La persecución y la crisis de los traditores
Entre los años 284 y 305, durante el gobierno de Diocleciano y sus colaboradores, la Iglesia sufrió una persecución que afectó especialmente a la organización eclesial del norte de África. Algunos cristianos entregaron a las autoridades paganas los libros sagrados u otros bienes pertenecientes a la Iglesia. Estos cristianos recibieron el nombre de traditores, término latino que significa «quienes entregaron».1
La controversia no se limitó a juzgar la conducta personal de quienes habían cedido ante la persecución. También afectó a la validez de las ordenaciones y a la legitimidad de los obispos que habían recibido la ordenación de manos de ministros acusados de haber sido traditores. La cuestión planteaba un problema teológico y eclesiológico fundamental: ¿dependía la validez de un sacramento de la santidad personal del ministro que lo administraba?
En el norte de África, un grupo de obispos y clérigos sostuvo una respuesta rigorista. Consideraba inválidas determinadas ordenaciones realizadas por ministros indignos y defendía la necesidad de una Iglesia formada solo por miembros moralmente irreprochables. Esta corriente dio origen al donatismo, llamado así por Donato el Grande, uno de sus principales dirigentes.
La elección de Ceciliano
Ceciliano fue elegido obispo de Cartago en un contexto de fuerte tensión. Sus adversarios acusaron a quienes habían participado en su consagración de haber pertenecido al grupo de los traditores. También afirmaron que la elección carecía de legitimidad.
Los opositores de Ceciliano eligieron a Mayorino y, posteriormente, a Donato de Casae Nigrae. De este modo, Cartago quedó dividida entre dos obispos rivales y la disputa local adquirió una dimensión que afectaba a la unidad de la Iglesia africana.
La controversia llegó a conocimiento del emperador Constantino. El emperador consideró especialmente grave que las comunidades cristianas, recientemente favorecidas por la paz imperial, apareciesen divididas y enfrentadas. Por este motivo ordenó que el caso fuera examinado primero en Roma y después en un sínodo más amplio celebrado en Arlés.2



