La compasión, etimológicamente, significa «sufrir con» el otro1. En el contexto católico, esta no es una emoción pasiva, sino una profunda identificación con el dolor ajeno que motiva a actuar. El Catecismo de la Iglesia Católica señala que la miseria humana, en sus diversas formas como la privación material, la opresión injusta, la enfermedad física y psicológica, y la muerte, es un signo de la condición heredada de fragilidad del hombre, la cual necesita salvación como consecuencia del pecado original. Esta miseria provocó la compasión de Cristo Salvador, quien voluntariamente la asumió e se identificó con los más pequeños de sus hermanos2.
La piedad, uno de los siete dones del Espíritu Santo, es una manifestación de la misericordia de Dios que el Señor ofrece a sus discípulos para hacerlos «dóciles en la pronta obediencia a las inspiraciones divinas»3.
Compasión Divina
La teología cristiana siempre ha rechazado la idea de una Divinidad indiferente a las vicisitudes de las criaturas4. Se inclina a admitir que, así como la compasión se encuentra entre las más nobles perfecciones humanas, puede decirse de Dios que posee una compasión similar sin ninguna imperfección y en un grado eminente4. Esta compasión divina coexiste con la felicidad eterna misma4. Los Padres de la Iglesia llamaron a esta misericordia total hacia el dolor y el sufrimiento humano la «pasión del amor», un amor que en la Pasión de Jesucristo ha vencido estos sufrimientos y los ha perfeccionado4.

