La comprensión de la naturaleza de Cristo fue una fuente persistente de debate teológico en los siglos IV y V. Tras la condena del nestorianismo en el Concilio de Éfeso (431 d.C.), que separaba excesivamente las dos naturalezas de Cristo, surgió la herejía opuesta del monofisismo1.
El Monofisismo
El monofisismo, del griego monē physis (una naturaleza), sostenía que en Cristo la naturaleza humana había sido completamente absorbida por la divina, resultando en una única naturaleza después de la Encarnación1. Esta doctrina, promovida por figuras como Dióscoro de Alejandría y el archimandrita Eutiques de Constantinopla, amenazaba la comprensión de la salvación, ya que si la humanidad de Cristo no era plena, la redención de la humanidad se veía comprometida1. El monofisismo, al afirmar que la carne de Cristo fue absorbida por su divinidad, ponía en riesgo la salvación de la humanidad1.
La Necesidad de un Concilio
La controversia monofisita creó una profunda división en el Imperio Romano de Oriente. A pesar de que algunos intentaron justificar la postura monofisita apelando a una mala interpretación de las enseñanzas de San Cirilo de Alejandría, la Iglesia percibió la urgencia de aclarar la doctrina cristológica1. La petición de una convención para abordar estas cuestiones llegó a la Santa Sede. En este contexto, el Papa León I, conocido como León el Grande, emitió una carta dogmática, el Tomo a Flaviano, que sentó las bases para la posterior definición conciliar de la doble naturaleza de Cristo1.

