La comunión espiritual es el ardiente deseo de recibir la Comunión en realidad, realizando todas las preparaciones y acciones de gracias que se harían si se recibiera la Eucaristía sacramentalmente1. Es una práctica que permite a los fieles unirse a Cristo en su sacrificio eucarístico, incluso cuando no pueden participar físicamente en el sacramento2.
El Concilio de Trento distinguió tres formas de recibir la Sagrada Comunión: la recepción puramente sacramental (por pecadores), la puramente espiritual (por aquellos que desean el pan celestial con una fe viva que obra por amor y experimentan su fruto), y la sacramental y espiritual a la vez (por quienes se preparan para la mesa divina con la vestidura nupcial)3. La comunión espiritual se enmarca en la segunda categoría. San Agustín, siglos antes, ya hablaba de dos modos de tomar la Eucaristía: uno sacramental, comido tanto por buenos como por malos; y otro espiritual, comido solo por los buenos4. Para Agustín, comer a Cristo es «permanecer en él, y que él permanezca en uno mismo»4.
