La comunión espiritual no consiste en recibir materialmente la hostia consagrada. Tampoco transforma el pan ordinario en la Eucaristía ni equivale a la comunión sacramental. Consiste en desear con fe y amor la unión con Cristo que la Eucaristía produce, acogiendo interiormente su presencia y disponiendo el corazón para recibirlo.
Una formulación catequética clásica define la comunión espiritual como un «deseo sincero de recibir la Comunión en realidad», acompañado por las disposiciones interiores y la acción de gracias propias de quien se prepara para recibir la Eucaristía.2
La expresión puede entenderse en dos sentidos relacionados:
- Comunión espiritual como fruto interior de la comunión sacramental: quien recibe dignamente la Eucaristía no recibe sólo el sacramento exteriormente, sino también sus frutos espirituales mediante la fe, la esperanza y la caridad.
- Comunión espiritual como comunión de deseo: quien no puede recibir sacramentalmente manifiesta su deseo de recibir a Cristo y procura unirse a Él mediante la fe y el amor. Santo Tomás de Aquino relaciona esta comunión de deseo con el anhelo sincero del sacramento.3
En el lenguaje habitual de la piedad católica, hacer una comunión espiritual suele referirse principalmente a este segundo sentido.


