Preparar un momento de silencio
Conviene comenzar con unos instantes de silencio. La persona puede sentarse, arrodillarse o permanecer de pie, según la forma de oración que le ayude a recogerse. No hace falta crear un ambiente complicado: basta con apartar durante unos minutos las distracciones y tomar conciencia de la presencia de Dios.
Puede hacerse la señal de la cruz y formular una breve petición:
Señor, abre mi corazón para alabarte con la fe y la humildad de María.
Leer despacio el cántico
El Magníficat no necesita una recitación apresurada. Conviene leerlo lentamente, incluso deteniéndose después de cada estrofa. La oración adquiere mayor profundidad cuando la persona escucha interiormente las palabras en vez de limitarse a pronunciarlas.
Una forma sencilla consiste en leer una frase, guardar silencio y preguntarse:
- ¿Qué revela esta frase sobre Dios?
- ¿Qué actitud manifiesta María?
- ¿Qué respuesta me pide hoy el Señor?
Adorar y alabar a Dios
La primera parte del cántico dirige la mirada a Dios:
- «Proclama mi alma la grandeza del Señor».
- «Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador».
- «Su nombre es santo».
- «Su misericordia llega a sus fieles».
La persona que reza puede transformar estas afirmaciones en una alabanza personal:
Señor, tú eres grande y santo.
Tú eres mi salvador.
Gracias por tu misericordia y por las obras que realizas en mi vida.
El Magníficat enseña que la oración no consiste únicamente en pedir. También incluye la adoración, la gratitud y el reconocimiento de la grandeza divina.
Reconocer la propia pequeñez
María afirma que Dios ha mirado la humildad de su esclava. Esta humildad no significa despreciarse ni negar los dones recibidos. Consiste en reconocer que todo bien procede de Dios y que la vida humana depende de su gracia.
La persona puede rezar así:
Señor, tú conoces mi pobreza y mis límites.
Gracias porque no me abandonas y porque puedes obrar incluso a través de mi pequeñez.
La humildad permite recibir los dones sin convertirlos en motivo de orgullo. María reconoce que Dios ha hecho grandes cosas en ella, pero atribuye toda la gloria al Poderoso.
Recordar las obras de Dios
El Magníficat recuerda la misericordia divina a lo largo de la historia. María contempla su propia vocación dentro de la historia de Israel y de las promesas hechas a Abrahán. La oración cristiana también puede recordar las obras de Dios en la propia vida:
Después de leer el cántico, conviene enumerar interiormente algunos motivos concretos de gratitud. La acción de gracias evita que la oración quede reducida a una lista de peticiones.
Acoger la misericordia
El Magníficat proclama que la misericordia de Dios alcanza a sus fieles de generación en generación. La misericordia no es una idea abstracta: expresa la fidelidad con la que Dios sostiene, perdona y salva.
Quien reza puede presentar ante Dios sus pecados, heridas y temores:
Padre misericordioso, ten piedad de mí.
Sana lo que está herido, perdona mis pecados y enséñame a confiar en tu amor.
El Magníficat conduce a una confianza humilde, no a una seguridad basada en los propios méritos.
Examinar la propia relación con el orgullo y la injusticia
La segunda parte del cántico habla de los soberbios, los poderosos, los humildes, los hambrientos y los ricos. María proclama que Dios derriba la soberbia, levanta a los pequeños y colma de bienes a los hambrientos.
Estas palabras invitan a revisar la propia vida:
- ¿Busco dominar a los demás?
- ¿Utilizo mis capacidades para servir o para engrandecerme?
- ¿Permanezco indiferente ante quien sufre?
- ¿Comparto mis bienes?
- ¿Trato con dignidad a las personas pobres o vulnerables?
- ¿Acepto que Dios transforme mis criterios?
El Magníficat no permite separar la alabanza de la caridad. Quien alaba al Dios que enaltece a los humildes debe aprender también a respetar, ayudar y defender a los débiles.
Interceder por la Iglesia y por el mundo
El cántico recuerda a Israel y la fidelidad de Dios a sus promesas. Por eso puede concluirse con una oración de intercesión por:
- La Iglesia.
- El Papa, los obispos, los sacerdotes y los diáconos.
- Las familias.
- Los pobres y los enfermos.
- Quienes sufren persecución.
- Los gobernantes.
- Las personas alejadas de Dios.
- Las almas de los difuntos.
Una fórmula sencilla puede ser:
Santa María, enséñanos a confiar en la misericordia de Dios y a servir a nuestros hermanos con generosidad.
Terminar con una entrega
Después de rezar el cántico, conviene ofrecer nuevamente la propia vida a Dios:
Señor, que mi vida proclame tu grandeza.
Hazme humilde para recibir tus dones,
fiel para cumplir tu voluntad
y generoso para servir a los demás.
Amén.