La palabra secta puede utilizarse de manera imprecisa. No toda comunidad religiosa minoritaria constituye una secta, ni la mera diferencia doctrinal permite calificarla como abusiva. El problema aparece cuando un grupo somete la conciencia de sus miembros, impone obediencia absoluta a un líder, rompe los vínculos familiares, controla la información o utiliza el miedo y la culpa para impedir la libertad.
Algunos grupos presentan respuestas simples ante la angustia, el vacío personal o la incertidumbre. Pueden ofrecer una identidad intensa, una comunidad cerrada, objetivos claros y la sensación de pertenecer a una élite espiritual. La literatura pastoral católica describe también grupos que reducen la fe a fórmulas sencillas, absolutizan su propia interpretación religiosa y se presentan como la única comunidad de los «puros».1,2
La Iglesia católica rechaza cualquier forma de proselitismo que no respete la libertad de la persona. La evangelización auténtica debe dirigirse a la conciencia, donde cada ser humano responde libremente ante Dios.3
