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Cómo organizar un grupo de oración

Organizar un grupo de oración católico exige mucho más que reunir periódicamente a varias personas. La finalidad consiste en ayudar a los participantes a encontrarse con Jesucristo, escuchar la Palabra de Dios, crecer en la comunión eclesial y traducir la oración en una vida cristiana coherente. Un grupo bien organizado permanece unido a la parroquia y a la diócesis, respeta la liturgia y los sacramentos, forma la fe y evita convertirse en un círculo cerrado, una asociación meramente social o un espacio de protagonismo personal.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCómo organizar un grupo de oración
CategoríaTérmino
DescripciónGuía práctica para crear, estructurar y dirigir un grupo de oración católico dentro de la parroquia y la diócesis
ContextoVida parroquial y eclesial contemporánea; busca fomentar la comunión, la liturgia y el evangelio mediante la oración comunitaria.
DesarrolloIncluye fundamentos eclesiales, pasos de planificación, definición de identidad, roles (coordinador, animador, sacerdote acompañante), estructura de la reunión y criterios de evaluación.
ImportanciaPromueve la participación activa de los laicos, la formación doctrinal y la integración con la Iglesia local, evitando grupos aislados o carentes de carácter católico.
TemaOrganización y vida de grupos de oración católicos
TipoEnseñanza, Guía práctica, Organización de grupos de oración

Tabla de contenido

Naturaleza y finalidad de un grupo de oración

Un grupo de oración es una reunión estable de fieles que, bajo una orientación católica, dedica un tiempo común a la alabanza, la escucha de la Sagrada Escritura, la intercesión, el silencio y otras formas legítimas de oración. Su centro no reside en la personalidad del coordinador ni en una determinada sensibilidad espiritual, sino en Jesucristo, presente en su Iglesia.

El Catecismo de la Iglesia Católica presenta los grupos de oración como auténticas «escuelas de oración» y como un signo de renovación eclesial, siempre que beban de las fuentes genuinas de la oración cristiana y cultiven la comunión eclesial.1

Un grupo de oración puede cumplir varias finalidades:

  • Ayudar a iniciar o profundizar la vida de oración.
  • Facilitar la lectura creyente de la Biblia.
  • Fortalecer la relación personal con Jesucristo.
  • Interceder por la Iglesia, la sociedad, las familias y las personas necesitadas.
  • Acompañar procesos de conversión y discernimiento.
  • Preparar a los fieles para vivir mejor la liturgia y los sacramentos.
  • Promover la fraternidad cristiana y el servicio apostólico.
  • Favorecer una experiencia ordenada de los dones del Espíritu Santo.

La oración comunitaria no sustituye la oración personal. Ambas dimensiones se necesitan mutuamente. La oración personal permite cultivar la intimidad con Dios; la oración comunitaria manifiesta que la fe cristiana incorpora al creyente a un pueblo y no lo encierra en una experiencia individual.

Fundamentos eclesiales

La oración dentro de la vida de la Iglesia

La oración cristiana pertenece a la vida de toda la Iglesia. Incluso cuando una persona ora en privado, su oración participa de la comunión eclesial; por eso un grupo de oración nunca debe presentarse como una realidad independiente de la Iglesia local.2

La primera comunidad cristiana aparece en los Hechos de los Apóstoles reunida para escuchar la enseñanza, vivir la fraternidad, partir el pan y perseverar en la oración. La oración comunitaria impulsa la evangelización cuando permite que los participantes escuchen la Palabra, recuerden las obras del Señor y experimenten la acción del Espíritu Santo.3

La vida de un grupo debe conservar cuatro referencias inseparables:

  1. La vida comunitaria, fundada en la caridad y no en afinidades personales.
  2. La oración, dirigida al Padre por Cristo en el Espíritu Santo.
  3. La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana.
  4. La misión, que lleva a anunciar el Evangelio y servir al prójimo.

Cuando un grupo descuida estos elementos, corre el riesgo de transformarse en una organización filantrópica, un club de amistad o una estructura centrada en debates internos. La Iglesia crece por la acción del Espíritu Santo y por la atracción de una vida cristiana auténtica, no por técnicas de captación ni por luchas de poder.3

Relación con la parroquia y la diócesis

Antes de iniciar un grupo conviene hablar con el párroco y presentar con claridad sus objetivos, método y responsables. El párroco puede ayudar a valorar la oportunidad pastoral, ofrecer un espacio adecuado y orientar la integración del grupo en la vida parroquial.

La relación con el obispo y con la diócesis adquiere especial importancia cuando el grupo desarrolla actividades públicas, retiros, servicios de sanación, formación doctrinal o iniciativas de evangelización. La autoridad eclesiástica competente debe discernir la autenticidad y el uso adecuado de los carismas, sin apagar la acción del Espíritu Santo, pero evitando también errores y abusos.4

Un grupo católico no puede considerarse la única expresión auténtica de la Iglesia ni rechazar al obispo porque no comparta todas sus preferencias. La comunión diocesana y universal forma parte de su identidad. El papa León XIV ha recordado que un grupo eclesial debe cultivar la comunión con toda la Iglesia y reconocer al obispo como una referencia esencial.5

Preparación antes de comenzar

Discernir la necesidad pastoral

La iniciativa puede surgir de una parroquia, de varias familias, de un movimiento eclesial o de un pequeño grupo de fieles. Conviene responder previamente a varias preguntas:

  • ¿Qué necesidad espiritual pretende atender el grupo?
  • ¿A quién va dirigido?
  • ¿Qué relación tendrá con la parroquia?
  • ¿Qué forma de oración practicará?
  • ¿Qué formación cristiana ofrecerá?
  • ¿Quién asumirá la coordinación?
  • ¿Con qué frecuencia se reunirá?
  • ¿Cómo afrontará posibles conflictos o situaciones delicadas?

El grupo debe nacer de una llamada al servicio y no de la búsqueda de reconocimiento. Un deseo sincero de orar puede necesitar todavía maduración, formación y acompañamiento antes de convertirse en una iniciativa estable.

Definir la identidad

Conviene redactar una breve descripción que explique:

  • El nombre del grupo.
  • Su finalidad.
  • Su pertenencia católica.
  • La parroquia o comunidad con la que mantiene relación.
  • La frecuencia y duración de las reuniones.
  • Las formas de oración que utiliza.
  • Los criterios básicos de participación.
  • La identidad del responsable y del sacerdote acompañante, si existe.

Esta descripción evita malentendidos y ayuda a distinguir el grupo de una comunidad religiosa, una asociación pública de fieles o un movimiento eclesial reconocido. No toda reunión estable de creyentes posee personalidad jurídica canónica ni necesita presentarse como una institución formal.

Obtener acompañamiento

El acompañamiento del párroco, de un sacerdote, de un diácono o de una persona con formación teológica puede prevenir errores y sostener la unidad. El acompañante no debe controlar cada detalle de la reunión, pero sí ayudar a custodiar su carácter católico.

En los grupos de renovación espiritual, los sacerdotes tienen una responsabilidad particular en la garantía del carácter eclesial y en la atención a la vida sacramental. Su función sacerdotal no debe confundirse con la de los animadores laicos.6

Composición y responsabilidades

El coordinador

El coordinador organiza el funcionamiento ordinario del grupo, distribuye las tareas y cuida la fidelidad a la finalidad inicial. Su autoridad debe entenderse como un servicio.

Un buen coordinador:

  • Da ejemplo de oración personal.
  • Conoce suficientemente la doctrina católica.
  • Escucha antes de tomar decisiones.
  • Facilita la participación de todos.
  • Evita monopolizar la palabra.
  • Acepta la corrección fraterna.
  • Mantiene contacto con el párroco.
  • Protege la confidencialidad.
  • Discierne con prudencia las iniciativas.
  • Promueve la salida misionera del grupo.

San Juan Pablo II pidió a los responsables de grupos de oración que fueran los primeros en dar ejemplo de oración y que ofrecieran una formación sólida, fundada en la Palabra de Dios, la vida litúrgica y los sacramentos.7

El equipo de servicio

Un grupo que crece necesita repartir las responsabilidades. El equipo puede incluir:

  • Coordinador general: convoca y supervisa.
  • Responsable de acogida: recibe a las personas nuevas.
  • Animador de la oración: prepara el desarrollo de la reunión.
  • Responsable de formación: selecciona materiales y organiza catequesis.
  • Responsable de música: prepara los cantos adecuados.
  • Responsable de comunicación: informa de horarios y actividades.
  • Responsable de acción caritativa: conecta la oración con el servicio.
  • Sacerdote o acompañante espiritual: ofrece orientación pastoral y doctrinal.

La distribución de tareas evita la concentración de poder y ayuda a descubrir los dones de cada miembro. La participación responsable, la escucha mutua, la transparencia y el discernimiento comunitario favorecen una buena dirección de cualquier realidad eclesial.5

El sacerdote acompañante

El sacerdote puede presidir la Eucaristía y otros actos litúrgicos cuando corresponda, administrar los sacramentos según las normas de la Iglesia, ofrecer orientación espiritual y ayudar a resolver cuestiones doctrinales o pastorales.

Sin embargo, la presencia del sacerdote no convierte todas las actividades del grupo en actos litúrgicos. Una oración comunitaria no litúrgica conserva su carácter propio y no debe imitar de manera confusa la celebración de la misa, la absolución sacramental o cualquier otro sacramento.

Estructura de una reunión

La duración puede adaptarse a las circunstancias, aunque una reunión ordinaria de entre sesenta y noventa minutos suele permitir un desarrollo equilibrado.

Acogida

La reunión comienza con un saludo sencillo y una actitud de hospitalidad. El responsable de acogida debe prestar especial atención a quienes participan por primera vez, a las personas mayores, a quienes atraviesan una dificultad y a quienes todavía no conocen las costumbres del grupo.

La acogida no debe presionar a nadie para hablar, dar un testimonio o revelar cuestiones personales. Cada persona necesita libertad para integrarse progresivamente.

Invocación al Espíritu Santo

El grupo puede comenzar con una invocación al Espíritu Santo, recordando que la oración cristiana nace de la acción de Dios y no de la mera capacidad humana. Una fórmula breve ayuda a evitar que la invocación se convierta en un discurso largo.

El grupo puede utilizar:

  • El himno Ven, Espíritu Santo.
  • Una oración espontánea.
  • Un salmo.
  • Un momento de silencio.
  • Una breve proclamación de la fe trinitaria.

Alabanza y acción de gracias

La alabanza reconoce quién es Dios; la acción de gracias reconoce sus dones. Ambas actitudes protegen al grupo de convertir la oración en una lista de peticiones personales.

Conviene alternar:

  • Salmos.
  • Cantos sobrios.
  • Oraciones tradicionales.
  • Frases breves de acción de gracias.
  • Silencio contemplativo.

La música debe ayudar a orar y no convertirse en un espectáculo. El volumen, la duración y la elección de los cantos deben respetar la sensibilidad de la comunidad y el carácter sagrado del encuentro.

Escucha de la Palabra de Dios

La Biblia ocupa un lugar central. El animador puede proclamar una lectura del Evangelio del día, un pasaje de los Hechos de los Apóstoles, un salmo o un texto relacionado con el tiempo litúrgico.

Después de la lectura conviene guardar silencio. El animador puede ofrecer una breve explicación, pero no debe sustituir la homilía ni convertir el encuentro en una clase improvisada. La reflexión debe:

  • Respetar el sentido católico del texto.
  • Evitar interpretaciones aisladas de la tradición de la Iglesia.
  • Conectar la Palabra con la conversión personal.
  • Invitar a una respuesta concreta.
  • Evitar discusiones interminables.

La formación bíblica necesita conexión con la doctrina católica y con la interpretación auténtica que corresponde al Magisterio de la Iglesia. El responsable debe evitar tanto el fundamentalismo como la lectura puramente subjetiva.7

Silencio y meditación

El silencio permite interiorizar lo escuchado. Un grupo puede reservar entre cinco y diez minutos para la meditación, sin llenar cada pausa con música o palabras.

El animador puede proponer una pregunta sencilla:

  • ¿Qué palabra del Evangelio toca hoy mi vida?
  • ¿Qué llamada concreta recibo?
  • ¿Qué actitud necesito abandonar?
  • ¿Por quién me invita Cristo a interceder?

El silencio no constituye un vacío en la oración, sino una forma de escucha.

Peticiones e intercesión

La intercesión presenta ante Dios las necesidades de la Iglesia y del mundo. El grupo puede orar por:

  • El papa, los obispos, los sacerdotes y los diáconos.
  • Las vocaciones.
  • Las familias.
  • Los enfermos.
  • Las personas que sufren pobreza o soledad.
  • La paz y la justicia.
  • Los difuntos.
  • Las necesidades de la parroquia.
  • Las personas que han pedido oración.

El coordinador debe evitar que las peticiones expongan públicamente detalles íntimos. En lugar de revelar información sensible, basta con decir: «Por una familia que atraviesa una situación difícil».

Oración espontánea

La oración espontánea puede enriquecer la reunión, siempre que mantenga un lenguaje cristiano, sobrio y respetuoso. Conviene establecer algunas normas:

  • Las intervenciones deben ser breves.
  • Nadie está obligado a hablar.
  • La oración debe dirigirse a Dios.
  • No conviene dar consejos personales disfrazados de revelación.
  • Nadie debe atribuir automáticamente a Dios cada pensamiento propio.
  • El animador puede cerrar con delicadeza una intervención inadecuada.

La espontaneidad no equivale a improvisación absoluta. Una oración preparada puede ser más fecunda que una intervención larga y desordenada.

Conclusión

La reunión puede terminar con:

  • El Padrenuestro.
  • Un canto mariano.
  • Una oración de envío.
  • La bendición, si la imparte un ministro ordenado.
  • Información breve sobre la próxima reunión o actividad parroquial.

El final debe orientar a la vida cotidiana. La oración alcanza su fruto cuando transforma las decisiones, las relaciones y el servicio a los demás.

Frecuencia, lugar y duración

Frecuencia

La mayoría de los grupos comienza con una reunión semanal o quincenal. La regularidad ayuda a crear estabilidad, pero conviene respetar los ritmos familiares, laborales y parroquiales.

Una frecuencia excesiva puede producir cansancio y dependencia del grupo. Una frecuencia demasiado irregular dificulta la integración y el crecimiento. El equipo debe revisar periódicamente el horario.

Lugar

La parroquia ofrece el marco más natural para un grupo de oración, aunque también pueden utilizarse casas particulares, capillas u otros espacios adecuados autorizados por los responsables correspondientes.

El lugar debe reunir condiciones de:

  • Limpieza.
  • Seguridad.
  • Accesibilidad.
  • Silencio razonable.
  • Ventilación.
  • Iluminación.
  • Privacidad.

Si la reunión tiene lugar en una casa, conviene fijar límites claros para proteger la intimidad de la familia y evitar que el anfitrión cargue con todas las tareas.

Duración

Una reunión ordinaria debe tener un comienzo y un final definidos. La puntualidad expresa respeto por los participantes. Las reuniones prolongadas pueden reservarse para retiros, vigilias o celebraciones especiales.

Formación doctrinal y espiritual

Contenido básico

La oración necesita formación. Un grupo sin raíces doctrinales puede quedar expuesto al sentimentalismo, al subjetivismo o a interpretaciones erróneas.

El programa formativo puede incluir:

La formación debe utilizar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia, documentos del Magisterio y materiales aprobados o recomendados por la autoridad eclesial.

Eucaristía y reconciliación

La vida del grupo debe conducir a los sacramentos, no reemplazarlos. La Eucaristía ocupa el centro de la oración cristiana, y el sacramento de la Reconciliación ofrece el camino ordinario para recibir el perdón de Dios después del pecado grave.

San Juan Pablo II exhortó a los responsables de grupos de oración a cultivar el amor y la comprensión de la Eucaristía, así como la adecuada celebración de la penitencia.7

El grupo no debe organizar actos que imiten la misa ni presentar una oración comunitaria como sustituto de la participación dominical en la Eucaristía.

Discernimiento de carismas

Algunos grupos reciben una inspiración carismática y practican la alabanza espontánea, la oración de intercesión, la oración por los enfermos o el ejercicio de determinados dones espirituales. Estos elementos pueden formar parte de la vida católica si permanecen unidos a la doctrina, los sacramentos y la autoridad de la Iglesia.

El entusiasmo espiritual necesita equilibrio. San Juan Pablo II recomendó apertura a los dones del Espíritu Santo sin concentrarse de forma exagerada en los fenómenos extraordinarios.7

El discernimiento debe preguntar:

  • ¿Este carisma conduce a Cristo?
  • ¿Favorece la humildad?
  • ¿Edifica la comunión?
  • ¿Respeta la doctrina católica?
  • ¿Ayuda a vivir los sacramentos?
  • ¿Produce frutos de caridad y conversión?
  • ¿Acepta la orientación de los pastores?

Oración por los enfermos y servicios de sanación

La oración por los enfermos ocupa un lugar legítimo en la vida cristiana. El grupo puede pedir la salud física, psicológica y espiritual, acompañar a las personas que sufren y ayudar a las familias.

Debe evitar, sin embargo, toda promesa automática de curación, cualquier presión emocional y todo uso de la enfermedad para culpabilizar. Nadie puede afirmar sin discernimiento que una persona carece de fe porque no recupera la salud.

Quienes dirigen servicios de oración por la sanación deben mantener un clima de devoción serena y actuar con prudencia. Si surge un testimonio de curación, conviene recogerlo con honestidad y exactitud y presentarlo a la autoridad eclesiástica competente.8

El obispo debe intervenir cuando aparecen abusos, escándalo o incumplimiento grave de las normas litúrgicas y disciplinares.8

La oración cristiana por los enfermos nunca debe mezclarse con:

  • Magia.
  • Adivinación.
  • Espiritismo.
  • Invocación de poderes ocultos.
  • Amuletos.
  • Prácticas supersticiosas.
  • Promesas económicas de curación.
  • Rechazo de la atención médica necesaria.

Acogida, confidencialidad y protección

Acoger sin invadir

El grupo debe recibir a cada persona con respeto, pero sin exigir una rápida exposición de su vida. La integración puede realizarse gradualmente mediante conversaciones sencillas, participación libre y acompañamiento prudente.

Conviene evitar preguntas invasivas sobre:

  • Situación económica.
  • Vida afectiva.
  • Salud mental.
  • Conflictos familiares.
  • Historia sacramental.
  • Experiencias traumáticas.

Confidencialidad

Los participantes deben comprender que las peticiones y testimonios compartidos en el grupo no pueden divulgarse sin permiso. La confidencialidad no permite ocultar delitos, abusos o situaciones que pongan a alguien en peligro. Ante indicios de abuso o violencia, el responsable debe actuar conforme a la legislación y a las normas diocesanas.

Menores y personas vulnerables

Cuando participan menores, el grupo debe contar con la autorización de sus padres o tutores y respetar las normas de protección establecidas por la diócesis. Las actividades deben desarrollarse en lugares visibles y con varios adultos responsables.

El cuidado pastoral exige especial prudencia con personas que atraviesan duelo, enfermedad mental, dependencia emocional o crisis espiritual. El grupo acompaña y ora, pero no sustituye la atención médica, psicológica, social o jurídica que cada situación requiera.

Errores frecuentes

Convertir el grupo en un club cerrado

Las amistades fortalecen la vida comunitaria, pero un grupo que excluye a quienes llegan nuevos contradice su finalidad evangelizadora. La comunidad debe conservar un núcleo estable y, al mismo tiempo, mantener una disposición acogedora.

Confundir oración con debate

Las reuniones pierden su naturaleza cuando la mayor parte del tiempo se dedica a discutir opiniones, analizar conflictos internos o decidir cuestiones administrativas. Las decisiones necesarias deben tratarse en momentos diferenciados.

Dar protagonismo excesivo a una persona

El coordinador, el músico, el predicador o quien posee un carisma particular no debe convertirse en el centro del grupo. La rotación de tareas, la formación de nuevos responsables y el discernimiento comunitario protegen la libertad cristiana.

Buscar experiencias extraordinarias

La oración no se mide por lágrimas, emociones intensas, manifestaciones físicas o supuestas revelaciones. Dios puede conceder consuelos sensibles, pero la madurez espiritual se reconoce sobre todo por la fe, la esperanza, la caridad, la humildad y la perseverancia.

Desvincularse de la Iglesia

Un grupo que desprecia al párroco, cuestiona constantemente al obispo o presenta su experiencia como superior a la vida ordinaria de la Iglesia se aleja de la comunión católica. Las comunidades y movimientos necesitan una relación cercana con los pastores y una formación fiel al Magisterio.9

Sustituir la vida sacramental

Ninguna reunión de oración reemplaza la misa dominical, la confesión, la catequesis ni la vida parroquial. La oración comunitaria debe llevar a una participación más consciente en los sacramentos.

Utilizar la oración para manipular

Resulta contrario a la caridad:

  • Presionar para que alguien revele pecados o problemas.
  • Presentar opiniones personales como mandatos divinos.
  • Exigir donativos para recibir oración.
  • Prometer curaciones.
  • Utilizar la culpa para controlar.
  • Apartar a una persona de su familia o de la Iglesia.
  • Crear dependencia del coordinador.

Evaluación periódica

El equipo puede revisar cada cierto tiempo la vida del grupo mediante preguntas concretas:

  • ¿El grupo conduce a Jesucristo?
  • ¿Escucha realmente la Palabra de Dios?
  • ¿Favorece la participación en la Eucaristía y la Reconciliación?
  • ¿Mantiene la comunión con la parroquia y la diócesis?
  • ¿Acoge a las personas nuevas?
  • ¿Forma la conciencia cristiana?
  • ¿Protege a los menores y a las personas vulnerables?
  • ¿Produce frutos de caridad?
  • ¿Envía a los participantes a servir?
  • ¿Existe transparencia en la gestión del dinero?
  • ¿El coordinador ejerce un servicio o concentra todo el poder?

La evaluación no debe convertirse en un juicio permanente sobre las personas. Su finalidad consiste en corregir lo que impide la misión y agradecer los frutos recibidos.

Modelo práctico de reunión semanal

Un esquema sencillo podría ser el siguiente:

  1. Acogida y preparación del ambiente: cinco minutos.
  2. Invocación al Espíritu Santo: cinco minutos.
  3. Alabanza y acción de gracias: quince minutos.
  4. Proclamación de la Palabra: diez minutos.
  5. Silencio y meditación: diez minutos.
  6. Breve enseñanza o reflexión: quince minutos.
  7. Intercesión: quince minutos.
  8. Oración final y envío: cinco minutos.
  9. Avisos parroquiales: cinco minutos.

El esquema admite variaciones. Durante el Adviento, la Cuaresma, la Pascua o una solemnidad puede darse mayor espacio a la liturgia del tiempo. En una reunión de formación, la enseñanza ocupará más minutos; en una vigilia, crecerán el silencio, los salmos y la adoración.

Frutos de un grupo bien organizado

Un grupo de oración produce frutos cuando ayuda a sus miembros a:

  • Amar más a Jesucristo.
  • Conocer mejor la fe católica.
  • Participar con mayor profundidad en la liturgia.
  • Reconciliarse con Dios y con los demás.
  • Perseverar en la oración personal.
  • Vivir la caridad concreta.
  • Discernir su vocación.
  • Acompañar a los enfermos y necesitados.
  • Anunciar el Evangelio.
  • Integrarse más plenamente en la Iglesia.

La oración auténtica no encierra al grupo en sí mismo. Lo abre a la misión, a la comunión con los pastores y al servicio de toda la comunidad cristiana. La formación, la vida sacramental y la obediencia eclesial protegen el entusiasmo espiritual de la superficialidad y del subjetivismo.9

Conclusión

Organizar un grupo de oración católico significa crear un espacio estable para encontrarse con Dios, escuchar su Palabra, interceder por el mundo y crecer en la comunión de la Iglesia. La sencillez, la fidelidad doctrinal, la vida sacramental, la prudencia pastoral y la caridad deben orientar cada decisión.

El grupo alcanzará su verdadera finalidad cuando sus miembros no dependan de una personalidad concreta ni de una experiencia pasajera, sino que aprendan a vivir como discípulos de Jesucristo dentro de la Iglesia y al servicio de los demás.

Citas y referencias

  1. Capítulo dos la tradición de la oración, Catecismo de la Iglesia Católica, 2689 (1992).
  2. Romanus Cessario, O.P. Miscere colloquia: Sobre la auténtica renovación de la espiritualidad católica, 19 (2013).
  3. Catequesis sobre la oración - 16. La oración de la iglesia naciente, Papa Francisco. Audiencia General del 25 de noviembre de 2020: Catequesis sobre la oración - 16. La oración de la Iglesia naciente, 1 (2020). 2
  4. Papa Juan Pablo II. Vigilia de oración para el Congreso Mundial de Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades (30 de mayo de 1998) - Discurso, 8 (1998).
  5. Papa León XIII. A los participantes de la reunión con los moderadores de Asociaciones de los Fieles, Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades promovidas por la Dicasturía para la Laicidad, la Familia y la Vida (21 de mayo de 2026), 1 (2026). 2
  6. Sede Santa. Acta Apostolicae Sedis: Número 2, febrero de 1983, 84 (1983).
  7. Papa Juan Pablo II. A los participantes de la Cuarta Conferencia Internacional de Líderes de la Renovación Carismática Católica (7 de mayo de 1981) - Discurso, 1 (1981). 2 3 4
  8. Introducción, Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre oraciones para la curación, 2000 (2000). 2
  9. Papa Juan Pablo II. A los participantes del Octavo Encuentro Internacional de la Fraternidad Católica de Comunidades y Reuniones del Pacto Carismático (1 de junio de 1998) - Discurso, 3 (1998). 2
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