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Concilio de Bari

El Concilio de Bari fue una asamblea eclesiástica celebrada en Bari, en la Apulia italiana, durante el pontificado de Urbano II, hacia 1098. Reunió a obispos latinos y representantes de la tradición griega para tratar la posibilidad de restablecer la comunión entre Roma y Constantinopla. La controversia principal giró en torno a la procesión del Espíritu Santo -el Filioque- y al uso latino del pan ácimo en la Eucaristía. San Anselmo de Canterbury defendió en el concilio la doctrina latina sobre ambos asuntos.1

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreConcilio de Bari
CategoríaEvento
Fecha de Inicio1098
Importancia HistóricaIntento de reconciliación entre Roma y Constantinopla y defensa de la doctrina latina sobre el Filioque y el pan ácimo.
Personas relacionadasUrbano II
TipoConcilio
UbicaciónBari

Tabla de contenido

Contexto histórico

Bari entre Oriente y Occidente

Bari ocupaba una posición estratégica en la costa adriática. La ciudad, vinculada desde la Antigüedad al mundo romano y situada frente a las rutas orientales, recibió pronto influencias cristianas procedentes del Mediterráneo oriental. La tradición local atribuye a san Pedro la primera predicación cristiana en Bari, aunque la documentación histórica no permite confirmar ese relato. El primer obispo de Bari conocido por nombre es Gervasio, que participó en el Concilio de Sárdica en 347.1

Durante varios siglos, la sede de Bari mantuvo una relación estrecha con el patriarcado de Constantinopla. En 530, el obispo Pedro ostentaba el título de metropolitano bajo la autoridad del patriarca constantinopolitano Epifanio. El obispo León participó en el II Concilio de Nicea, celebrado en 787, que defendió la legitimidad de la veneración de las imágenes sagradas.1

La posición de Bari también estuvo condicionada por la situación política de la Apulia. Los ataques musulmanes devastaron la región durante el siglo IX, y Bari cayó en manos de los sarracenos antes de que el ejército bizantino recuperase la ciudad en 841. Esta presencia bizantina contribuyó a que Bari actuase como un punto de contacto entre las tradiciones eclesiales latina y griega.1

La progresiva integración de Bari en la Iglesia romana

La dependencia de Bari respecto de Constantinopla comenzó a debilitarse durante el siglo X. El obispo Juan II, en torno a 952, rechazó algunas prescripciones patriarcales relativas a cuestiones litúrgicas. Durante el siglo XI, la conexión institucional con Constantinopla terminó por desaparecer y Bari pasó a depender directamente de Roma.1

El arzobispo Bisancio, cuyo episcopado comenzó en 1025, obtuvo del papa el privilegio de consagrar a sus obispos sufragáneos. Este hecho refleja el fortalecimiento de la autoridad romana sobre la provincia eclesiástica de Bari y la incorporación de la sede a las estructuras de reforma promovidas por el papado.1

La ciudad adquirió además una importancia religiosa extraordinaria tras la llegada, en 1097, de las reliquias de san Nicolás, obispo de Mira. Un grupo de marineros de Bari trasladó las reliquias desde Oriente, y el duque Roger de Apulia impulsó la construcción de una basílica destinada a acogerlas. El santuario convirtió Bari en un importante centro de peregrinación y reforzó su función como lugar de encuentro entre cristianos latinos y orientales.1

La situación de las relaciones entre Roma y Constantinopla

Más allá de una ruptura instantánea

El Concilio de Bari ocurrió en un contexto de distanciamiento progresivo entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Las dificultades no procedían solo de cuestiones doctrinales. También influyeron las diferencias culturales, las rivalidades políticas, las concepciones divergentes sobre la autoridad eclesial y la evolución histórica de las relaciones entre Roma y Constantinopla.2

Las excomuniones de 1054 agravaron la separación, pero la historia posterior no permite describir aquel momento como una ruptura completa, inmediata y uniforme de toda relación entre Oriente y Occidente. Durante siglos continuaron los contactos, las tentativas de reconciliación y las iniciativas destinadas a reconstruir la unidad. La conquista latina de Constantinopla en 1204, durante la cuarta cruzada, profundizó posteriormente la hostilidad y convirtió la herida de 1054 en una división mucho más difícil de sanar.2,3

El concilio de Bari debe interpretarse, por tanto, como parte de un proceso en el que la comunión entre las Iglesias todavía constituía una cuestión abierta y discutida. La reunión de obispos no nació de una separación teórica ya plenamente consolidada, sino del intento de resolver desacuerdos que afectaban a la doctrina, la liturgia y la organización eclesial.

El papel del papado reformador

La reunión se inscribió en la reforma eclesial impulsada por el papado en los siglos XI y XII. La llamada reforma gregoriana, asociada especialmente al pontificado de Gregorio VII, combatió la intervención sistemática de los poderes seculares en el nombramiento de obispos y abades, defendió las elecciones canónicas y buscó corregir abusos morales y disciplinares.4

El papado dirigió este proceso mediante sínodos romanos y otras asambleas episcopales. La reforma pretendía proteger a la Iglesia frente a injerencias externas y fortalecer la responsabilidad de la sede romana en la defensa de la unidad y de la disciplina eclesial occidental.4

En ese contexto, un concilio celebrado en Bari poseía una doble dimensión. Por una parte, afrontaba una controversia teológica con representantes de la tradición griega. Por otra, manifestaba la capacidad del papado para convocar y orientar reuniones episcopales en territorios periféricos pero estratégicos para la cristiandad latina.

El concilio y su celebración

Convocatoria y participantes

El Concilio de Bari tuvo lugar durante la estancia del papa Urbano II en Apulia, en torno al santuario dedicado a san Nicolás. La asamblea reunió a 183 obispos y trató la cuestión de la posible reconciliación de los griegos con la Iglesia de Roma.1

La elección de Bari no fue accidental. La ciudad poseía una antigua conexión con el Oriente cristiano, había vivido bajo una fuerte influencia bizantina y albergaba las reliquias de san Nicolás, una figura venerada tanto por latinos como por griegos. La ciudad ofrecía así un escenario simbólico y político adecuado para una iniciativa de diálogo eclesial.

Objetivos principales

El concilio pretendía examinar los principales motivos de tensión entre las Iglesias. La discusión se centró especialmente en:

  • La doctrina latina sobre la procesión del Espíritu Santo.
  • La inclusión del término Filioque en el Credo latino.
  • El uso de pan ácimo en la celebración eucarística latina.
  • La posibilidad de restablecer la unidad entre Roma y los cristianos griegos.

La reunión no resolvió definitivamente la separación entre Oriente y Occidente. Su importancia reside en haber articulado una defensa doctrinal de la posición latina dentro de un intento concreto de diálogo y reconciliación.

Las controversias doctrinales y litúrgicas

El Filioque

El término latino Filioque significa «y del Hijo». La fórmula occidental confiesa que el Espíritu Santo procede «del Padre y del Hijo», mientras que el Credo de tradición griega mantiene la expresión «que procede del Padre». La diferencia afectaba a la comprensión de las relaciones entre las personas de la Trinidad y también a la legitimidad de introducir una fórmula en el Credo recibido por la Iglesia universal.5

La tradición latina había desarrollado su formulación a partir de autores como san Ambrosio y san Agustín. La tradición griega, por su parte, permanecía vinculada a la forma del Credo de Constantinopla de 381, cuya autoridad ecuménica había sido confirmada por el Concilio de Calcedonia de 451.5

La controversia poseía, por tanto, dos dimensiones distintas:

  1. Una dimensión teológica, relativa a la procedencia eterna del Espíritu Santo.
  2. Una dimensión eclesiológica y canónica, relativa a la introducción de una adición en el texto del Credo.

La cuestión no consistía simplemente en una diferencia de vocabulario. También implicaba concepciones distintas sobre el desarrollo legítimo de la formulación doctrinal y sobre la autoridad necesaria para modificar el texto utilizado por toda la Iglesia.

La enseñanza latina, defendida posteriormente con mayor precisión en concilios como el IV de Letrán, el II de Lyon y el de Florencia, no pretendía establecer dos principios independientes en la Trinidad. La formulación latina sostiene que el Padre y el Hijo son un único principio de la procesión del Espíritu Santo, sin negar que el Padre sea la fuente primera de la divinidad.6

El pan ácimo

La segunda cuestión principal pertenecía al ámbito litúrgico. La Iglesia latina celebraba la Eucaristía con pan ácimo, es decir, pan sin levadura. Las Iglesias orientales utilizaban habitualmente pan fermentado. La diferencia expresaba tradiciones litúrgicas diversas y llegó a convertirse en motivo de acusación recíproca durante las controversias medievales.

La defensa de la práctica latina en Bari no equivalía a identificar automáticamente una costumbre litúrgica con el núcleo de la fe trinitaria. El Filioque planteaba una cuestión doctrinal sobre la procesión del Espíritu Santo; el pan ácimo pertenecía principalmente a la disciplina y a la tradición litúrgica. Conviene mantener esta distinción para evitar presentar todos los desacuerdos entre Oriente y Occidente como si tuvieran la misma naturaleza teológica.

San Anselmo de Canterbury defendió en el concilio tanto la doctrina latina sobre la procesión del Espíritu Santo como el uso del pan ácimo en la Eucaristía.1

San Anselmo de Canterbury en Bari

Un teólogo al servicio de la defensa latina

San Anselmo, arzobispo de Canterbury, destacó por su intervención intelectual en el Concilio de Bari. Su participación muestra la dimensión internacional de la asamblea: un concilio celebrado en el sur de Italia contó con una de las figuras teológicas más relevantes del Occidente latino.

Anselmo defendió la coherencia de la doctrina occidental sobre el Espíritu Santo y argumentó a favor de la legitimidad del pan ácimo. Su intervención se situó dentro de la teología latina agustiniana, que entendía la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo mediante la unidad de la esencia divina y la comunión de las personas.

La presencia de Anselmo también revela el papel de los concilios medievales como espacios de formación doctrinal. Estas reuniones no se limitaban a promulgar normas disciplinarias: podían convocar a teólogos, escuchar argumentaciones contrapuestas y ofrecer una respuesta sistemática a las objeciones planteadas por otras tradiciones cristianas.

Alcance de su intervención

La defensa de Anselmo no produjo la restauración inmediata de la unidad. Las dificultades entre Roma y Constantinopla incluían factores políticos y eclesiológicos que excedían las cuestiones discutidas en Bari. Sin embargo, su intervención contribuyó a formular con claridad la posición latina en un momento en que todavía existía una voluntad explícita de diálogo.

Los concilios provinciales y la reforma gregoriana

Instrumentos de gobierno eclesial

Los concilios provinciales reunían a los obispos de una provincia eclesiástica bajo la presidencia del metropolitano. Su finalidad consistía en tratar los asuntos comunes de la provincia y aprobar normas disciplinares. Desde la Antigüedad, estos concilios desempeñaron una función relevante en la organización de la Iglesia, especialmente cuando la centralización administrativa todavía era limitada y el derecho canónico universal estaba en proceso de formación.7

En el Occidente medieval, las reuniones episcopales no siempre adoptaron una forma provincial estricta. Con frecuencia congregaron a obispos de varias provincias o regiones. Aun así, estas asambleas permitieron transmitir las orientaciones pontificias, corregir abusos y coordinar la disciplina eclesiástica.7

Bari y la periferia italiana

La Apulia ocupaba una posición periférica respecto del centro romano, pero también constituía una zona decisiva para las relaciones con el mundo bizantino. Los concilios celebrados en Bari ayudaron a integrar la región en la acción reformadora del papado y a consolidar la autoridad romana sobre una Iglesia que había mantenido vínculos históricos con Constantinopla.

El Concilio de Bari de 1098 puede comprenderse como una herramienta de reforma gregoriana en tres sentidos:

  • Reforzó la autoridad pontificia en una región anteriormente marcada por la influencia bizantina.
  • Conectó la disciplina local con las orientaciones romanas sobre la vida eclesial.
  • Utilizó una asamblea episcopal para afrontar una cuestión doctrinal y eclesial de alcance internacional.

La reforma gregoriana no actuó solo mediante decretos papales dirigidos desde Roma. También necesitó sínodos, concilios legatinos y reuniones episcopales capaces de aplicar sus principios en contextos locales diversos. Bari representa la interacción entre la dimensión universal del papado y las particularidades históricas de una provincia italiana fronteriza.

El Concilio de Bari de 1064

La ciudad había acogido anteriormente otro concilio en 1064, presidido por Arnoldo, vicario del papa Alejandro II. Esta reunión muestra que Bari ya funcionaba como centro de actividad eclesiástica antes del concilio convocado por Urbano II.1

La sucesión de concilios confirma el papel de Bari como sede de deliberación episcopal y como punto de aplicación de las políticas romanas en la Italia meridional. La ciudad no fue solo el escenario de una controversia entre latinos y griegos, sino también un centro de gobierno eclesial dentro de la reforma occidental.

Importancia histórica

Un intento de reconciliación

El principal significado del Concilio de Bari reside en su carácter de iniciativa de reconciliación. Urbano II convocó la asamblea para tratar la unidad con los griegos, no simplemente para condenar una tradición rival. La reunión refleja la convicción de que las diferencias podían ser examinadas mediante la discusión teológica y la intervención de autoridades eclesiales.

Este esfuerzo debe valorarse dentro de una historia larga y compleja. Después de 1054, Roma y Constantinopla continuaron buscando fórmulas de acercamiento, aunque las tensiones políticas y culturales dificultaron los resultados. La cuarta cruzada y la conquista de Constantinopla en 1204 agravaron profundamente la desconfianza.2,3

Un momento de clarificación doctrinal

El concilio contribuyó a ordenar la argumentación latina sobre el Filioque y sobre el pan ácimo. Su interés doctrinal no consiste solo en la conclusión práctica de la reunión, sino también en la forma en que la teología latina articuló la relación entre la Escritura, la tradición de los Padres y la formulación litúrgica del Credo.

La posterior historia de la cuestión muestra que el diálogo no terminó en Bari. Otros concilios medievales intentaron aclarar la doctrina sobre la procesión del Espíritu Santo, especialmente el IV Concilio de Letrán, el II Concilio de Lyon y el Concilio de Florencia.6

Un testimonio contra las simplificaciones

El Concilio de Bari impide reducir la historia de las relaciones entre Roma y Oriente a una oposición inmediata entre dos bloques completamente separados. A finales del siglo XI todavía existían contactos, intercambios teológicos y proyectos de reconciliación. Las diferencias eran reales, pero también lo era la conciencia de pertenecer a una tradición cristiana común.

La evolución posterior condujo a una separación cada vez más profunda, agravada por decisiones políticas, conflictos militares y mutuas desconfianzas. Sin embargo, la existencia misma del concilio demuestra que la cuestión de la unidad permanecía abierta y que la comunión no había desaparecido de la conciencia eclesial como horizonte deseable.

Valoración eclesiológica

El Concilio de Bari refleja tres características de la Iglesia medieval:

  1. La centralidad creciente del papado, que convocaba asambleas y defendía la unidad doctrinal.
  2. La importancia de las iglesias locales, cuyos obispos y tradiciones litúrgicas participaban activamente en las controversias.
  3. La función de los concilios como espacios de discernimiento, tanto para la reforma disciplinaria como para el diálogo doctrinal.

La reunión también manifiesta la tensión entre la universalidad de la Iglesia y la diversidad legítima de sus tradiciones. La existencia de diferentes usos litúrgicos no implicaba necesariamente una ruptura de la fe. La dificultad surgía cuando una práctica local se interpretaba como una negación de la tradición común o cuando una diferencia teológica quedaba vinculada a disputas de jurisdicción y autoridad.

Legado

El Concilio de Bari no restableció la unidad entre Roma y Constantinopla, pero dejó un testimonio significativo del esfuerzo medieval por afrontar la división mediante la argumentación teológica y la reunión conciliar. Bari conservó su importancia como ciudad de contacto entre Oriente y Occidente, especialmente gracias a la veneración de san Nicolás.

Su memoria ocupa un lugar destacado en la historia de las relaciones entre las Iglesias porque reúne, en un mismo acontecimiento, la reforma pontificia, la consolidación de la autoridad romana en la Italia meridional, la defensa de la doctrina latina y un intento de reconciliación con los cristianos griegos. La discusión sobre el Filioque y el pan ácimo muestra, además, que las tensiones entre Oriente y Occidente incluían cuestiones de naturaleza diferente: unas estrictamente teológicas y otras principalmente litúrgicas.

El concilio pertenece, en definitiva, a la etapa en la que Roma y Constantinopla todavía podían concebir la unidad como una meta alcanzable, aunque las divergencias históricas, políticas y eclesiales terminaran haciendo cada vez más difícil su realización.

Citas y referencias

  1. Bari, Enciclopedia Católica, Bari (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10
  2. B1. De 1054 al concilio de Florencia (1438-1439), Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Sinodalidad y Primacía en el segundo milenio y hoy, 1.1 (2023). 2 3
  3. Teología, oriental, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente cristiano, Teología, Oriental (2015). 2
  4. B1. De 1054 al concilio de Florencia (1438-1439), Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Sinodalidad y Primacía en el segundo milenio y hoy, 1.2 (2023). 2
  5. Papa Juan Pablo II. Audiencia general del 7 de noviembre de 1990, 5 (1990). 2
  6. Papa Juan Pablo II. Audiencia general del 7 de noviembre de 1990, 7 (1990). 2
  7. Concilio provincial, Enciclopedia Católica, Concilio Provincial (1913). 2
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