Una llamada bautismal y eclesial
Todo bautizado recibe la llamada a contribuir a la extensión del Reino de Dios. Dentro de esa vocación cristiana común, algunas personas reciben una llamada particular del Espíritu Santo para dedicarse a la catequesis. La Iglesia reconoce ese carisma y lo orienta mediante una misión eclesial concreta.2
La vocación del catequista posee, por tanto, dos dimensiones:
- Vocación específica, orientada a la transmisión de la fe y al acompañamiento catequético.
- Vocación apostólica más amplia, que puede incluir otros servicios destinados a edificar la comunidad cristiana.2
El catequista no actúa por iniciativa meramente personal ni como instructor independiente. Realiza un servicio eclesial en colaboración con los ministros ordenados y bajo su orientación. Los catequistas participan en la responsabilidad de anunciar y transmitir la fe dentro de la Iglesia local.1
Finalidad de la catequesis
La catequesis conduce a descubrir el misterio de Cristo en todas sus dimensiones: sus palabras, sus acciones, sus signos y su relación con el designio salvador de Dios. Su objetivo último consiste en poner a las personas en contacto con Jesucristo y llevarlas a la comunión y a la intimidad con Él.1
Por esta razón, el catequista parroquial no debe reducir su tarea a:
- Preparar exámenes o actividades.
- Enseñar respuestas de memoria.
- Organizar reuniones infantiles.
- Impartir información sobre los sacramentos.
- Mantener una costumbre parroquial.
Todas esas acciones pueden formar parte de la actividad catequética, pero adquieren sentido únicamente cuando ayudan a vivir la fe, participar en la Iglesia y seguir a Cristo.
