«La ciencia ha demostrado que Dios no existe»
La ciencia no ha demostrado tal cosa. Las ciencias experimentales pueden estudiar procesos observables, sus causas inmediatas y sus relaciones cuantificables. Dios, en cambio, no es un objeto físico situado junto a otros objetos.
Conviene responder: «La ciencia explica cómo funcionan muchos procesos del universo. La cuestión de Dios pregunta por el fundamento último de la existencia, del orden y de la inteligibilidad. Ambas preguntas no tienen exactamente el mismo método ni el mismo objeto».
La fe católica no compite con la investigación científica. Una teoría cosmológica o evolutiva puede describir el desarrollo del universo y de los seres vivos sin resolver por sí misma la cuestión de por qué existe la realidad. La Iglesia critica la utilización ideológica de la ciencia cuando alguien pretende excluir toda referencia a Dios por principio.
«Si Dios existe, ¿quién creó a Dios?»
La pregunta presupone que Dios pertenece a la misma categoría que las realidades creadas. La afirmación cristiana sostiene precisamente lo contrario: Dios no necesita una causa exterior porque no recibe el ser de otro. Las criaturas requieren una explicación de su existencia; Dios es el fundamento necesario de toda existencia creada.
Una formulación sencilla sería: «No decimos que todo tenga una causa. Decimos que todo lo que comienza a existir o depende de otro necesita una causa. Dios no comenzó a existir ni depende de otro».
«No puedo creer en algo que no puedo ver»
Muchas realidades verdaderas no resultan visibles directamente: la conciencia, la inteligencia, las leyes lógicas, la dignidad o el amor. Conocemos unas realidades por experiencia directa y otras mediante sus efectos, sus signos o sus consecuencias.
La afirmación católica no sostiene que Dios pueda observarse como un objeto material. Sostiene que la razón puede ascender desde las criaturas hasta su Creador y que la revelación permite conocer a Dios de un modo que la filosofía por sí sola no alcanza plenamente. Este conocimiento siempre conserva un carácter limitado y analógico.
«La religión sólo sirve para llenar las lagunas de la ciencia»
Un cristiano no debe invocar a Dios únicamente allí donde todavía falta una explicación científica. Ese recurso convertiría a Dios en una solución provisional para la ignorancia humana. La fe presenta a Dios como fundamento de toda la realidad, tanto de lo que la ciencia explica como de lo que todavía ignora.
Por tanto, el creyente no dice: «Dios causa aquello que la ciencia no entiende». Dice: «Todo cuanto existe depende radicalmente de Dios, aunque las ciencias describan las causas naturales mediante las cuales actúa la creación».
«El mal demuestra que Dios no existe»
Esta objeción merece especial respeto, sobre todo cuando nace del sufrimiento personal. Una respuesta rápida puede resultar cruel. Antes de argumentar, conviene escuchar el dolor y reconocer que el mal constituye un escándalo real para la inteligencia y para el corazón.
La fe cristiana no presenta el mal como una ilusión ni ofrece una explicación fácil de cada tragedia. Reconoce la libertad humana, capaz de realizar el bien y el mal, y confiesa que el misterio del sufrimiento sólo recibe su luz plena en Cristo crucificado y resucitado. La cruz no convierte el dolor en algo bueno; manifiesta que Dios entra en el sufrimiento humano y abre un camino hacia la redención.
También conviene distinguir entre el mal moral, causado por decisiones humanas, y el mal físico, relacionado con la enfermedad, la fragilidad y las catástrofes. La distinción no elimina el misterio, pero evita atribuir del mismo modo a Dios y a la libertad humana todos los males.
«La Iglesia ha causado demasiado daño»
Esta crítica no debe rechazarse mediante excusas. Los pecados de cristianos y representantes de la Iglesia contradicen el Evangelio y pueden alejar a muchas personas de la fe. El católico debe reconocer el mal con verdad, pedir perdón cuando corresponda y distinguir entre la santidad de Cristo y la infidelidad de sus discípulos.
Puede responder: «Comprendo que esas heridas dificulten la fe. Los pecados de los cristianos no demuestran que Cristo sea falso; muestran que los cristianos podemos traicionar aquello que profesamos. La Iglesia necesita conversión permanente».
Una defensa madura no oculta los escándalos ni utiliza los actos buenos de otros católicos para negar el sufrimiento de las víctimas. El testimonio cristiano exige justicia, reparación y coherencia.