Históricamente, la recepción de la Comunión en la mano era una práctica común en la Iglesia primitiva. Sin embargo, con el tiempo, por diversas razones teológicas y pastorales, se desarrolló la costumbre de recibir la Eucaristía directamente en la lengua. Esta costumbre se estableció firmemente durante siglos, enfatizando la sacralidad del sacramento y la reverencia debida al Cuerpo de Cristo1.
En el siglo XX, tras el Concilio Vaticano II, se planteó la cuestión de reintroducir la comunión en la mano. Algunas Conferencias Episcopales solicitaron y obtuvieron la aprobación de la Sede Apostólica para permitir esta práctica en sus territorios2. Esta autorización se dio bajo condiciones estrictas, buscando equilibrar la piedad de los fieles con la necesidad de salvaguardar el Santísimo Sacramento de cualquier irreverencia o profanación1.

