La vida humana posee una dimensión de camino. El cristiano vive como homo viator, es decir, como una persona que avanza hacia la plenitud definitiva en Dios. Por eso, la peregrinación hacia un santuario representa también el camino hacia el Reino de los cielos. El cansancio, la incertidumbre, la esperanza y el descanso del peregrino recuerdan la condición temporal de la existencia y la espera de la patria definitiva.1,2
La peregrinación cristiana tiene varias dimensiones inseparables:
- Dimensión espiritual: el peregrino busca encontrarse con Dios mediante Jesucristo.
- Dimensión penitencial: el camino invita a reconocer el pecado, desprenderse de lo superfluo y orientar de nuevo la vida hacia Dios.
- Dimensión litúrgica: la oración, la reconciliación y la Eucaristía ocupan el centro del itinerario.
- Dimensión comunitaria: caminar con otros manifiesta la fraternidad de la Iglesia.
- Dimensión festiva: la alegría, el canto y la convivencia acompañan legítimamente el esfuerzo del camino.
La peregrinación no equivale a hacer turismo religioso. El turista visita un lugar; el peregrino dirige sus pasos hacia un encuentro. El santuario constituye una meta visible, pero la finalidad última consiste en acercarse a Cristo y renovar la propia vida.3


