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Cómo meditar el Evangelio del día

Meditar el Evangelio del día constituye una forma de oración cristiana centrada en Jesucristo y arraigada en la tradición de la lectio divina. Esta práctica une la lectura atenta del pasaje bíblico, la reflexión sobre su significado, el diálogo con Dios, la contemplación y una respuesta concreta de vida. Su finalidad no consiste únicamente en adquirir conocimientos religiosos, sino en encontrarse con Cristo, discernir la voluntad de Dios y traducir la Palabra en caridad y obras buenas.

Exercitia Spiritualia 1ed2
Ver información de la imagenEjercicios espirituales, c. 1548, 1a ed., San Ignacio de Loyola, Dominio público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCómo meditar el Evangelio del día
CategoríaObra
DescripciónGuía de oración cristiana basada en la lectio divina que une lectura, reflexión, oración, contemplación y acción concreta. Práctica de meditación del Evangelio que combina la lectura atenta del pasaje bíblico, la reflexión interior, el diálogo con Dios, la contemplación y una respuesta concreta de vida, orientada a encontrarse con Cristo y traducir la Palabra en caridad y buenas obras
ContextoEnraizada en la tradición de la lectio divina y en la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica (2706) y de documentos papales recientes.
Tiempo litúrgicoSe adapta a los distintos tiempos del año litúrgico (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y tiempo ordinario).
TipoOración, Lectio divina, Meditación del Evangelio
Uso LitúrgicoComplementa la liturgia de la Palabra y prepara al fiel para una participación más atenta y fructífera en la Misa.

Tabla de contenido

Naturaleza de la meditación del Evangelio

La meditación cristiana del Evangelio consiste en leer un pasaje evangélico dentro de un clima de oración, con la inteligencia, la memoria, la imaginación, los afectos y la voluntad orientados hacia Jesucristo. El creyente no busca solamente analizar un documento antiguo ni alcanzar una sensación de tranquilidad interior. Busca entrar en relación con el Señor, que continúa hablando a su Iglesia mediante la Sagrada Escritura.1

La meditación tiene una dimensión intelectual, porque procura comprender el sentido del texto; una dimensión afectiva, porque permite reconocer la admiración, la gratitud, la compunción, la confianza o el deseo que la Palabra suscita; y una dimensión práctica, porque impulsa a orientar la conducta según el Evangelio. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la meditación moviliza el pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo para profundizar en la fe, promover la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.1

La meditación cristiana tiene a Jesús como centro. Aunque distintas religiones y corrientes espirituales emplean métodos de meditación, la oración cristiana posee una identidad propia: atraviesa la puerta de Jesucristo y conduce al encuentro con Él mediante la acción del Espíritu Santo.1

El Evangelio como Palabra viva de Cristo

La Iglesia concede al Evangelio un lugar singular dentro de la Sagrada Escritura porque Jesucristo constituye el centro y la plenitud de toda la revelación bíblica. Durante la liturgia de la Palabra, la proclamación del Evangelio recibe signos particulares de honor: la asamblea permanece en pie, aclama al Señor y escucha con atención la lectura. Estos gestos expresan la fe en que Cristo habla a su pueblo.2

La meditación personal prolonga ese diálogo litúrgico. El creyente no lee el Evangelio como quien contempla una realidad ajena y acabada, sino como quien escucha hoy una palabra capaz de iluminar, interpelar y transformar. La Palabra de Jesús permanece viva y alcanza el corazón de quien la recibe con fe.2

La lectura orante no reemplaza la participación en la Santa Misa. La meditación diaria prepara el corazón para vivir la liturgia con mayor atención, mientras que la proclamación litúrgica inserta la escucha individual en la oración de toda la Iglesia. La Sagrada Escritura ocupa un lugar fundamental tanto en la liturgia como en la lectura devota y en las distintas formas de oración aprobadas por la Iglesia.3

Preparación para meditar

Elegir un momento adecuado

Conviene reservar cada día un tiempo estable para la oración. La duración puede variar según las circunstancias personales; la perseverancia importa más que la cantidad de minutos. Un periodo breve vivido con fidelidad puede alimentar la vida espiritual más que sesiones ocasionales y prolongadas.

La persona puede escoger la mañana, antes de comenzar sus obligaciones, o la tarde, cuando el ritmo cotidiano disminuye. También resulta válido meditar durante una pausa razonable del día. La elección debe favorecer el silencio, la atención y la disponibilidad interior.

La vida contemporánea suele llenar todos los espacios con actividades, preocupaciones y estímulos. María ofrece un modelo de recogimiento: vivía sus responsabilidades ordinarias y, al mismo tiempo, guardaba interiormente los acontecimientos relacionados con Jesús, ponderándolos en su corazón.4

Preparar el lugar

Un lugar sencillo, limpio y silencioso facilita la oración. No hace falta disponer de una capilla privada. Basta con una silla, una mesa, una Biblia o un evangelio impreso y, si ayuda a la devoción, una cruz o una imagen sagrada.

Conviene apartar el teléfono móvil y reducir las interrupciones. La postura debe expresar atención sin producir tensión: sentado con dignidad, de pie o arrodillado, según la costumbre y las necesidades físicas de cada persona.

Invocar al Espíritu Santo

Antes de leer, conviene pedir al Espíritu Santo luz para comprender la Palabra y docilidad para acogerla. La meditación cristiana no depende exclusivamente de la capacidad de análisis ni de la intensidad emocional. El Espíritu Santo conduce al encuentro con Jesús y ayuda a interpretar la Escritura dentro de la fe de la Iglesia.1

Una invocación breve puede ser suficiente:

Espíritu Santo, ilumina mi inteligencia, abre mi corazón y enséñame a escuchar a Jesucristo en este Evangelio. Concédeme reconocer la voluntad del Padre y vivir hoy según su Palabra. Amén.

La lectio divina aplicada al Evangelio diario

La tradición católica propone la lectio divina, es decir, la lectura orante de la Sagrada Escritura. La Pontificia Comisión Bíblica la describe como una lectura individual o comunitaria de un pasaje bíblico recibido como Palabra de Dios y encaminado, bajo la acción del Espíritu, hacia la meditación, la oración y la contemplación. La práctica de la lectura cotidiana de la Escritura hunde sus raíces en la vida de la Iglesia antigua y adquirió un desarrollo particular en la tradición monástica.5

La forma clásica comprende cuatro momentos: lectio, meditatio, oratio y contemplatio. La tradición reciente también insiste en la actio, porque la lectura orante alcanza su plenitud cuando transforma la conducta y convierte la vida en un don para los demás.6,6

Lectura: ¿qué dice el Evangelio?

El primer paso pide leer despacio y varias veces el pasaje. Antes de buscar una aplicación personal, conviene comprender qué afirma realmente el texto.

Pueden ayudar las siguientes preguntas:

  • ¿Quiénes aparecen en la escena?
  • ¿Dónde y cuándo ocurre el episodio?
  • ¿Qué hace y qué dice Jesús?
  • ¿Qué personajes hablan o permanecen en silencio?
  • ¿Qué conflicto, necesidad o pregunta presenta el relato?
  • ¿Qué palabra o gesto se repite?
  • ¿Cómo comienza y cómo termina la escena?
  • ¿Qué relación guarda el pasaje con los versículos anteriores y posteriores?

La lectura debe respetar el sentido literal del texto, es decir, aquello que el autor sagrado comunica mediante sus palabras, género literario y contexto. La oración no autoriza a convertir el Evangelio en un pretexto para confirmar opiniones personales o decisiones previamente tomadas. La lectura espiritual necesita partir del sentido literal para evitar interpretaciones arbitrarias.7

El contexto litúrgico también aporta luz. El Evangelio del día forma parte del conjunto de lecturas proclamadas por la Iglesia. La relación con la primera lectura, el salmo, el tiempo litúrgico o la memoria de un santo puede ampliar la comprensión del mensaje, aunque la meditación debe conservar el centro en Cristo.

Meditación: ¿qué me dice el Evangelio?

Después de comprender el pasaje, llega el momento de dejar que la Palabra alcance la propia vida. La pregunta principal pasa de «¿qué dice el texto?» a «¿qué me dice el Señor mediante este texto?». La meditación permite que el creyente escuche, se deje interpelar y afronte con sinceridad aquello que necesita cambiar.6

Conviene escoger una frase, una imagen, una acción de Jesús o una actitud de alguno de los personajes. No hace falta abarcar todos los detalles en una sola sesión. Una palabra puede acompañar durante todo el día y volver a la memoria en momentos de trabajo, descanso, dificultad o encuentro con otras personas.

Estas preguntas pueden orientar la reflexión:

  • ¿Qué rasgo de Jesucristo aparece con mayor claridad?
  • ¿Qué revela este pasaje sobre el Padre?
  • ¿Qué actitud de los discípulos, de la multitud o de otro personaje reconozco en mí?
  • ¿Qué parte del Evangelio me consuela?
  • ¿Qué palabra me incomoda o me corrige?
  • ¿Qué resistencia descubro en mi interior?
  • ¿Qué situación concreta de mi vida queda iluminada?
  • ¿Qué invita hoy Jesús a creer, abandonar, recibir o realizar?

El papa Francisco recomienda preguntar ante Dios qué quiere cambiar el Señor en la propia vida, qué palabra conmueve, qué causa rechazo y por qué una determinada enseñanza atrae o inquieta. También advierte contra la tendencia a aplicar el Evangelio únicamente a otras personas para evitar una conversión personal.8

La meditación no equivale a buscar mensajes extraordinarios. Una persona puede no experimentar emociones intensas y, sin embargo, realizar una oración fecunda. La perseverancia, la honestidad ante Dios y la disposición para obedecer valen más que una emoción pasajera.

Oración: ¿qué respondo al Señor?

La lectura conduce al diálogo. La oración puede adoptar diversas formas:

  • Adoración, cuando el creyente reconoce la grandeza y santidad de Dios.
  • Alabanza, cuando celebra las obras del Señor.
  • Acción de gracias, cuando reconoce sus dones.
  • Petición, cuando presenta necesidades propias.
  • Intercesión, cuando encomienda a otras personas.
  • Contrición, cuando pide perdón por el pecado.
  • Entrega, cuando ofrece a Dios la jornada y la propia voluntad.

La Palabra acogida en la oración transforma a la persona. La respuesta no necesita fórmulas complicadas. Puede consistir en unas pocas palabras dirigidas directamente a Jesús: «Señor, aumenta mi fe», «enséñame a perdonar», «dame un corazón compasivo» o «ayúdame a obedecer tu voluntad».

La tradición cristiana entiende la oración como un verdadero diálogo: en la lectura, Dios habla; en la oración, el creyente responde.3

Contemplación: permanecer con Cristo

La contemplación consiste en permanecer ante Dios, acogiendo con sencillez la luz recibida. No exige producir pensamientos continuamente. Puede incluir silencio, adoración, agradecimiento o una mirada serena hacia Jesús.

El objetivo no consiste en alcanzar una sensación particular, sino en recibir progresivamente la manera de ver y juzgar la realidad propia de Dios. La contemplación forma en el creyente «la mente de Cristo» y permite discernir qué conversión de la inteligencia, del corazón y de la conducta pide el Señor.6

La contemplación puede adoptar distintas formas según el pasaje. Ante un relato de curación, la persona puede contemplar la misericordia de Jesús. Ante una parábola, puede permanecer en la presencia del Señor y dejar que la enseñanza penetre lentamente. Ante la Pasión, puede acompañar a Cristo con fe, gratitud y compunción.

Acción: convertir la Palabra en vida

La lectio divina no termina cuando acaba el tiempo de oración. La Palabra alcanza su plenitud mediante una decisión concreta de caridad. La acción puede consistir en pedir perdón, visitar a una persona, cumplir un deber con mayor responsabilidad, renunciar a una palabra hiriente, atender a alguien necesitado o dedicar un tiempo real a la familia.

El papa Francisco describe la lectio divina como un camino que conduce del texto a la vida y une la espiritualidad con la existencia diaria, la fe con las decisiones concretas. El proceso lleva de la escucha al conocimiento y del conocimiento al amor.9

La acción no convierte la oración en activismo. La caridad cristiana nace de la unión con Cristo y expresa en la vida aquello que la oración ha permitido reconocer. La Palabra entra por los oídos, llega al corazón y pasa a las manos mediante las buenas obras.2

Un método sencillo para cada día

Una práctica diaria puede seguir este orden:

Recogimiento

Adoptar una postura tranquila, respirar con normalidad y reconocer la presencia de Dios. Una breve oración ayuda a abandonar las prisas y a orientar la atención hacia Jesucristo.

Lectura pausada

Leer el Evangelio completo una primera vez. Después, leerlo de nuevo más lentamente, prestando atención a una palabra, una frase o un gesto que destaque.

Comprensión

Preguntar qué ocurre en el pasaje y cuál es su mensaje principal. Conviene consultar una nota bíblica o una explicación fiable cuando aparezcan dificultades históricas, lingüísticas o doctrinales.

Interiorización

Repetir en silencio la palabra escogida. Relacionarla con la propia vida sin forzar el texto ni atribuirle un significado contrario a la fe cristiana.

Diálogo

Hablar con Jesús con sinceridad. Presentarle alegrías, heridas, pecados, decisiones y personas concretas.

Silencio contemplativo

Permanecer unos minutos ante el Señor sin multiplicar palabras. La atención puede volver serenamente a la frase evangélica.

Propósito

Elegir una acción precisa, posible y verificable. Un propósito como «ser mejor» resulta demasiado impreciso; un propósito como «escuchar sin interrumpir a una persona concreta» orienta mejor la conducta.

Acción de gracias

Concluir agradeciendo a Dios el encuentro con su Palabra, incluso cuando la oración haya resultado difícil o árida.

Meditar con la imaginación y los sentidos

La imaginación puede ayudar a entrar en la escena evangélica. La persona puede contemplar el lugar, escuchar las voces, observar los movimientos de los personajes y fijarse en la actitud de Jesús. Esta forma de oración favorece una participación más viva en los misterios de la vida de Cristo.

Conviene, sin embargo, distinguir entre el contenido del Evangelio y los detalles imaginados. La imaginación sirve como ayuda para la oración, pero no añade revelaciones al texto ni sustituye su sentido histórico y teológico. Una práctica tradicional propone entrar en la escena como un personaje más para contemplar las acciones y sentimientos del Maestro y hablar con Él acerca de la propia vida.10

El papa Francisco enseña que, bajo la guía del Espíritu Santo, la meditación permite acercarse espiritualmente a los misterios de la vida de Jesús. En la oración, el creyente puede reconocerse en personajes como el ciego que pide ver, el leproso que recibe la curación o Lázaro llamado a salir del sepulcro.1

El papel de la Virgen María

María constituye el modelo bíblico de quien acoge y medita la Palabra. El Evangelio de san Lucas presenta su actitud con la imagen de quien guarda los acontecimientos y los pondera en el corazón. Ella no recibe la Palabra de manera superficial: la conserva, intenta comprenderla, discierne sus consecuencias y permite que transforme toda su existencia.4

La meditación mariana incluye tres actitudes:

  • Escucha, porque María recibe la iniciativa de Dios.
  • Memoria agradecida, porque conserva las obras del Señor.
  • Disponibilidad, porque responde con obediencia y entrega.

El creyente puede pedir a María un corazón semejante al suyo: atento, humilde y disponible para cumplir la voluntad de Dios.

Meditación individual y comunitaria

La meditación puede realizarse a solas o en grupo. La oración individual facilita el silencio y la aplicación personal; la oración comunitaria ayuda a escuchar otras perspectivas, compartir la fe y discernir juntos la llamada del Evangelio.

La Iglesia recomienda la lectura frecuente de la Escritura a todos los fieles y anima a acompañarla con oración. La lectura comunitaria también permite crecer en el conocimiento de Dios y de su plan de salvación en Jesucristo.5

Un grupo parroquial puede dedicar entre treinta y sesenta minutos al Evangelio del domingo o del día. Una persona proclama el pasaje; todos guardan silencio; después cada participante comparte, sin imponer interpretaciones, la palabra que más le ha ayudado y el propósito que desea llevar a la práctica.

La conversación necesita respeto y sobriedad. Nadie debe utilizar el grupo para juzgar a otras personas, resolver conflictos personales de forma indirecta o presentar opiniones particulares como doctrina de la Iglesia.

Relación con la liturgia

El Evangelio diario adquiere una fuerza especial cuando la persona lo medita en sintonía con el año litúrgico. Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y el tiempo ordinario ofrecen perspectivas diversas sobre el misterio de Cristo.

La meditación prepara para participar mejor en la Misa:

  • permite reconocer el hilo conductor de las lecturas;
  • despierta el deseo de escuchar a Cristo;
  • ayuda a recibir la homilía con mayor fruto;
  • orienta la preparación interior para la Eucaristía;
  • impulsa a prolongar en la vida la gracia celebrada.

La homilía auténtica prolonga el diálogo que Dios inicia con su pueblo en la liturgia y orienta a una comunión transformadora con Cristo.2

Discernimiento y fidelidad a la enseñanza de la Iglesia

La meditación personal no autoriza a interpretar el Evangelio de cualquier manera. La Sagrada Escritura forma una unidad y necesita una lectura atenta al conjunto de la fe, a la tradición viva de la Iglesia y a la liturgia. La interpretación individual debe evitar conclusiones que contradigan el Credo, los sacramentos, la moral cristiana o la enseñanza constante del magisterio.

El discernimiento busca reconocer qué viene de Dios y qué aparta de Él. La lectura orante forma un corazón dócil, prudente y capaz de distinguir la voluntad divina de las mentalidades contrarias al Evangelio.9

Conviene distinguir tres niveles:

  • El sentido del texto, que exige respeto por el contexto y el contenido bíblico.
  • La aplicación personal, que permite descubrir cómo interpela Dios a cada creyente.
  • La decisión moral, que debe concordar con la verdad sobre la persona humana y con la enseñanza de la Iglesia.

Cuando una interpretación produce soberbia, desprecio hacia los demás, justificación del pecado o rechazo de la caridad, necesita una revisión seria. El fruto auténtico de la Palabra conduce a la verdad, la humildad, la conversión y el amor.

Dificultades habituales

Distracciones

La dispersión forma parte de la experiencia ordinaria de la oración. Conviene reconocerla sin desánimo y volver con calma al texto o a la presencia de Jesús. Un ambiente ordenado, un horario estable y una lectura breve ayudan a recuperar la atención.

Falta de tiempo

La falta de tiempo a menudo refleja una agenda saturada. Una meditación de cinco o diez minutos puede constituir un comienzo legítimo. La fidelidad cotidiana permite ampliar progresivamente el tiempo de oración.

Sequedad espiritual

La ausencia de consuelo no significa ausencia de Dios. La oración madura incluye momentos de aridez. La persona puede continuar leyendo, ofrecer al Señor su esfuerzo y evitar medir el valor de la meditación por las emociones experimentadas.

Incomprensión del pasaje

Algunos textos requieren contexto histórico, explicación literaria o ayuda teológica. La oración no excluye el estudio. La lectura espiritual debe comenzar con la comprensión del mensaje real del pasaje, porque una interpretación defectuosa puede convertir la Escritura en una confirmación de ideas personales.7

Aplicar el Evangelio a los demás

Resulta fácil pensar en quién debería obedecer una determinada enseñanza. La meditación pide comenzar por uno mismo: «Señor, ¿qué deseas transformar en mí?». El Señor conduce con paciencia y pide una respuesta sincera y progresiva, sin exigir que la persona alcance de inmediato una madurez que todavía no posee.8

Buscar experiencias extraordinarias

La oración no depende de visiones, sentimientos intensos o frases llamativas. La sobriedad protege de confundir la imaginación, el estado de ánimo o los deseos personales con una inspiración divina. El criterio principal reside en la conformidad con el Evangelio, el crecimiento en la caridad y la fidelidad a la Iglesia.

Frutos de la meditación diaria

La perseverancia en la meditación puede producir diversos frutos espirituales:

  • Mayor conocimiento de Jesucristo, porque el Evangelio permite contemplar sus palabras, gestos y actitudes.
  • Conversión del corazón, porque la Palabra descubre resistencias, pecados y heridas.
  • Crecimiento de la fe, porque la persona aprende a confiar en las promesas de Dios.
  • Discernimiento, porque la inteligencia adquiere una visión más evangélica de la realidad.
  • Fortaleza moral, porque la oración robustece la voluntad para actuar correctamente.
  • Caridad concreta, porque el encuentro con Cristo conduce al servicio.
  • Unidad interior, porque la fe deja de ocupar un espacio aislado y alcanza las decisiones diarias.

La Palabra de Dios, acogida y meditada, conduce a una comunión más profunda con la Santísima Trinidad y suscita alabanza y acción de gracias.11

La transformación suele avanzar de forma gradual. El Evangelio actúa como una semilla: una palabra escuchada hoy puede adquirir nuevo sentido después de una conversación, una prueba, un sufrimiento o una decisión. La meditación permite que esa Palabra permanezca en la memoria y oriente la vida con el paso del tiempo.

Ejemplo práctico

Ante un pasaje en el que Jesús manda perdonar, la persona puede comenzar leyendo el relato con atención: identifica quién habla, qué situación provoca la enseñanza y qué imagen utiliza Jesús.

Durante la meditación, recuerda una relación concreta marcada por el resentimiento. No justifica el daño recibido ni confunde el perdón con aprobar la injusticia. Pregunta al Señor qué paso puede dar: renunciar a la venganza, pedir ayuda, hablar con prudencia o comenzar a orar por quien le ha herido.

En la oración, presenta a Jesús el dolor y la resistencia. En la contemplación, permanece ante la misericordia de Cristo. Finalmente, formula un propósito concreto: no pronunciar palabras ofensivas sobre esa persona y buscar consejo para iniciar un camino de reconciliación cuando resulte posible y prudente.

Así, la meditación pasa del texto a la vida sin manipular el Evangelio ni reducirlo a una técnica de bienestar. La Palabra ilumina una situación real y conduce a una respuesta de fe y caridad.

Conclusión

Meditar el Evangelio del día significa escuchar a Jesucristo con una inteligencia abierta, un corazón sincero y una voluntad disponible. La práctica puede organizarse mediante los pasos de la lectio divina: leer para comprender, meditar para interiorizar, orar para responder, contemplar para permanecer con Cristo y actuar para convertir la Palabra en caridad.

La fidelidad diaria importa más que la búsqueda de resultados inmediatos. María enseña a guardar la Palabra en el corazón; la Iglesia invita a leer la Escritura con frecuencia y oración; el Espíritu Santo conduce hacia la verdad; y Cristo transforma la vida de quien escucha y cumple su palabra. La meditación alcanza su finalidad cuando el Evangelio deja de ser únicamente una lectura y se convierte en una forma concreta de pensar, amar y vivir.

Citas y referencias

  1. Catequesis sobre la oración: 31. La meditación, Papa Francisco. Audiencia General del 28 de abril de 2021 - Catequesis sobre la oración: 31. La meditación, 1 (2021). 2 3 4 5
  2. Palabra de la misa, Papa Francisco. Audiencia General del 7 de febrero de 2018, 1 (2018). 2 3 4
  3. Segunda parte: Verbum in ecclesia - La palabra de Dios en la vida de la Iglesia - La lectura de oración de la Sagrada Escritura y «lectio divina», Papa Benedicto XVI. Verbum Domini, 86 (2010). 2
  4. El hombre en oración (10), Papa Benedicto XVI. Audiencia General del 17 de agosto de 2011: El hombre en oración (10), 1 (2011). 2
  5. Prefacio, Comisión Bíblica Pontificia. La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1 (1993). 2
  6. Segunda parte: Verbum in ecclesia - La palabra de Dios en la vida de la Iglesia - La lectura de oración de la Sagrada Escritura y «lectio divina», Papa Benedicto XVI. Verbum Domini, 87 (2010). 2 3 4
  7. Capítulo tres: La proclamación del evangelio - III. Prepararse para predicar - Lectura espiritual, Papa Francisco. Evangelii Gaudium, 152 (2013). 2
  8. Capítulo tres: La proclamación del evangelio - III. Prepararse para predicar - Lectura espiritual, Papa Francisco. Evangelii Gaudium, 153 (2013). 2
  9. La centralidad de la palabra de Dios, Papa Francisco. Vultum Dei quaerere, 20 (2016). 2
  10. B3. Temas fundamentales de su espiritualidad, S. Garofalo. El valor perenne del Evangelio, 8 (1992).
  11. Santa Sede. Acta Apostolicae Sedis: Número 13, diciembre de 1988, 140 (1988).
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