sustituye la oración, sino que protege de interpretaciones arbitrarias y permite escuchar mejor la intención del texto.

Leer a la luz de Cristo y de la Iglesia

El cristiano lee la Biblia dentro de la unidad de toda la revelación y en comunión con la Iglesia. El centro de la Escritura es Jesucristo, el Verbo vivo de Dios. Por ello, un pasaje del Antiguo Testamento debe leerse en relación con la historia de la salvación y con su cumplimiento en Cristo, sin borrar por ello su sentido propio.

La liturgia ofrece un marco especialmente adecuado porque proclama la Palabra dentro de la celebración de los misterios de Cristo. La lectura personal se enriquece cuando mantiene relación con la misa, el año litúrgico y la enseñanza de la Iglesia.

Meditatio: acoger qué dice Dios a la propia vida

Después de comprender el texto, llega el momento de meditarlo. La pregunta cambia:

¿Qué me dice este texto a mí y a la comunidad cristiana?

La meditación no consiste en fabricar comentarios intelectuales, sino en permitir que la Palabra interpele la conciencia. El lector puede detenerse en una frase, una actitud de un personaje, una promesa divina, una llamada a la conversión o una manifestación de la misericordia de Dios.

Preguntas útiles para la meditación

Estas preguntas pueden orientar el diálogo interior:

  • ¿Qué rasgo de Dios revela el pasaje?
  • ¿Qué muestra sobre Jesucristo?
  • ¿Qué pecado, herida o resistencia pone ante mis ojos?
  • ¿Qué promesa despierta esperanza?
  • ¿Qué virtud invita a practicar?
  • ¿Qué persona o situación concreta queda iluminada por esta Palabra?
  • ¿Qué actitud debo abandonar?
  • ¿Qué paso de confianza, perdón, servicio o verdad me pide el Señor?

La meditación debe evitar dos extremos. Por un lado, no conviene convertirla en un examen ansioso de uno mismo. Por otro, tampoco debe limitarse a una reflexión general que nunca alcanza las decisiones concretas. La Palabra interpela personalmente, pero siempre dentro de la verdad del Evangelio y de la comunión eclesial.

Repetición y memoria

La repetición pausada de una palabra o frase puede ayudar a interiorizar el pasaje. El lector puede pronunciarla lentamente, guardarla en la memoria y volver a ella durante el día. Esta práctica no atribuye poderes mágicos a una fórmula; busca conservar la Palabra en el corazón y permitir que acompañe las actividades ordinarias.

María ofrece un modelo de esta acogida interior: guardaba los acontecimientos y los meditaba en su corazón. La tradición cristiana contempla en ella la respuesta dócil y perseverante a la Palabra de Dios.2

Oratio: responder a Dios

La meditación conduce naturalmente a la oración. La pregunta propia de esta etapa es:

¿Qué digo yo al Señor como respuesta a su Palabra?

La respuesta puede adoptar diversas formas:

  • Petición, para pedir la gracia necesaria.
  • Acción de gracias, por el amor y los dones recibidos.
  • Alabanza, reconociendo la grandeza de Dios.
  • Adoración, acogiendo su señorío.
  • Contrición, confesando el pecado.
  • Intercesión, presentando a Dios las necesidades de otras personas.
  • Entrega, ofreciendo la propia vida y las decisiones concretas.

La oración debe dirigirse a Dios, no únicamente a uno mismo. Un pasaje sobre el perdón puede llevar a pedir la gracia de perdonar; una escena de enfermedad puede suscitar intercesión; una promesa de salvación puede convertirse en acción de gracias.

No hace falta elaborar un discurso largo. Una frase sincera puede expresar adecuadamente la respuesta: «Señor, aumenta mi fe»; «Dame un corazón misericordioso»; «Gracias por no abandonarme»; «Enséñame a cumplir tu voluntad».

La oración constituye el momento decisivo de la transformación porque permite que la Palabra pase de la inteligencia al vínculo personal con Dios.2,3

Contemplatio: permanecer ante Dios

La contemplación no consiste necesariamente en experimentar consuelos, visiones o sentimientos extraordinarios. Consiste ante todo en permanecer ante Dios, silenciosamente, acogiendo su presencia y dejándose formar por su modo de mirar la realidad.

La pregunta característica es:

¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida me pide el Señor?

Durante este momento puede bastar con repetir con serenidad el nombre de Jesús, guardar silencio ante una frase bíblica o permanecer en acción de gracias. Las distracciones no invalidan la oración. Cuando la atención se dispersa, conviene regresar con sencillez al texto o a la presencia de Dios, sin impaciencia.

La contemplación busca formar «la mente de Cristo», es decir, una visión de la realidad conforme al Evangelio. La Palabra discierne los pensamientos, las intenciones y los criterios del corazón; por ello, la contemplación no constituye una evasión del mundo, sino una purificación de la mirada para vivir en él con sabiduría cristiana.2,3

Actio: llevar la Palabra a la vida

La tradición contemporánea ha insistido en que la Lectio divina no concluye con el silencio contemplativo. La Palabra recibida debe traducirse en una decisión concreta de amor. Benedicto XVI llama actio a este cumplimiento práctico, que mueve al creyente a convertir su vida en un don para los demás mediante la caridad.2,3

La acción puede ser sencilla y verificable:

  • pedir perdón a una persona;
  • visitar a un enfermo;
  • dedicar tiempo a un familiar;
  • renunciar a una palabra hiriente;
  • cumplir con responsabilidad un deber;
  • compartir bienes con quien lo necesita;
  • defender la verdad sin agresividad;
  • acudir al sacramento de la Reconciliación;
  • comenzar una tarea que se ha aplazado por egoísmo o negligencia;
  • rezar por una persona concreta y ayudarla de manera efectiva.

La decisión debe brotar del texto y guardar proporción con la propia situación. No conviene convertir cada oración en una lista interminable de propósitos. Una resolución concreta, humilde y perseverante suele producir más fruto que muchos compromisos vagos.

La Lectio divina ayuda a superar la separación entre espiritualidad y vida cotidiana. Su finalidad consiste en pasar del texto bíblico a la existencia, de la escucha al conocimiento, y del conocimiento al amor.5

Un método práctico para cada día

Una sesión sencilla puede seguir este esquema:

Comenzar en presencia de Dios

Adoptar una postura tranquila, hacer la señal de la cruz y pedir al Espíritu Santo luz para comprender y fortaleza para obedecer.

Leer el pasaje

Leerlo lentamente una primera vez para captar el conjunto y una segunda vez para fijarse en una palabra o frase que atraiga la atención.

Comprender el sentido

Identificar el contexto, los personajes, el conflicto, la enseñanza y la revelación de Dios. Consultar una nota bíblica si existe alguna dificultad importante.

Meditar

Preguntarse qué ilumina el texto en la propia vida, qué invita a cambiar y qué esperanza ofrece.

Orar

Responder al Señor con una petición, acción de gracias, alabanza, arrepentimiento o intercesión.

Guardar silencio

Permanecer unos minutos ante Dios sin forzar pensamientos. Acoger la Palabra y pedir la gracia de mirar la realidad con los sentimientos de Cristo.

Elegir un propósito

Concretar una acción de caridad o una conversión para ese día.

Concluir

Dar gracias, rezar el padrenuestro o una oración breve y volver a la vida ordinaria con serenidad.

La Lectio divina en grupo

La práctica comunitaria posee un valor propio. Un grupo puede reunirse en torno al Evangelio dominical o a otro pasaje, con un moderador que cuide el orden y el clima de oración.

Un esquema adecuado comprende:

  1. invocación al Espíritu Santo;
  2. proclamación lenta del texto;
  3. silencio;
  4. segunda lectura;
  5. intervención breve de cada participante;
  6. oración espontánea;
  7. silencio contemplativo;
  8. compromiso comunitario o personal.

Cada participante debe hablar desde la propia experiencia de fe sin imponer su interpretación a los demás. El grupo no debe convertirse en una tertulia, una clase improvisada ni una ocasión para juzgar la vida ajena.

La lectura comunitaria permite escuchar cómo la misma Palabra ilumina situaciones distintas. También ayuda a recibir la Escritura dentro de la fe de la Iglesia y favorece la unidad entre oración, formación y misión. La Iglesia reconoce tanto la forma individual como la comunitaria de la Lectio divina.1

Relación con el estudio bíblico

La oración y el estudio no compiten entre sí. La oración necesita respetar el sentido real de la Escritura, mientras que el estudio puede abrirse a la fe y conducir a una comprensión más profunda de la Palabra.

El análisis histórico, literario y teológico ayuda a evitar errores como:

  • sacar una frase de su contexto;
  • interpretar literalmente un género simbólico;
  • confundir una descripción con una orden moral;
  • atribuir a un personaje bíblico una conducta que el pasaje no aprueba;
  • emplear un versículo para defender una opinión ajena al conjunto de la revelación.

La seriedad del estudio bíblico garantiza riqueza a la Lectio divina, que parte de la Palabra de Dios y vuelve a ella.7

La consulta de comentarios católicos, introducciones bíblicas, concordancias y textos de la liturgia puede resultar útil, especialmente ante pasajes difíciles. Sin embargo, la información debe permanecer al servicio del encuentro con Dios. Acumular datos sin entrar en oración transforma la Lectio divina en estudio; ignorar el sentido del texto transforma la oración en imaginación subjetiva.

Errores frecuentes

Convertir la lectura en una búsqueda de frases sueltas

Abrir la Biblia al azar para obtener una respuesta inmediata puede desfigurar el sentido de la Escritura. La Palabra no funciona como un oráculo. La lectura continua de un libro bíblico o el seguimiento de las lecturas litúrgicas ofrece mayor equilibrio.

Buscar únicamente consuelo

La Escritura consuela, pero también corrige, juzga y llama a la conversión. Una Lectio divina auténtica no selecciona solamente las frases agradables. La Palabra puede revelar una herida, denunciar una injusticia o exigir una renuncia.

Confundir la emoción con el fruto espiritual

Algunos días la oración produce alegría y otros días aparece sequedad. La ausencia de sentimientos intensos no significa ausencia de gracia. La perseverancia, la fidelidad y la obediencia constituyen frutos más sólidos que la emoción pasajera.

Saltar directamente a la aplicación personal

Aplicar el texto sin comprenderlo favorece la proyección de las propias ideas. La lectura debe preceder a la meditación: primero conviene preguntar qué dice el pasaje; después, qué dice a la vida personal y comunitaria.2

Quedarse en la reflexión sin actuar

La oración bíblica pierde su orientación cuando nunca modifica las decisiones. La actio traduce el encuentro con Cristo en servicio, reconciliación, justicia y caridad.3,5

Usar la Biblia para condenar a otras personas

La Palabra comienza juzgando el propio corazón. La lectura cristiana no sirve para fabricar acusaciones ni para justificar resentimientos. La corrección fraterna exige caridad, prudencia y verdad.

Medir la calidad por la duración

Una oración prolongada puede resultar valiosa, pero la duración no determina por sí sola la calidad. Un cuarto de hora de lectura fiel y atenta puede formar más profundamente que una hora de dispersión.

La Lectio divina y la vida sacramental

La Lectio divina se integra en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia. La Biblia alcanza una presencia singular en la liturgia, donde la Palabra se proclama dentro de la celebración de la salvación realizada por Cristo. La oración personal con el Evangelio prepara para participar mejor en la misa y ayuda a prolongar sus frutos durante la semana.1,4

La lectura bíblica también puede iluminar el examen de conciencia y disponer para la Reconciliación. El sacramento no queda sustituido por una reflexión personal: la Lectio divina mueve a reconocer el pecado y a buscar sacramentalmente el perdón de Dios cuando corresponde.

La Eucaristía y la Escritura mantienen una relación inseparable. La Palabra anuncia y explica el misterio de Cristo; la celebración sacramental hace presente a Cristo para alimentar a su Iglesia. La Lectio divina ayuda a recibir ambos dones con mayor fe y atención.

La dimensión mariana

María constituye un modelo privilegiado para la Lectio divina. El Evangelio presenta su actitud de escucha, acogida y meditación interior. Ella recibe la Palabra, la conserva, la pondera y permite que transforme toda su existencia.

Su ejemplo muestra que la escucha auténtica desemboca en obediencia. María no guarda la Palabra como una idea privada, sino que consiente que la voluntad de Dios se cumpla en ella y la conduce al servicio. La contemplación cristiana posee, por tanto, una orientación misionera y caritativa.2

Frutos de una buena Lectio divina

Una práctica perseverante puede producir diversos frutos:

  • mayor conocimiento de Jesucristo;
  • amor más constante a la Sagrada Escritura;
  • crecimiento en la oración;
  • comprensión más profunda de la liturgia;
  • discernimiento de la voluntad de Dios;
  • conversión de criterios y costumbres;
  • capacidad para reconocer el pecado;
  • fortalecimiento de la esperanza;
  • sensibilidad ante las necesidades del prójimo;
  • crecimiento en la caridad y en la responsabilidad apostólica.

La finalidad no consiste en alcanzar una técnica perfecta, sino en permitir que el Evangelio configure la vida. La Lectio divina conduce a una relación más viva con Cristo, Palabra de Dios, y favorece una espiritualidad capaz de unir fe, vida cotidiana y misión.1,2,5

Ejemplo aplicado al Evangelio del buen samaritano

Un lector puede tomar el pasaje del buen samaritano (Lucas 10,25-37).

Lectura

Observa el diálogo de Jesús con el doctor de la Ley, la presencia del hombre herido, la indiferencia de quienes pasan de largo y la compasión del samaritano. Atiende especialmente a los verbos: ver, acercarse, vendar, llevar, cuidar y pagar.

Meditación

El lector pregunta quiénes son hoy las personas heridas que encuentra y descubre si mira de lejos los sufrimientos ajenos. También puede reconocer que a veces busca definir quién merece su ayuda, mientras Jesús le invita a convertirse en prójimo.

Oración

Puede decir: «Señor Jesús, dame ojos para ver al que sufre y un corazón dispuesto a acercarse. Perdona mi indiferencia y enséñame a servir sin calcular».

Contemplación

Permanece ante Cristo misericordioso y contempla su modo de acercarse a la humanidad herida. Recibe su mirada y deja que transforme el modo de juzgar a los demás.

Acción

Elige una obra concreta: visitar a una persona sola, atender a un familiar enfermo, colaborar con una iniciativa de ayuda o reconciliarse con alguien abandonado por la propia indiferencia.

El ejemplo muestra que la Lectio divina no termina en una conclusión abstracta. El texto se convierte en vida mediante una respuesta concreta de misericordia.

Conclusión

Hacer una buena Lectio divina significa leer la Sagrada Escritura con fe, comprender su sentido, meditar la llamada que dirige a la propia vida, responder a Dios en la oración, permanecer ante Él en silencio y traducir la Palabra en obras de caridad. La práctica requiere regularidad, humildad, atención y comunión con la Iglesia.

La pregunta decisiva no consiste únicamente en «¿qué he aprendido?», sino también en «¿cómo debo vivir después de haber escuchado al Señor?». La Lectio divina alcanza su plenitud cuando la Palabra forma la mente de Cristo en el creyente y convierte su vida en un don para Dios y para los demás.

Citas y referencias

  1. Prefacio, Comisión Bíblica Pontificia. La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1 (1993). 2 3 4 5 6 7
  2. Parte dos: Verbum in ecclesia - La palabra de Dios en la vida de la Iglesia - La lectura de oración de la Sagrada Escritura y «lectio divina», Papa Benedicto XVI. Verbum Domini, 87 (2010). 2 3 4 5 6 7 8 9 10
  3. Parte uno la homilía y su contexto litúrgico - III. Preparación, Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Directorio Homilético (29 de junio de 2014), 27 (2014). 2 3 4 5 6
  4. Parte dos: Verbum in ecclesia - La palabra de Dios en la vida de la Iglesia - La lectura de oración de la Sagrada Escritura y «lectio divina», Papa Benedicto XVI. Verbum Domini, 86 (2010). 2 3 4
  5. La centralidad de la palabra de Dios, Papa Francisco. Vultum Dei quaerere, 20 (2016). 2 3 4 5
  6. Hermana María de los Ángeles, O.P. Viñedos y paisajes: Lectio divina en una era secular, 4 (2013).
  7. Directrices sobre la formación en institutos religiosos - IV. Formación en institutos totalmente orientados al contemplativo, especialmente los de monjas (pc 7) - Lectio divina, Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. Directrices sobre la Formación en Institutos Religiosos, 76 (1990). 2
Modificado el 19 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.69Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/62h39h70n

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →