1. Adoptar una actitud de oración
Conviene comenzar con recogimiento, haciendo la señal de la cruz si la oración forma parte de una devoción personal. El fiel puede situarse ante una imagen de Cristo resucitado, de la Virgen María o ante el sagrario, aunque ningún lugar particular resulta imprescindible.
La oración no exige una fórmula introductoria obligatoria. Lo esencial consiste en dirigir la mente y el corazón a Dios, reconocer la resurrección de Jesucristo y unirse espiritualmente a la alegría de María.
2. Proclamar la primera invocación
Se reza:
Reina del cielo, alégrate, aleluya.
Estas palabras reconocen la dignidad de María como Reina asociada a la gloria de su Hijo. La invitación a alegrarse no expresa una emoción superficial, sino la respuesta de la fe ante la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
3. Recordar la maternidad divina de María
A continuación se dice:
Porque el Señor, a quien has merecido llevar en tu seno, aleluya.
La frase recuerda que María llevó en su seno al mismo Señor resucitado. El que nació de ella en la humildad de Belén es el que venció la muerte y manifestó plenamente su gloria en la Pascua.
La expresión no atribuye a María el origen divino de Cristo. La Iglesia confiesa que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, y que María es su Madre porque dio a luz al Hijo eterno hecho hombre.
4. Confesar la resurrección
Después se proclama:
Ha resucitado según su palabra, aleluya.
Esta afirmación resume el núcleo de la fe cristiana. Jesús resucitó verdaderamente, conforme había anunciado. La antífona relaciona así la palabra de Cristo con el acontecimiento pascual: la resurrección manifiesta la fidelidad de sus promesas.
La Iglesia presenta la resurrección como un acontecimiento real y fundamento de la fe, no como una simple imagen espiritual de renovación. La predicación cristiana y la esperanza de la vida eterna dependen de esta verdad.
5. Pedir la intercesión de María
Luego se reza:
Ruega a Dios por nosotros, aleluya.
La comunidad cristiana pide a María que interceda ante Dios. Esta petición no coloca a la Virgen en el lugar de Jesucristo, único Salvador y mediador fundamental entre Dios y la humanidad. La intercesión de María participa de la única mediación de Cristo y expresa su misión maternal dentro de la Iglesia.
San Juan Pablo II relacionó la alegría pascual dirigida a María con la confianza en su intercesión: la antífona anuncia la resurrección y, al mismo tiempo, pide a la Madre que ruegue por los fieles.
6. Repetir la invitación a la alegría
La segunda parte comienza así:
Alégrate y goza, Virgen María, aleluya.
Esta invitación contempla a María como la primera discípula que participa plenamente en la alegría de la Pascua. La tradición cristiana la contempla unida de manera singular al misterio pascual: estuvo junto a la cruz, permaneció con los discípulos y acompañó a la Iglesia naciente en la espera de Pentecostés.
7. Confirmar la verdad pascual
Finalmente se proclama:
Porque verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya.
La palabra «verdaderamente» refuerza la confesión de fe. La alegría cristiana no nace de un deseo humano ni de una ilusión, sino de la acción salvadora de Dios en la resurrección de Jesús.
8. Rezar la oración conclusiva
La oración final pide a Dios alcanzar los gozos eternos por intercesión de la Virgen María. El fiel concluye con:
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
La fórmula final recuerda que toda gracia procede de Dios por medio de Cristo. María acompaña e intercede, pero la oración termina orientándose hacia Jesucristo y hacia la vida eterna que él concede.