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Cómo prepararse bien para la Confesión

Prepararse bien para la Confesión implica acercarse a Dios con fe, examinar la propia conciencia a la luz del Evangelio, reconocer los pecados con sinceridad, arrepentirse de ellos, manifestarlos al sacerdote y proponerse una vida renovada. El sacramento de la Penitencia no constituye un trámite rutinario, sino un encuentro con la misericordia de Cristo que reconcilia al penitente con Dios, con la Iglesia y consigo mismo.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCómo prepararse bien para la Confesión
CategoríaTérmino
DescripciónGuía práctica para preparar y vivir el sacramento de la Confesión con fe, examen de conciencia y contrición sincera. Expone la naturaleza y finalidad de la Confesión, la obligación canónica de confesar pecados graves al menos una vez al año, el papel del sacerdote, la contrición perfecta e imperfecta, el propósito de enmienda y la penitencia, ofreciendo indicaciones paso a paso para la preparación y celebración del sacramento
Contexto HistóricoCita enseñanzas del Papa León XIV, el canon 989 del Código de Derecho Canónico, el Catecismo de la Iglesia Católica y documentos eclesiásticos del siglo XX y XXI.
ImportanciaRestablece la unidad con Dios y con la Iglesia, y promueve la paz entre los hombres mediante la reconciliación sacramental.
Personas relacionadasAndrea Migliavacca
TipoSacramento, Sacramento de la Penitencia

Tabla de contenido

Naturaleza y finalidad de la Confesión

La Confesión, llamada también sacramento de la Penitencia, sacramento de la Reconciliación o sacramento del perdón, actualiza sacramentalmente la llamada de Jesucristo a la conversión. El penitente reconoce su pecado ante Dios y ante la Iglesia, representada ministerialmente por el sacerdote, y recibe la absolución en nombre de Cristo.

La Iglesia considera la reconciliación sacramental como el modo eminente de recibir el perdón de los pecados cometidos después del Bautismo. El sacramento restaura la comunión con Dios, devuelve la gracia santificante cuando el pecado grave la ha destruido y fortalece la unión con la Iglesia. El papa León XIV describió la Reconciliación como un «taller de la unidad», porque restablece la unidad con Dios, favorece la integración interior de la persona y contribuye a la comunión eclesial y a la paz entre los hombres.1

La Confesión también posee una dimensión medicinal. La gracia sacramental ayuda a luchar contra las inclinaciones desordenadas, forma la conciencia y permite avanzar en la vida cristiana. La confesión frecuente de los pecados veniales, aunque no resulta estrictamente necesaria para recibir el perdón de cada falta leve, recibe una recomendación especial de la Iglesia por sus frutos espirituales.2

La misericordia de Dios constituye el centro del sacramento. Incluso quien carga con faltas graves puede encontrar en la Reconciliación una ayuda decisiva para volver al camino de la conversión y experimentar que el amor divino es más poderoso que el pecado.3

Cuándo conviene confesarse

La obligación de confesar los pecados graves

Todo fiel que haya alcanzado el uso de razón tiene la obligación de confesar los pecados graves al menos una vez al año. Esta obligación aparece recogida en el canon 989 del Código de Derecho Canónico y en el Catecismo de la Iglesia Católica.1

La confesión anual constituye el mínimo exigido por la Iglesia, no el ideal de la vida espiritual. Una persona que desea crecer en santidad puede acudir al sacramento con mayor frecuencia, incluso cuando no tenga conciencia de haber cometido pecados mortales. La frecuencia adecuada depende de la situación espiritual de cada persona y puede concretarse con la ayuda de un confesor estable.

Antes de recibir la Comunión

Quien tiene conciencia de pecado grave no debe recibir la Sagrada Comunión sin haber recibido previamente la absolución sacramental. Existe una excepción cuando concurre una razón grave, no hay posibilidad de confesarse y la persona realiza un acto de contrición perfecta que incluya el propósito firme de acudir a la Confesión cuanto antes.4

La contrición perfecta no sustituye normalmente la Confesión sacramental. Cuando resulta posible acudir al sacerdote, la persona debe hacerlo y manifestar los pecados graves en el sacramento.

La Confesión frecuente

La Confesión frecuente ayuda a mantener viva la conciencia de la vocación cristiana. El sacramento permite reconocer con mayor claridad los propios pecados, combatir las malas inclinaciones, recibir la curación de Cristo y progresar en la vida del Espíritu.5

La práctica frecuente no debe convertirse en una costumbre mecánica. Cada Confesión debe conservar su carácter de encuentro personal con Jesucristo y de respuesta concreta a su llamada a la conversión.

La disposición interior necesaria

Acercarse con fe

La preparación comienza con un acto de fe: el penitente cree que Jesucristo ha confiado a la Iglesia el ministerio del perdón y que actúa por medio del sacerdote. La persona no acude únicamente a contar sus problemas ni a recibir un consejo psicológico, aunque la conversación pueda incluir una orientación prudente. Acude a recibir la gracia sacramental de la reconciliación.

La Confesión une la catequesis, la oración, el arrepentimiento y la acogida confiada del perdón de Dios. La Iglesia presenta el ministerio de la Confesión como un momento privilegiado de toda la vida cristiana, no como una práctica aislada.6

Evitar tanto la presunción como el desaliento

La presunción lleva a pensar que el pecado carece de importancia o que Dios perdonará sin conversión. El desaliento, por el contrario, hace creer que la culpa resulta demasiado grande para alcanzar la misericordia divina. Ambas actitudes deforman la verdad cristiana.

La preparación correcta mantiene juntas dos certezas:

  • El pecado ofende realmente a Dios y daña la comunión con la Iglesia.
  • La misericordia de Cristo puede perdonar todo pecado del que exista arrepentimiento sincero.

La persona debe presentarse ante Dios sin justificar el mal, pero también sin encerrarse en la vergüenza. El arrepentimiento cristiano no consiste en despreciarse, sino en reconocer humildemente el pecado y volver al Padre.

Pedir la luz del Espíritu Santo

Antes de examinar la conciencia conviene rezar y pedir luz para reconocer los pecados, comprender su gravedad, rechazarlos interiormente y recibir fortaleza para cumplir los propósitos de enmienda. Una antigua formulación catequética resume esta oración como una petición de luz para conocer las faltas, gracia para detestarlas, valor para confesarlas y fuerza para perseverar en las resoluciones.7

Puede utilizarse una oración sencilla:

Espíritu Santo, ilumina mi conciencia para reconocer mis pecados, dame verdadero arrepentimiento, humildad para confesarlos y fortaleza para corregir mi vida. Amén.

Cómo hacer un buen examen de conciencia

El examen debe realizarse a la luz de la Palabra de Dios

El examen de conciencia consiste en revisar pensamientos, palabras, obras y omisiones para comprobar su conformidad con la ley moral. La tradición cristiana no entiende este ejercicio como una mera introspección psicológica, sino como una mirada sincera sobre la propia vida ante Dios.8

El Catecismo propone realizar el examen a la luz de la Palabra de Dios, especialmente mediante la catequesis moral de los Evangelios y de las cartas apostólicas. El Sermón de la Montaña, las enseñanzas de san Pablo sobre la caridad, los frutos del Espíritu y la vida nueva en Cristo ofrecen criterios concretos para discernir la conducta.9

El examen no debe limitarse a preguntar: «¿Qué cosas he hecho mal?». También conviene preguntar:

  • ¿He amado a Dios y he puesto mi vida en sus manos?
  • ¿He participado en la Santa Misa los domingos y fiestas de precepto?
  • ¿He tratado a los demás con caridad y respeto?
  • ¿He cumplido mis deberes familiares, profesionales y sociales?
  • ¿He causado daño mediante palabras, actos u omisiones?
  • ¿He reparado, cuando estaba en mi mano, el daño cometido?
  • ¿He alimentado voluntariamente pensamientos, deseos o actitudes contrarios al Evangelio?
  • ¿He utilizado responsablemente los bienes materiales, el tiempo y los medios de comunicación?
  • ¿He perdonado y buscado la reconciliación?
  • ¿He procurado crecer en la oración, la humildad, la paciencia y la justicia?

Estas preguntas deben aplicarse a la vida concreta, no a una imagen idealizada de uno mismo.

Examinarse con diligencia, pero sin escrúpulos

La diligencia exige dedicar al examen una atención semejante a la que una persona prudente presta a un asunto importante. Sin embargo, nadie necesita recordar cada detalle insignificante ni reconstruir perfectamente toda su vida. La tradición catequética distingue entre un examen serio y una búsqueda interminable de circunstancias irrelevantes.8

Conviene evitar dos errores opuestos:

  • La superficialidad, que apenas reconoce generalidades como «he pecado mucho» sin concretar nada.
  • El escrúpulo, que intenta descubrir culpas donde no existe consentimiento suficiente o que repasa indefinidamente pecados ya confesados y perdonados.

La persona escrupulosa debe seguir el criterio prudente de un confesor estable y evitar convertir el examen en una fuente de angustia. Dios pide sinceridad y diligencia, no una memoria imposible ni una acusación interminable.

Distinguir los pecados graves de los veniales

El penitente debe prestar especial atención a los pecados graves o mortales. Para que exista pecado mortal, deben concurrir simultáneamente materia grave, plena advertencia y deliberado consentimiento. Cuando falta alguno de estos elementos, la responsabilidad moral puede disminuir o incluso desaparecer, aunque la acción objetivamente resulte desordenada.

La conciencia personal necesita formarse mediante la Sagrada Escritura, la enseñanza de la Iglesia y el consejo prudente. La Confesión no constituye un juicio autónomo en el que cada persona decide por sí sola toda la dimensión moral de sus actos; el penitente debe procurar conocer la verdad y presentarse con humildad ante el juicio misericordioso de Dios.

El Catecismo pide confesar todos los pecados graves no confesados que la persona recuerde después de un examen diligente. La confesión de los pecados veniales, aunque no resulta necesaria en cada caso, recibe una recomendación firme porque favorece la formación de la conciencia y el combate espiritual.10

Considerar las circunstancias relevantes

El penitente debe manifestar las circunstancias que cambian sustancialmente la naturaleza moral del acto o que afectan a su gravedad. No necesita ofrecer una narración extensa ni describir detalles innecesarios. Resulta suficiente expresar con claridad:

  • Qué ocurrió, sin eufemismos engañosos.
  • Cuántas veces aproximadamente, cuando el pecado grave se repite.
  • Las circunstancias que modifican de manera importante la responsabilidad o el daño causado.

Una fórmula práctica puede consistir en decir: «He cometido este pecado aproximadamente tantas veces» o «Lo hice en estas circunstancias, que considero relevantes». El sacerdote puede formular preguntas para comprender mejor la situación, pero el penitente no tiene que convertir la Confesión en una explicación interminable.

La contrición: corazón de la preparación

La contrición es el dolor del alma y el rechazo del pecado cometido, unidos al propósito de no volver a pecar. Constituye el núcleo interior de la preparación. Un catecismo tradicional resume la preparación principal en dos disposiciones: dolor sincero por los pecados y firme determinación de evitarlos en el futuro.11

Contrición perfecta e imperfecta

La contrición perfecta nace principalmente del amor a Dios: la persona lamenta haber pecado porque ha ofendido al Dios amado. La contrición imperfecta, también llamada atrición, brota del reconocimiento de la fealdad del pecado, del temor de la condenación o de otras motivaciones sobrenaturales. La Iglesia considera suficiente la contrición imperfecta para recibir válidamente la absolución cuando existe arrepentimiento verdadero y propósito de enmienda.

La contrición no exige experimentar una emoción intensa. Una persona puede arrepentirse sinceramente aunque no sienta lágrimas ni consuelo interior. La voluntad puede rechazar el pecado y volver a Dios incluso en medio de sequedad espiritual.

El propósito de enmienda

El propósito de enmienda consiste en decidir sinceramente evitar el pecado y las ocasiones próximas que puedan conducir a él. No exige prometer que nunca habrá una nueva caída, porque la fragilidad humana puede persistir. Exige, en cambio, abandonar la actitud de quien acepta de antemano continuar pecando sin combatir.

Un propósito concreto resulta más eficaz que una resolución genérica. En lugar de decir únicamente «mejoraré», conviene adoptar decisiones como:

  • cortar una relación o situación que conduce repetidamente al pecado;
  • reparar una mentira o un daño;
  • establecer un horario de oración;
  • pedir perdón a una persona ofendida;
  • buscar ayuda espiritual o profesional cuando exista una adicción;
  • evitar determinados contenidos, lugares o hábitos;
  • restituir un bien injustamente adquirido.

La preparación tradicional también aconseja no dedicar todo el tiempo a recordar faltas y dejar poco espacio para suscitar un arrepentimiento real y pensar en los medios concretos para evitar nuevas caídas.12

Cómo confesar los pecados

Hablar con claridad y sinceridad

El penitente debe confesar sus pecados al sacerdote con humildad, claridad e integridad. No conviene disfrazar la culpa con expresiones vagas ni presentar los pecados de otras personas para evitar reconocer los propios.

Una confesión clara podría seguir este orden:

  1. Saludar al sacerdote y hacer la señal de la cruz.
  2. Indicar, si resulta oportuno, el tiempo aproximado desde la última Confesión.
  3. Manifestar los pecados graves con claridad y brevedad.
  4. Añadir los pecados veniales o las faltas que más afectan a la vida espiritual.
  5. Escuchar el consejo y aceptar la penitencia.
  6. Rezar un acto de contrición.
  7. Recibir con fe la absolución.
  8. Cumplir la penitencia cuanto antes.

El Catecismo enseña que quien desea reconciliarse con Dios y con la Iglesia debe confesar al sacerdote todos los pecados graves no confesados que recuerde tras un examen cuidadoso.10

No ocultar deliberadamente un pecado grave

Ocultar de forma consciente un pecado grave impide la sinceridad requerida para el sacramento. Si una persona olvida involuntariamente un pecado grave, la Confesión puede ser válida; al recordarlo después, debe incluirlo en la próxima Confesión, especialmente antes de recibir la Comunión si continúa teniendo conciencia de aquel pecado.

Si alguien descubre que omitió deliberadamente un pecado grave, debe manifestarlo al sacerdote en la siguiente Confesión y explicar, con sencillez, lo ocurrido. La finalidad no consiste en humillar al penitente, sino en restablecer la verdad y la integridad de la celebración sacramental.

No convertir la Confesión en una acusación de terceros

La Confesión exige reconocer la propia responsabilidad. Puede resultar legítimo explicar brevemente una circunstancia que disminuya la responsabilidad o ayude al sacerdote a comprender el caso, pero no conviene transformar el relato en una denuncia de familiares, compañeros o vecinos.

La pregunta fundamental no es «¿quién tuvo la culpa?», sino «¿qué hice, consentí o dejé de hacer yo?». Incluso cuando otras personas hayan actuado injustamente, el penitente debe examinar su propia respuesta: venganza, odio, mentira, violencia, desprecio, omisión de ayuda o negativa a buscar una solución justa.

La reparación y la reconciliación con el prójimo

El arrepentimiento auténtico orienta hacia la reparación. Cuando una persona ha robado, difamado, herido, engañado o causado un perjuicio, debe procurar restituir, pedir perdón o reparar el daño en la medida de lo posible. La reparación no compra el perdón de Dios, pero manifiesta que la conversión afecta realmente a la conducta.

La preparación para la Confesión incluye también la disposición a reconciliarse con el prójimo. La tradición cristiana recuerda la enseñanza de Jesús: antes de presentar la ofrenda ante el altar, hay que procurar la reconciliación con el hermano cuando existe una ofensa pendiente.13

La reconciliación no siempre exige reanudar una relación peligrosa ni exponerse a nuevos abusos. Puede requerir límites prudentes, una conversación mediada, la restitución de un bien o la renuncia a la venganza. La justicia y la caridad deben guiar cada caso.

Qué hacer durante la celebración

Antes de entrar en el confesionario

Conviene llegar con tiempo suficiente. El penitente puede guardar unos minutos de silencio, invocar al Espíritu Santo y revisar mentalmente los puntos principales del examen. Una nota breve puede ayudar a quien teme olvidar algo, pero conviene destruirla después y nunca conservar en un dispositivo o lugar accesible una lista de pecados personales.

La Iglesia recomienda que los fieles acudan a la Confesión con tranquilidad y, especialmente, fuera del momento central de la celebración de la Misa, para favorecer una participación plena tanto en el sacramento de la Penitencia como en la Eucaristía.14

En presencia del sacerdote

El penitente debe hablar con respeto, sin ocultar voluntariamente los pecados y sin exigir una conversación prolongada cuando hay otras personas esperando. También puede pedir al sacerdote que le ayude si no sabe cómo comenzar o si lleva mucho tiempo sin confesarse.

Una frase sencilla puede ser:

«Padre, ha pasado mucho tiempo desde mi última Confesión y necesito ayuda para hacerla bien».

El sacerdote está llamado a acoger al penitente con prudencia, caridad y respeto. La persona puede hablar con confianza, sabiendo que el sigilo sacramental obliga al confesor a guardar absoluta reserva sobre lo que escucha en la Confesión.

La penitencia

La penitencia impuesta por el sacerdote suele consistir en una oración, una obra de caridad, un acto de reparación o un compromiso concreto de conversión. No representa el precio del perdón, que procede de la gracia de Dios, sino una respuesta penitencial y una ayuda para reparar, sanar y comenzar una vida nueva.

El penitente debe cumplir la penitencia con atención y gratitud, preferiblemente inmediatamente después de abandonar el confesionario. Si no recuerda la penitencia, puede preguntarla al sacerdote o cumplir una oración razonable y mencionarlo en la próxima Confesión.

Después de recibir la absolución

La Confesión no termina con la salida del confesionario. El penitente debe agradecer a Dios el perdón recibido, cumplir la penitencia y concretar los medios para perseverar.

Resulta útil realizar tres actos:

  • Acción de gracias: reconocer que la reconciliación procede de la misericordia de Cristo.
  • Reparación: corregir, en cuanto sea posible, el daño causado.
  • Vigilancia: identificar las circunstancias que favorecieron la caída y adoptar medidas prudentes.

La gracia sacramental impulsa a una reforma permanente de la vida y ayuda a crecer progresivamente en la virtud. La Confesión frecuente puede renovar el deseo de vivir según el Evangelio, siempre que evite el formalismo y la rutina.15

Dificultades habituales

Vergüenza o miedo

La vergüenza puede disminuir cuando el penitente recuerda que el sacerdote escucha en nombre de Cristo y administra un sacramento de misericordia. La persona no necesita esperar a sentirse tranquila para confesarse; a menudo la paz llega precisamente después de decir la verdad con humildad.

Mucho tiempo sin confesarse

Quien lleva años sin acudir puede comenzar diciendo cuánto tiempo ha pasado. El sacerdote puede orientar la celebración paso a paso. La preparación no exige recordar todos los detalles, sino realizar un examen diligente y confesar con sinceridad los pecados graves que la memoria permita reconocer.

Repetición de los mismos pecados

La repetición no vuelve inútil la Confesión. El penitente debe presentar de nuevo los pecados cometidos, examinar por qué cae y buscar medios concretos para luchar. Cuando existe una dependencia, una adicción o una herida psicológica, la gracia sacramental puede acompañar un proceso de ayuda espiritual y profesional.

Dudas sobre la gravedad

El penitente debe explicar brevemente el hecho y la circunstancia que suscita la duda. El confesor puede ayudar a formar la conciencia. No conviene ocultar un pecado por miedo a que quizá no sea grave, ni declarar como certeza una culpa que solo existe en forma de pensamiento involuntario o tentación no consentida.

Escrúpulos

Los escrúpulos consisten en una preocupación excesiva y persistente por posibles pecados o por la validez de las Confesiones. Quien padece este problema necesita obedecer un criterio estable, evitar repetir indefinidamente la Confesión y tratar la cuestión con un confesor prudente. La diligencia cristiana no equivale a una certeza psicológica absoluta sobre cada detalle.

Un método breve para preparar la Confesión

Una preparación práctica puede seguir este itinerario:

Oración

Invocar al Espíritu Santo y pedir luz para conocer los pecados, arrepentimiento sincero y fortaleza para cambiar.

Examen

Revisar la vida desde la última Confesión a la luz de los mandamientos, las bienaventuranzas, el amor a Dios y el amor al prójimo.

Contrición

Reconocer que el pecado ha dañado la relación con Dios y rechazarlo con un acto interior de arrepentimiento.

Propósito

Elegir uno o varios medios concretos para evitar las ocasiones de pecado y reparar el daño.

Confesión

Manifestar al sacerdote los pecados con claridad, especialmente todos los pecados graves recordados después del examen diligente.

Penitencia

Escuchar el consejo, aceptar la penitencia, rezar el acto de contrición y recibir la absolución.

Acción posterior

Dar gracias, cumplir la penitencia y comenzar sin demora la reparación y la vida renovada.

Acto de contrición

El penitente puede rezar una fórmula aprobada en su diócesis. Una formulación tradicional expresa así el núcleo del arrepentimiento:

Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todos mis pecados y los aborrezco, porque al pecar no solo merezco las penas que justamente he recibido, sino principalmente porque te ofendí a ti, sumo Bien y digno de amor sobre todas las cosas. Propongo firmemente, con tu gracia, no volver a pecar y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.

La eficacia del acto no depende de una emoción intensa ni de la perfección literaria de la fórmula, sino de la sinceridad del arrepentimiento y del propósito de conversión.

Conclusión

Prepararse bien para la Confesión significa acudir a Cristo con una conciencia sincera, iluminada por el Evangelio y abierta a la gracia. El examen de conciencia descubre el pecado; la contrición lo rechaza; el propósito de enmienda orienta la vida hacia el bien; la confesión sacramental manifiesta la verdad ante el sacerdote; la absolución comunica el perdón de Cristo; y la penitencia ayuda a reparar y perseverar.

La Confesión frecuente, vivida con fe y sin rutina, forma la conciencia, cura las heridas del pecado y fortalece la unión con Dios y con la Iglesia. El penitente no sale del confesionario únicamente con una culpa eliminada, sino con una llamada renovada a vivir como discípulo de Jesucristo.

Citas y referencias

  1. A los participantes del curso sobre el foro interno promovido por la Penitenciaría Apostólica, Papa León XIV. A los participantes del curso sobre el foro interno promovido por la Penitenciaría Apostólica (13 de marzo de 2026), 1 (2026). 2
  2. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Circular sobre la integridad del Sacramento de la Penitencia, 10 (2000).
  3. Introducción - 1. Objetivo del documento, Consejo Pontificio para la Familia. Vademécum para Confesores Sobre Algunos Aspectos de la Moralidad de la Vida Conyugal, 1 (1997).
  4. Capítulo IV - La santa comunión - 1. Disposiciones para recibir la santa comunión, Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Instrucción Redemptionis Sacramentum (19 de marzo de 2004), 81 (2004).
  5. Parte I: La renovación de la fe y la doctrina - 2. La reconciliación de los penitentes en la vida de la Iglesia, Congregación para la Doctrina de la Fe. La Nueva Evangelización y el Sacramento de la Penitencia, Parte I (2015).
  6. A los participantes del curso sobre el foro interno organizado por la Penitenciaría Apostólica, Papa Juan Pablo II. A los participantes del curso sobre el foro interno organizado por la Penitenciaría Apostólica (17 de marzo de 1997), 4 (1997).
  7. Lección décima séptima. Sobre el sacramento de la penitencia, Tercer Concilio Plenario de Baltimore. Un Catecismo de la Doctrina Cristiana (Catecismo de Baltimore no 3), 742 (1954).
  8. Examen de conciencia. Enciclopedia Católica, Examen de Conciencia (1913). 2
  9. Capítulo II: los sacramentos de la curación, . Catecismo de la Iglesia Católica, 1454 (1992).
  10. Capítulo II: los sacramentos de la curación, . Catecismo de la Iglesia Católica, 1493 (1992). 2
  11. Lección décima séptima. Sobre el sacramento de la penitencia, Tercer Concilio Plenario de Baltimore. Un Catecismo de la Doctrina Cristiana (Catecismo de Baltimore no 3), 744 (1954).
  12. Lección décima séptima. Sobre el sacramento de la penitencia, Tercer Concilio Plenario de Baltimore. Un Catecismo de la Doctrina Cristiana (Catecismo de Baltimore no 3), 743 (1954).
  13. Parte II - La oración de la Iglesia - II. La oración de la comunidad eclesial - C. Los sagrados misterios de la vida cristiana - 2. Los sagrados misterios de la curación - A. El sagrado misterio del arrepentimiento 2) el rito de la confesión, Sínodo de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana. Catecismo de la Iglesia Católica Ucraniana: Cristo - Nuestro Pascha, 457 (2016).
  14. Sede Santa. Acta Apostolicae Sedis: Número 8, julio de 1967, 35 (1967).
  15. Andrea Migliavacca. La ‘frecuente confesión de devoción’: estudio teológico-jurídico sobre el período entre los Códigos de 1917 y 1983, 1998, Número 1, págs. 7-38, 17 (1998).
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