1. Saludar y explicar el tiempo transcurrido
Al acercarse al sacerdote, puede decirse:
Ave María Purísima.
Después, basta con indicar:
Hace aproximadamente diez años que no me confieso.
Si no se recuerda el tiempo exacto, puede decirse:
Hace muchos años que no me confieso y no recuerdo exactamente cuándo fue la última vez.
La sinceridad facilita que el sacerdote acompañe al penitente con prudencia.
2. Confesar los pecados con claridad
Conviene confesar los pecados graves según su especie y, en la medida de lo posible, indicar cuántas veces ocurrieron o con qué frecuencia. No hace falta describir detalles innecesarios, especialmente cuando esos detalles no ayudan a comprender la naturaleza del pecado.
También pueden confesarse los pecados veniales, las faltas repetidas y las actitudes que dificultan la vida cristiana. La confesión debe ser concreta, humilde y veraz.
No resulta necesario contar toda la historia personal ni justificar cada acción. Expresiones como «lo hice porque los demás me provocaron» o «en realidad no tuve alternativa» pueden ocultar la responsabilidad personal. El penitente puede explicar las circunstancias relevantes, pero sin convertir la confesión en una defensa propia.
3. Reconocer los pecados graves
Si la persona recuerda haber cometido pecados graves, debe confesarlos. La conciencia de pecado grave exige la confesión sacramental antes de recibir la sagrada Comunión, siempre que exista un confesor disponible.
Cuando alguien no sabe si una acción fue pecado grave, puede explicarla al sacerdote y pedir orientación. El sacerdote ayudará a distinguir entre pecado grave, pecado venial, tentación, fragilidad, ignorancia y responsabilidad disminuida.
4. Escuchar el consejo del sacerdote
El sacerdote puede ofrecer una orientación breve, proponer una decisión concreta o ayudar a ordenar la situación. El penitente debe escuchar con apertura, aunque la confesión no sustituye la atención profesional necesaria en problemas médicos, psicológicos, jurídicos o sociales.
Cuando existe una situación compleja -por ejemplo, violencia familiar, adicción, una relación gravemente dañina o una injusticia pendiente- conviene explicarla con claridad. El sacerdote puede ayudar a discernir los pasos necesarios para reparar el daño y evitar nuevas ocasiones de pecado.
5. Aceptar la penitencia
La penitencia expresa la voluntad de reparar y avanzar en la conversión. Puede consistir en una oración, una obra de misericordia, una reparación concreta o un propósito relacionado con la situación confesada.
La penitencia no compra el perdón de Dios. La absolución concede el perdón sacramental; la penitencia ayuda al penitente a cooperar con la gracia, reparar el daño posible y orientar de nuevo su vida. La tradición cristiana vincula la conversión con la oración, el ayuno, la limosna, la reconciliación con los demás y las obras de caridad.,
6. Manifestar la contrición
El sacerdote puede invitar a realizar un acto de contrición. Si la persona no recuerda una fórmula, puede expresarse con sus propias palabras:
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Ayúdame a no volver a pecar y a vivir según tu voluntad.
La contrición incluye el arrepentimiento por el pecado y el propósito de evitarlo. No exige prometer que nunca habrá nuevas caídas, porque nadie puede garantizarlo; exige una decisión sincera de luchar contra el pecado y utilizar los medios necesarios para no repetirlo.
7. Recibir la absolución
El sacerdote pronuncia la absolución sacramental. En ese momento, el penitente recibe el perdón de Dios y queda reconciliado sacramentalmente con la Iglesia cuando celebra la confesión con las disposiciones requeridas.
Después, conviene dar gracias a Dios y cumplir cuanto antes la penitencia recibida.