Concilio de Constanza y consolidación teórica
El Concilio de Constanza aparece como el momento en el que el conciliarismo alcanzó su formulación más influyente en la fase final del Cisma de Occidente. El decreto Haec sancta (1415) expresa la tesis de que la autoridad suprema recae en el concilio general.
Aun cuando se puedan subrayar intenciones pastorales (acabar con el desorden y resolver conflictos), la consecuencia eclesiológica fue clara: el conciliarismo desplazaba el centro de gravedad desde la primacía hacia una estructura conciliar con criterios propios.
Concilio de Basilea: tensiones con la autoridad papal
El Concilio de Basilea (1431–1449) se convoca por el Papa Martín V en 1431 y, tras una evolución conflictiva, culmina en 1449.
La Enciclopedia Católica señala que la posición del Papa como «Padre común del mundo cristiano» quedó debilitada por hechos como el traslado de la corte papal a Aviñón y la identificación de los intereses de la Iglesia con los de un pueblo o nación concreta; además, el Gran Cisma de Occidente (1378–1417) minó la confianza en una forma «monárquica» de gobierno, alimentando el deseo de una solución en una instancia conciliar.
Basilea como alternativa al gobierno papal
El mismo material enciclopédico describe el núcleo del conflicto: ¿quién debía gobernar la Iglesia, el Papa o el concilio?. En Basilea, el concilio llegó a atribuirse una jurisdicción amplia, no sólo en lo religioso sino también en lo político, y desembocó en decisiones extraordinarias.
En particular, se recoge que:
se sostuvo que un concilio general es superior a un Papa;
se afirmaba que el Papa no podía aplazar o disolver tal asamblea;
y se declaraba herético a quien lo negara.
Según la narración, el concilio llegó incluso a deponer a Eugenio IV y a proceder a elegir un sucesor, con la elección de Félix V.
¿Cómo terminó el episodio?
El desenlace descrito es también significativo: finalmente se impondría el restablecimiento del orden con el Papa «legítimo» Nicolás V y se decretaría la disolución de la asamblea. Además, se menciona un ciclo de negociaciones con fuerte implicación imperial y de príncipes, como el Concordato de los Príncipes (1447) y el Concordato de Viena, que afectó a cuestiones de derecho de provisión y finanzas eclesiásticas.
La dimensión disciplinar y reformista
Aun cuando el conciliarismo se relacione con la disputa por la autoridad, también hay un componente de reforma: en Basilea, la asamblea impulsó medidas disciplinarias —por ejemplo, decretos contra abusos del clero— y trató reformas relacionadas con impuestos e instituciones.
Este punto es importante para comprender que el concilio no funcionó sólo como «contrapoder»: en muchos casos, sus defensores vieron en él un medio para realizar una renovación concreta en la disciplina y la vida eclesial. Sin embargo, el problema doctrinal y jurídico residía en quién ostentaba la autoridad suprema para decidir definitivamente.